Al pulso, el arco resulta liviano. Se cierra la mano sobre la empuñadura del centro y se lo sostiene con el brazo extendido. El instructor corrige y uno gira el cuerpo para quedar perpendicular al blanco, o diana, cinco metros por delante. Se coloca la flecha en la cuerda y se tensa, más y más. Ahí se empieza a complicar.
Se retraen las escápulas y se usan el bíceps y el antebrazo para llevar la cuerda a su máxima extensión. El extremo de la flecha que va contra la cuerda toca la mejilla, exactamente debajo del ojo que se probó antes (porque hubo un test previo para distinguir el ojo más hábil). Entonces, el brazo que sujeta el arco tiembla un poco.
Con algo de concentración, se estabilizan el brazo y el arco. El instructor indica que no hay que apuntar al centro sino al segundo o tercer anillo exterior. Así, se alinean flecha, mirada, brazo y diana. Toda la zona media del cuerpo, incluidos los glúteos, se tensa para mantenerse estable y asegurar que se recorra esa línea imaginaria. Hasta que llega el momento de soltar la cuerda y dejar que se dispare la flecha. Ahí pasa lo que a cualquier novato le pasa, y el brazo se sacude levemente, por lo que la flecha se desvía y queda bastante lejos del centro.
Uno, dos, tres intentos más y el problema apenas se corrige. Para lograrlo, hay que ir a anotarse en un club de arquería. Porque estas pruebas se realizaron durante un festival medieval en el que se instaló el Club Los Fogones, uno de los emblemáticos en esta disciplina en Uruguay. Es uno de los 14 que están activos en todo el territorio, dentro de los que unas 400 personas practican la disciplina.
Un matrimonio de infinitas flechas.
Silvia Fernández fabricaba arcos caseros con varillas de paraguas durante su infancia en Nuevo París. Entre ese juego y su rol actual como codirectora del club de arquería Los Fogones, hay un largo y sinuoso recorrido. Daniel Román, su esposo, está jubilado del servicio de auxilio del Automóvil Club mientras que ella trabaja desde hace 30 años como auxiliar de farmacia en salud pública. Viven en Las Piedras, se conocieron en 2002 y se casaron tiempo después, hasta que empezaron a practicar formalmente la arquería el año previo a la pandemia.
El primer paso fue en el barrio Reducto, cuando se afiliaron al club RAM (Raíces Arquería Montevideo), por recomendación de un conocido. Desde que tiraron sus primeras flechas ahí, sin analogías con Cupido ni mucho menos, sintieron una conexión fuerte con la práctica, una suerte de “empoderamiento” en palabras de Silvia. A partir de ese entonces, los arcos y las flechas empezaron a ocupar gran parte de su tiempo mental. Había algo en la tensión, la puntería, la estabilidad y el foco que los absorbía.
En 2019 funcionaban pocos clubes en el país, cuentan. Con el tiempo, al acercarse a lo que ellos llaman “movida medieval”, es decir, eventos temáticos que se vienen realizando por grupos de aficionados, vieron la oportunidad de crear un espacio propio y contribuir a que su pasión se expandiera. Hoy Los Fogones tiene aproximadamente 60 socios activos.
Para establecer el club, trajeron instructores del exterior y fomentaron la formación de instructores locales. En sus procesos, el club plantea a los curiosos una primera etapa de iniciación obligatoria que consiste en seis clases con foco en la seguridad y la técnica. Al inicio se hace con equipos prestados por el mismo club pero, cuentan ellos dos y otros entrevistados, lo común es que cada persona compre su propio equipamiento en poco tiempo, ajustado a su propio cuerpo.
Los Fogones es uno de los más activos en cuanto a visibilidad pública y buscan insertarse en eventos abiertos y también asociarse con instituciones. Así, han llevado la arquería a colegios, la han enseñado en grupos Scouts e incluso en hogares de menores.
“Somos muy distintos”, cuenta Silvia sobre la manera en que convive el club con su matrimonio. “Yo soy impulsivo, tiendo más a ejecutar y creo que soy atropellado”, confiesa Daniel. “Yo soy más de pensar y reflexionar”, apunta Silvia. Sea como sea que se arregle el balance, la relación entre ambos ha permitido que su club crezca y, su entusiasmo conjunto, abra puertas a otras historias y contactos.
El niño y los arcos del Buceo.
