El fin del mundo

IGNACIO ÁLVAREZ

A una semana del sismo que sacudió a Chile, se sabe que los efectos del terremoto fueron terribles, aunque no tanto como el de Haití, que si bien fue menos intenso ocurrió en un país mucho menos preparado y en una zona más densamente poblada. De todas formas los muertos trasandinos se cuentan por cientos, los damnificados por miles, y los daños por millones.

Quienes han experimentado un temblor dicen que la experiencia es muy desagradable. Se supone que si hay algo seguro es estar con los pies en la tierra, a diferencia de volar o navegar. Pero es justamente el suelo en el que nos apoyamos el que se sacude cuando una fuerza incontrolable nos mueve el piso.

Y si bien en Uruguay tenemos la tranquilidad de no estar expuestos a estos riesgos ni a ninguna catástrofe natural, no son pocos los que se preguntan qué está pasando en el planeta. ¿Es una casualidad que se estén dando tantos movimientos telúricos? ¿O acaso es una señal de que algo mucho peor está por venir? ¿Será el fin del mundo en el 2012, como pronosticaban los mayas? Dicho sea de paso, conozco gente que ya se compró un terreno cerca de Minas, convencida de que dentro de dos años vendrá una ola gigante que sepultará a las poblaciones costeras de nuestro país (con todo respeto, aprovecho a informarles que, según los especialistas, no se están dando más catástrofes naturales que antes).

Está claro que algún día vendrá el fin del mundo. Y así lo afirma tanto la ciencia como la religión; desde la llegada del Apocalipsis hasta el día en que el sol se extinga, si es que antes no nos destruye el agujero negro producido por la muerte de otra estrella, o el choque de un meteorito, como supo ocurrir en la era de los dinosaurios. Claro que para eso pueden pasar millones de años… o apenas unos pocos.

A fin de 2009, científicos rusos alertaron sobre un asteroide que en el año 2029 pasará muy cerca de la Tierra. Y si bien la NASA minimizó las probabilidades de colisión con nuestro planeta, Rusia considera que no es suficiente y propone usar una nave espacial para desviar su trayectoria y evitar un choque que pondría en riesgo "la vida de mucha gente", según consignó la BBC. (¿Acaso ese no era el argumento de la película Armagedón?)

Pero la ciencia también puede ayudar a acercar el fin del mundo. El domingo pasado se volvió a poner en marcha en Suiza el acelerador de partículas más potente del planeta. Una imponente construcción a 100 metros bajo tierra, con varios anillos del cual el más grande tiene 26 km de extensión, y que acelera hadrones a la velocidad de la luz para intentar descubrir el origen del universo. Sin embargo, buscando el principio podríamos precipitar el fin, a juzgar por un grupo de científicos que ha alertado sobre el riesgo de que la colisión de partículas genere un agujero negro que succione al planeta y lo haga desaparecer. De hecho, el acelerador acaba de reactivarse luego de meses de estar apagado tras constatarse graves desperfectos en su funcionamiento. Pero confiemos en la responsabilidad de los científicos europeos y americanos que dirigen el proyecto.

De todas formas, ¿qué les podemos exigir a los científicos, si los gobiernos y los habitantes del mundo seguimos haciendo todo lo posible por destruir nuestro hábitat? Calentamiento global, cambio climático, emisiones de CO2, efecto invernadero, agujero en la capa de ozono, son expresiones que solemos manejar habitualmente, mientras seguimos tirando las pilas a la basura, usando desodorantes en aerosol, y empleando bolsas de nylon.

Por supuesto que la razón se basa en la lógica egoísta de "a mí qué me importa, si igual no me va a afectar", al tratarse de consecuencias que se harán sentir en serio cuando nosotros estemos todos muertos. Pero aún tratándose de nuestras vidas, los seres humanos hemos demostrado ser suicidas por naturaleza. Y nos angustiamos por el fin del mundo mientras hacemos todo lo posible para que nuestro mundo personal llegue a su fin: cuando encendemos un cigarrillo, cuando manejamos irresponsablemente, cuando tenemos sexo sin preservativo, cuando nos pasamos sentados sin hacer ejercicio, o cuando comemos una buena parrillada arterioscleróticamente uruguaya. Claro, el consuelo será que en esos casos la elección fue nuestra; lo cual confirmará que lo que nos mata es nuestro ego.

igalvar71@hotmail.com

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