El deber de ser feliz

IGNACIO ÁLVAREZ

El fin de semana pasado fue la Teletón, y una vez más nos emocionamos con esos niños que quizás en la vida cotidiana evitamos mirar, y si no, hasta lo hacemos con una mezcla de rechazo y de "por suerte a mí no me pasa". Claro que cuando te pasa los empezás a ver de otra forma: son uno de los tuyos. Pero en realidad siempre lo fueron. Y la Teletón logra eso: que veamos a nuestros hijos en cada niño discapacitado; que asumamos que todos compartimos los mismos sentimientos hacia nuestros hijos, y que todos sentiríamos lo mismo en esa situación.

Al día siguiente, desayunaba en casa con mis hijos. Mañana de domingo y Tomás jugando con sus seis años y su avioncito. Que el piloto se durmió en el aire, que el avión siguió con el piloto automático hasta que se quedó sin nafta, y que se hizo pelota contra el piso. A la tercera vez que me pedía que le prestara atención al mismo relato, el que tenía el piloto automático era yo, que lo seguía con la mirada repitiendo mecánicamente "¡Fá!" y "¡Mirá!", hasta que de golpe, vaya a saber por qué, como atravesado por un rayo en medio de un apacible vuelo, miré a Tomi de otra manera. Un momento en el que tampoco le di corte a lo que me estaba diciendo, pero no porque estuviera en otro lado, sino porque en realidad estaba mucho más adentro de él de lo que pudiera imaginar. Fueron apenas unos segundos en los que los ojos se me llenaron de lágrimas, porque de pronto conscienticé plenamente todo lo que significa esa personita para mí. Sentí que es a quien más quiero en el mundo, que es un milagro haberle dado vida, y que es una bendición recibir toda esa Vida que me devuelve, con sus apasionados cuentos de avioncitos en una mañana de domingo.

Desanestesiar la mirada. De eso se trata. Mirarlo A ÉL, y no simplemente posar nuestra vista en su cuerpo (porque a veces ni siquiera en sus ojos). Algo que hacemos excepcionalmente con los demás, en los cumpleaños, en las fiestas, en trances complicados, o cuando el otro está en el ataúd y ya es demasiado tarde.

Este 24, a la medianoche y en medio del cueterío, nos desearemos Feliz Navidad con nuestros seres queridos. Es un ritual, que como tal puede vivirse como una obligación hipócrita, como un gesto cariñoso, o como la oportunidad de conectarnos con nuestros sentimientos más profundos.

Pero al día siguiente, y el 26, el 27, el 28, o todos los días, el desafío es, aunque sea por un instante, ver con esa mirada distinta a los otros. A nuestros hijos (emocionándonos como cuando los vimos nacer); a nuestros padres (valorando esas arrugas que resumen todo lo que se esforzaron por nosotros); a nuestra pareja (respirando nuevamente el perfume de cuando estábamos enamorados); a nuestros amigos (compañeros de la vida que uno eligió y que lo eligieron a uno); a los que trabajan con nosotros (que detrás de su función esconden una vida que muchas veces ni imaginamos, si bien pasamos la mayor parte del tiempo juntos); incluso a nuestros enemigos (que algo habrán sufrido para sentir así); y a los extraños, como el limpiavidrios o al que nos cruzamos en la calle (que algunos ven como enemigos potenciales antes que semejantes, buscando, como todos, un poco de amor).

En vísperas de Navidad, es bueno recordar que el mensaje central de Jesús fue amar al prójimo como a uno mismo. Y a la hora de augurarnos Felicidad, quizás debamos entender que en vez de pasarnos buscándola por todas partes, seguramente la encontremos dentro nuestro. Porque créanlo: nuestra felicidad no depende de nadie más que de nosotros.

¿Cómo sino la pequeña Andrea, pentapléjica y desde su silla de ruedas, me dijo emocionada "soy feliz", cuando en la Teletón le pregunté cómo se sentía?

Y desde entonces resuena en mí una frase que leí de adolescente en el libro "Ilusiones" de Richard Bach: "Y qué haríais -preguntó el Maestro a la concurrencia- si Dios os hablara directamente a la cara y os dijera: `Os ordeno que seáis felices en el mundo, mientras viváis`? ¿Qué haríais entonces?"

igalvar71@hotmail.com

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