Silvia de inmediato ofrece el contacto con Mauro Montero, vicepresidente de la Federación Uruguaya de Arquería y también referente actual del histórico Club Uruguayo de Arquería, el más antiguo. “La primera vez que vi gente con arcos y flechas fue en la rambla, cerca de la aduana de Oribe. Creo que tenía 10 años. Íbamos en la moto y los descubrí al pasar, tiradores con arcos que parecían modernos”, recuerda Montero.
Esos tiradores que vio a mitad de los años 70 pertenecían al Club Uruguayo de Arquería.
El club se había formado de modo informal a fines de la década anterior, siempre practicando en el mismo sitio. El lugar les permitía disparar a distancias muy largas en un espacio despejado. La práctica, que parecería minoritaria, llegó a reunir en este grupo hasta 90 personas, quienes, según la propia narrativa del club, sentaron las bases de este deporte en el país.
Luego de un tiempo, los del Club trasladaron su área de práctica a las canteras del Parque Rodó y finalmente a un predio en el Parque Roosevelt. Al no tener un lugar fijo, debían ocuparse del engorroso traslado de los paraflechas para cada instancia.
Los primeros grandes referentes habían sido tres, Héctor “Tito” Souza, Miguel Quartino y Jorge Liprandi. Por distintas razones, se dispersaron y el club estuvo a punto de desaparecer. Héctor Souza se mudó a Melo donde generó otro grupo y lo integró al Club Melo Wanderers. Quartino, por su lado, era ingeniero y se fue a Estados Unidos por motivos laborales.
Si bien el club atravesó una etapa de debilidad, todo lo realizado durante la primera década y media de su historia dio sus frutos. Los arqueros más experimentados y mejor equipados les habían transmitido sus conocimientos a los que menos sabían de tal modo que se había logrado un movimiento lo suficientemente fuerte como para continuar.
Tanto que empezaron a insertarse en circuitos de competencia en el extranjero. En varios de los numerosos viajes, algunos uruguayos pudieron estar en contacto con lo que por los años 80 y 90 eran los mejores equipos del mundo.
La expansión de los clubes en el país y la mejoría del nivel de quienes practicaban el deporte les dieron cierto reconocimiento estatal. De ese modo, la vieja Comisión Nacional de Educación Física les permitió ingresar a la Federación de Tiro. Gracias a ese reconocimiento, arqueros y arqueras (porque es una disciplina en la que hay una notoria participación femenina casi desde su origen como práctica deportiva) pudieron empezar a importar equipos competitivos con beneficios y también ingresaron a la Federación Internacional de Tiro con Arco. Dicha Federación es ahora conocida como la World Archery, la FIFA para este deporte, como lo describe más de uno de los entrevistados.
Miguel Quartino, cofundador del Club Uruguayo de Arquería e ingeniero, escribió una carta a la fábrica Hoyt, la número uno en arcos en el mundo occidental. Apasionado, les pidió trabajo y lo consiguió. Así, se mudó a Estados Unidos y comenzó a trabajar hasta que le llegó un encargo inesperado. La producción de la película Rambo 2 había contratado a la fábrica para que hiciera el arma del personaje de Silvester Stallone. Dentro de la fábrica, el trabajo de diseño y fabricación cayó en sus manos. Es un arco compuesto, con poleas, del tipo que se usa en competencias olímpicas. Muchos años después, ese arco fue subastado por la casa Juliens Auctions por US$ 31 mil.
El amor por el silencio.
Pasaron muchos años para que aquel niño que había descubierto la arquería en la rambla se acercara realmente a la práctica. “Empecé más o menos a los 38 años”, dice Montero. Su caso cumple la regla uruguaya para este deporte, en el que la mayoría de la gente se inicia después de los 25 o 30 años.
“Tenía un amigo que quería probar”, cuenta. Eso sucedió hace 19 años. “Lo acompañé a una práctica y lo que pasó después es que él no siguió, pero yo sí. Había hecho artes marciales, toda la vida me había gustado practicar lucha, pero había dejado de practicar deportes de combate porque me sentía en una edad en la que las lesiones no se curan”.
La fuerza estructural del cuerpo y la estabilidad permanecían. Solo había que aplicarlas a otra tarea. “Lo que me enamoró de esto fue el silencio y el enfoque. Cuando se tira, hay silencio. Lo único que se escucha es el chasquido de la cuerda. Tenés que estar muy enfocado, de lo contrario no te va a salir”.
