El granizo rompe los vidrios. Una bola de hielo logra atravesar una ventana y le golpea la cabeza. La mano se le llena de astillas de cristal. Mientras tanto, la tormenta sigue creciendo sobre el horizonte. En lugar de escapar, Matías Mederos toma el celular, describe lo que está ocurriendo y transmite en vivo. Tiene 26 años, estudia Meteorología y se ha convertido en uno de los pocos cazatormentas de Sudamérica.
Probablemente, todo haya venido “de fábrica”, como él mismo dice. Con apenas 2 años, ya preguntaba por qué el viento se detenía. A los 14 se quedaba despierto toda la noche para observar tormentas y analizar pronósticos meteorológicos, y terminó repitiendo el año. A los 17 salió por primera vez a perseguirlas en una moto de 50 centímetros cúbicos. Hace unos meses viajó a Oklahoma, la meca mundial de la meteorología extrema, y cazó siete tornados en cuatro días.
“Hoy estoy haciendo lo que me gusta: vivir una tormenta e informar a la gente”, dice a Domingo. Mederos suma más de 550 mil seguidores en redes sociales y, hasta hace poco, integró el staff de Puesta a Punto, el magazine periodístico de Canal 12.
Nacido para las tormentas.
La fascinación por las tormentas llegó mucho antes que la formación académica. Mederos recuerda con claridad el temporal que azotó el 23 de agosto de 2005, cuando tenía 5 años. Salía de una práctica de fútbol en un club de Ciudad de la Costa cuando vio una chapa incrustada en el parabrisas de un automóvil. También recuerda el ruido del viento golpeando los árboles, las palmeras arqueándose frente a su casa y a su abuelo pidiéndole que se alejara de las ventanas por miedo a que los vidrios estallaran.
Al verano siguiente, durante una jornada de playa, observó una columna sobre el agua y corrió a avisarles a sus padres que estaba viendo un tornado. Ellos creyeron que era humo de un barco. Años después entenderían que el niño había identificado una tromba marina.
Aunque al principio intentaron ponerle algunos límites, sus padres entendieron pronto que no se trataba de una afición pasajera. Mientras otros niños corrían a refugiarse cuando se desataba una granizada, Mederos salía al exterior para observar el fenómeno, incluso cuando los trozos de hielo le golpeaban la cabeza.
La pasión por el clima -particularmente, sus expresiones más caóticas- fue creciendo junto con otra vocación: la de comunicar. A los 13 años creó una página de Facebook sobre el tema. También seguía con atención los pronósticos en los informativos. Mientras otros adolescentes cambiaban de canal cuando llegaba el espacio del tiempo, él escuchaba a Vázquez Melo, Ramis, Torraca y Nubel. Comparaba sus análisis, aunque sentía especial admiración por los primeros dos. Le atraía que advirtieran sin rodeos cuando se aproximaba un fenómeno severo. “No porque me gustara la alarma, sino porque me gustaba que hablaran de fenómenos reales. Se la jugaban más”, recuerda.
Tenía 19 años y estaba convencido de que una situación importante iba a desarrollarse en el norte. Su padre consiguió un auto alquilado y salieron. Encontraron granizo, lluvias intensas y fuertes ráfagas de viento. Para Mederos, aquella experiencia fue una confirmación: quería dedicar su vida a perseguir fenómenos extremos.
Con los años, la actividad dejó de ser una aventura improvisada para adquirir un perfil cada vez más profesional. A la experiencia de campo se sumaron la formación académica y herramientas tecnológicas que permiten seguir en tiempo real la evolución de tormentas.
Sin embargo, hay algo que no cambió demasiado: la soledad. A diferencia de Estados Unidos, donde los cazatormentas suelen encontrarse y compartir información antes de salir a la ruta, en Uruguay muchas veces sale solo. “Ahora que lo pienso, sí, es una actividad bastante solitaria”, admite. En ocasiones lo acompaña algún compañero de facultad, pero la mayoría de las veces son él, su camioneta -bautizada Gaucho 1- y la tormenta.
La situación empieza a cambiar lentamente. En Argentina cada vez más jóvenes se interesan por la actividad y en Brasil existen aficionados que también salen a registrar tormentas.
En el Tornado Alley.
Si existe una capital mundial de la caza de tormentas, esa es Oklahoma. En el corazón del Tornado Alley -el corredor estadounidense con la mayor concentración de tornados del planeta-, se ha convertido en un lugar de peregrinación para meteorólogos y aficionados.
Mederos había observado ese mundo durante años a través de la TV e internet. En abril viajó con un amigo argentino con un objetivo claro: cazar tormentas. El resultado superó cualquier expectativa. Durante cuatro días consecutivos observó tornados. En total fueron siete. “Veníamos siguiendo la situación meteorológica desde antes de viajar. Bajé del avión y, a la hora y media, ya estábamos viendo nuestro primer tornado”, recuerda. Era un F3 (el tornado de Dolores fue un F3-F4) cerca de la localidad de Braman, en el norte de Oklahoma. Para alguien acostumbrado a recorrer cientos de kilómetros detrás de una sola oportunidad de observación, encontrarse con semejante actividad resultó casi irreal.
Pero todavía faltaba una sorpresa mayor. En una estación de servicio vio estacionado uno de los vehículos más famosos del mundo de la meteorología extrema: el Dominator, una especie de tanque diseñado para interceptar tornados. Su propietario era Reed Timmer, probablemente el cazatormentas más conocido del planeta. “Cualquier niño tiene como héroe a Superman o Batman; mi ídolo es Reed Timmer”, confiesa a Domingo.
Lo que ocurrió después todavía le cuesta creerlo. Timmer no solo sabía quién era -habían intercambiado algunos mensajes por Instagram-, sino que elogió su trabajo. Lo invitó a conocer el vehículo y conversaron sobre la actividad meteorológica en Sudamérica. “Le decía que admiraba su trabajo y él me decía que admiraba el mío. No lo podía creer”, recuerda.
La escena tuvo algo de cierre de círculo. El adolescente uruguayo que pasaba horas viendo tormentas en internet estaba ahora sentado en el Dominator y conversando de igual a igual con una de las figuras más reconocidas de la disciplina.
Sin embargo, Mederos insiste en que la caza de tormentas ya no es para él una búsqueda de adrenalina. O, al menos, no solamente eso. Si al principio perseguía tormentas para fotografiarlas y vivir la experiencia, hoy intenta comprender cómo funcionan. “Uno ya no se vuelve loco por volverse loco”, dice. “Me meto en el granizo para obtener datos, pero lo hago con otra calma, con otro foco”. Ahora usa cascos y reforzó su vehículo con policarbonato para soportar el impacto de una granizada fuerte.
Durante las cacerías transmite en vivo para alertar sobre la evolución de los fenómenos severos. Explica hacia dónde se desplaza la tormenta y advierte sobre posibles riesgos. “Funciono como un radar meteorológico humano”, resume. “Trato de informar en vivo para que la gente esté prevenida en tiempo real”.
La curiosidad, sin embargo, sigue siendo la misma. A los 2 años preguntaba por qué se detenía el viento. Dos décadas después, sigue intentando entender los mecanismos de una atmósfera capaz de producir granizadas, superceldas y tornados. La diferencia es que ahora busca las respuestas desde el corazón mismo de las tormentas.