Aquella tarde en la que las chapas de metal volaron como papelitos en el cielo, cuando el tornado atravesó Dolores, lo único que quedó de la iglesia fue una pared, el púlpito y la cruz. Después del calor pesado que precedió a la catástrofe —y que hasta el día de hoy asusta a los doloreños cuando vuelve—, todo se puso frío y llovió sobre la ciudad, que estaba destruida.
Aquel viernes 15 de abril del año 2016, el agua barrió la estructura de la iglesia que había quedado y reveló una escritura tapada por capas y capas de pintura: Dios es amor. Dios es espíritu.
El templo nunca se reconstruyó, por decisión de la propia iglesia, y se volvió un recordatorio de la tragedia, que se desarrolló en apenas 12 minutos, y de la que el próximo miércoles se cumplen ya 10 años.
“Quedó como recordatorio de lo pequeño que es el ser humano, no solo frente al poder de la naturaleza, sino frente al poder de la creación”, dice Alberto Ábalos, miembro de la comunidad y predicador. “Fue una señal de Dios: no son tan importantes los ladrillos”.
Lo que parece una intervención divina es que la otra iglesia, la que da a la plaza principal, se mantuvo intacta, mientras al otro lado de la calle el tornado, con sus vientos de entre 250 y 330 kilómetros por hora, atacaba una tienda de zapatos y la destrozaba.
La cámara de seguridad del comercio registró cómo estallaban los vidrios y cómo el tornado acribillaba la tienda con los restos de lo que ya había destruido antes. El video hoy tiene millones de reproducciones en YouTube.
El lugar, hoy en día, como gran parte de la ciudad, ya está reparado. Pero aún quedan cosas por hacer. Así lo señala Joaquín Gómez, alcalde de la ciudad. "Son muchos detalles que hacen la diferencia”, asegura durante una recorrida por la plaza con El País, poniendo como ejemplo algunos cordones de veredas.
Gómez tiene 25 años y era un adolescente al momento de la catástrofe, que no vivió en carne propia por estar de viaje en Alemania. Se enteró del tornado por redes sociales y enseguida empezó a llamar a su familia. Ni su padre, ni su madre, ni su abuela, le respondían. Se imaginó el peor escenario posible, pero luego supo que todos ellos estaban a salvo. El resto de la ciudad no corrió la misma suerte: el tornado dejó cinco personas muertas y un tendal de 200 heridos.
“Todavía hay mucha gente a la que le impacta mucho lo que pasó. Fue muy duro”, sostiene Gómez.
El dolor que sigue invocando el tornado es evidente. Aparece en los testimonios del documental de El viento nos dejará (2021) realizado por el doloreño Pablo Martínez Pessi y en lo que dicen los vecinos durante la recorrida de El País. Una mujer incluso se pone a llorar ante la simple pronunciación de la palabra tornado.
Por eso, para las autoridades fue difícil definir si realizar un evento para recordar lo sucedido. “Estamos viendo qué hacer bien. Hay que tomarlo con mucho cuidado. La idea que se maneja es la de hacer un acto, y que participen artistas, que puedan hacer un muro o algo. Más que nada pensamos en algo que represente la unión, la cooperación, el agradecimiento a toda la gente que nos ayudó", dice Gómez. Aunque durante aquel abril hubo quienes aprovecharon el caos para robar a distintos damnificados, en general predominó la solidaridad.
"También que recuerde a las víctimas que se nos fueron ese día", continúa el alcalde.
A metros de donde habla Gómez con El País, está el Liceo N°1 de donde aquella tarde los adolescentes salieron atónitos hacia la plaza.
Así lo recuerda Aldana Fernández, una de las jóvenes que estaba en el liceo: “Estábamos en clase de química. De la nada, un compañero se paró y empezó a mirar por la ventana. La profesora le dijo que se sentara. De un segundo para el otro, vemos que un techo de chapa de la agropecuaria de al lado se desprendió y cayó sobre el patio del liceo".
Se metieron abajo de los bancos y durante los minutos que duró el tornado no entendieron qué pasaba. Cuando terminó, salieron del salón y caminaron por el pasillo cubierto de esquirlas de vidrio. Salieron hacia la plaza y vieron el desastre.
A esa misma hora, a unas cuadras, se suponía que habría una función para niños en el Cine Dolores. Por algún motivo, se suspendió un día antes.