Luego de aprender de la mano de veteranos y crecer como competidor, pasó a ser entrenador y estuvo 15 años en ese rol. Viajó numerosas veces para participar de distintos tipos de competencias, e incluso estuvo con una selección uruguaya en Corea, uno de los países más destacados en esta disciplina.
Entusiasta para divulgar, como todos los entrevistados, abre otras puertas con su agenda y ofrece contactos. Uno de ellos, en Paysandú.
Experto con sus flechas en el litoral.
La historia de Luis Rossi con los arcos y las flechas también empezó de adulto. Pero fue gracias a una liebre. En realidad, a una infinidad de liebres que le comían los ciruelos, limoneros y naranjales de su casa en la ciudad de Paysandú.
Como no podía con ella por las vías tradicionales que implican pólvora y estruendos, acudió a Carlos Piñeiro un fabricante de arcos de su ciudad y le pidió implementos para armar una ballesta. Piñeiro, más práctico, le ofreció probar con un arco. Gracias a eso, empezó probando con tiro a fardos, luego a las liebres hasta que descubrió que era bueno y que le gustaba. Y así, empezó una carrera que lo llevó a ser vicecampeón mundial de arquería tradicional en Canadá, en 2019.
“La diferencia principal está en el agarre”, explica Rossi. Se refiere a las diferencias entre arquería tradicional y olímpica. “El agarre olímpico, o mediterráneo, se usa para distancias largas. Es en el que ponés la flecha entre dos dedos y la llevás hasta debajo de la pera, de tal forma que la cuerda cruza entre medio de la nariz y la boca y tenés estabilidad total. El agarre tradicional, o apache, te hace poner todos los dedos por debajo de la flecha y la dejás cerca del ojo, por lo que podés apuntar a blancos más cercanos con más precisión”.
El motivo de estos dos agarres va en las distancias a cubrir. Más allá de que los récords mundiales marquen cientos y cientos de metros, lo normal implica recorridos menores. Para el estilo olímpico la flecha debe volar a unos 70 metros y el arquero debe calcular el viento y la parábola que se traza en el camino. En la arquería tradicional, si bien las distancias son más cortas, el arquero debe estimarlas visualmente, sobre todo cuando está en las llamadas “competencias 3D” (recorridos a campo traviesa en los que van encontrando animales artificiales que tienen marcados los puntos vitales con círculos).
Las generaciones futuras.
Rossi practicaba tiro con armas de fuego y cazaba antes de usar flechas. Sin embargo, coincide con otros en que el arco y la flecha en el mundo moderno no pueden ser vistos como un arma. De hecho, es fácil imaginar que no funcionaría en la calle o en una situación bélica. Ya sean importadas, de fibra de carbono o hechas en madera por fabricantes locales, las flechas son instrumentos para un deporte de alta precisión que requiere tiempo.
“Es una forma de empoderamiento y desarrollo personal que puede servir para niños y niñas”, explica Silvia, de Los Fogones. “Hemos visto que en niños y adolescentes introvertidos, el uso del arco y la flecha genera algo especial que les da seguridad y una fortaleza interna que no tenían”.
Su club acepta niños a partir de 7 años porque necesitan un desarrollo físico mínimo para abrir un arco y sostenerlo como corresponde. Aunque tal como se describe desde la Federación, lo normal es que los que se acercan sean bastante mayores. La consecuencia de esto es que quienes practican arquería ya están muy por encima del rango de edades en el que se alcanzan los mejores rendimientos para cualquier deporte. Esto, como consecuencia, repercute en los niveles de competitividad del país, que no son malos dentro de las franjas etarias de los arqueros y arqueras en actividad.
Pero fronteras adentro, hay trabajo no competitivo por hacer. Los Fogones, por ejemplo, ha llevado la arquería a contextos educativos y sociales muy vulnerados.
“Una situación muy movilizante se dio cuando fuimos a un hogar a trabajar con chiquilines del 40 semanas”, cuenta Silvia. “Cuando llegamos, los muchachos tenían una actitud muy defensiva acerca de su barrio y hacían incluso bromas con eso. Pero cuando empezaron a practicar con los arcos, se olvidaron de eso. Pasaron a apoyarse y a celebrar los aciertos de los compañeros. Por un rato se olvidaron de su realidad y se enfocaron en los arcos”.