“Gracias a Dios. Hubiera sido terrible”, dice Efraín Cano, de la familia dueña del cine y coordinador de Cultura de la Intendencia de Soriano. El tornado voló la pared donde estaba la pantalla. “Si los niños estaban acá, hubieran salido despedidos”.
La historia del cine llegó lentamente a un final feliz: hace un año volvió a abrir y ahí los niños doloreños pueden ver las mismas películas que los montevideanos.
Pero en el mismo predio, otro espacio emblemático de la ciudad no tuvo la misma suerte: se trata del teatro Paz y Unión.
El tesorero de la institución atraviesa el salón donde se siguen haciendo fiestas y con esfuerzo levanta una cortina metálica. Al otro lado, sale volando una bandada de palomas y se revela lo que parece un terreno baldío. Allí supo haber un teatro. Ahora hay butacas en un rincón y un predio sin techar.
“Era el centro cultural de Dolores. Acá se hicieron grandes espectáculos. Vino a bailar Julio Bocca con el ballet”, dice el tesorero Jorge Sosa. Aquellos 121 años de historia se fueron en esos apenas 12 minutos. Pasó una década y sigue sin abrir.
Se trabajó en la consolidación del edificio y se destinaron más de $ 10 millones, pero todavía falta mucho. La institución está intentando conseguir convenios con el gobierno nacional que les permitan seguir la reconstrucción. “Los arquitectos están diseñando para hacer el techo que falta y sacar nuevos convenios. No va a ser un proceso rápido, va a haber que ir por etapas”, dice Sosa.
No tiene un estimado de cuánto costará todo el arreglo, pero solo el techo implicaría una inversión de alrededor de US$ 250 mil.
“La idea era que ya estuviera inaugurado y es imposible. Es muy caro”.
A un par de cuadras, hay otro edificio importante de Dolores que sigue sin recuperarse: la cancha de basquetbol del Club Atlético Peñarol. Pasaban por el club 300 personas por día y apenas 20 minutos antes del tornado, se había ido un grupo de adultos mayores que había estado jugando al vóleibol.
Sin el techo que voló el tornado, el sol insoportable cae sobre la cancha. Resguardado contra la sombra, Julio Fernández, el cantinero del club, recuerda cómo era antes.
“Había varias escuelas que venían y hacían gimnasia acá. La utilizaba la escuela de chicos discapacitados. Además, con la canchita de básquetbol había muchos chiquilines que venían a practicar. Se le daba un buen movimiento a la juventud”.
Arreglar el techo costará $ 6 millones. El club firmó un convenio con el Ministerio de Transporte y Obras Públicas, que pagará $ 2 millones a cambio de horas de uso para un centro educativo. El resto de dinero lo tiene que conseguir el club.
A unas cuantas cuadras, en el borde de la ciudad, está la Cooperativa Agraria de Dolores (Cadol) por donde entró el tornado a la ciudad. Aquella tarde, Ramiro Caffarel estaba trabajando adentro del comercio, cuando un compañero que había salido le dijo:
—Mirá, Ramiro, hay algo raro afuera en el clima.
El día estaba muy pesado y había llovido de mañana. Ramiro miró el cielo, vio que una nube iba hacia la izquierda y otra hacia la derecha y dijo, medio en broma, medio en serio:
—Cuando se junten esas nubes se forma un tornado.
Al rato empezaron los gritos.
Los trabajadores se encerraron adentro del comercio, trancaron las puertas y oyeron lo que parecía un avión volando sobre el techo. Todo se sacudió y se rompieron vidrios, pero quedaron a salvo. Cuando salieron, vieron lo que había pasado en Cadol.
“Era todo un descampado de chapas y hierros”, recuerda Caffarel. Había un par de compañeros heridos. Intentaron llamar a la ambulancia, pero los teléfonos no funcionaban. Miró hacia el este y vio que el tornado iba hacia el centro de la ciudad, donde estaba su familia. Pensó en los grandes ventanales de vidrio de la escuela de su hijo.
Buscó su moto. La encontró debajo de chapas con el manillar torcido. La logró hacer arrancar y manejó por la ciudad, entre cables tirados, árboles en el suelo, autos dados vueltas y calles cortadas. Su hijo estaba a salvo, pero la ciudad estaba destruida.
Según datos de Presidencia, 251 padrones de Dolores sufrieron pérdidas totales, 521 daños mayores y 871 daños menores. Además, 163 comercios se vieron afectados: la mitad de ellos quedaron destruidos. De los 200 heridos, algunos padecen secuelas físicas hasta el día de hoy. Cinco personas murieron.