Hay lisboetas que dicen que el castillo es una mentira. Que tiene apenas 80 años. Que lo inventó el régimen de António de Oliveira Salazar para construir una imagen gloriosa del pasado.
Y en parte tienen razón. Lo que hoy vemos en el Castillo de San Jorge -esa fortaleza que obliga a preguntarse “¿cómo se sube hasta allá?”- fue restaurado entre 1938 y 1940, cuando el Estado Novo demolió antiguos cuarteles para “devolverle” al monumento su apariencia medieval. Pero el castillo no es una ficción. Es una superposición. Bajo las torres reconstruidas hay marcas de cantero medievales. Bajo los muros cristianos, estructuras islámicas. Bajo ellas, restos romanos. Y todavía más abajo, viviendas que podrían remontarse a los fenicios. Lisboa no fue fundada una vez: fue reformulada muchas veces.
“Más importante que el castillo, ustedes están en el lugar donde nació la ciudad”, dice João Vilaça, responsable de comunicación, mientras guía a Domingo hacia el núcleo arqueológico.
Bajo una estructura contemporánea descansan restos de casas del siglo VII antes de Cristo. Es decir, la ciudad tiene 2.600 años de ocupación continua. Fenicios, romanos, musulmanes, cruzados, reyes, terremotos, dictaduras, turistas. Cada capa no reemplazó a la anterior: la absorbió.
El castillo, en realidad, es apenas el último gesto visible de una historia mucho más antigua.
Colina estratégica.
En 1998 se quiso hacer un estacionamiento subterráneo, pero lo que apareció obligó a frenar las máquinas. Allí había restos de viviendas fenicias.
La colina no es la más alta -esa es la de Graça-, pero sí la más estratégica. Desde allí se domina el estuario del Tajo, el puerto natural que convirtió a la ciudad en escala del Mediterráneo occidental.
Una de las teorías más aceptadas vincula ese primer asentamiento urbano con comerciantes fenicios que, entre los siglos IX y VII antes de Cristo, fundaron enclaves a lo largo de la península ibérica. A ellos se les atribuye el nombre más antiguo de la ciudad, Olisipo, posiblemente relacionado con la idea de “poblado fortificado en lo alto”.
Lo que el estacionamiento iba a sepultar terminó convirtiéndose en el núcleo arqueológico. Una ventana abierta al momento en que Lisboa dejó de ser apenas un asentamiento y empezó a pensarse como puerto, fortaleza y cruce de culturas.
Siglos después de los fenicios y de la incorporación pacífica a Roma, la colina volvió a transformarse. En 711, la península ibérica fue invadida por tropas musulmanas y Lisboa quedó integrada en el mundo islámico por más de cuatro siglos.
La colina del castillo no era exactamente un “castillo” como hoy lo imaginamos, sino la Alcáçova: la ciudadela fortificada donde vivían las élites políticas, religiosas y militares. Abajo, extendiéndose hacia el río, estaba la Medina, la ciudad propiamente dicha, donde convivían musulmanes comunes, cristianos y judíos.
La ciudad islámica no borró lo anterior. Reutilizó murallas romanas, reconstruyó defensas, adaptó estructuras. Hasta que llegó su fecha de quiebre. En 1147, la Alcáçova sería sitiada por los ejércitos cristianos. Las casas que hoy se pueden ver probablemente fueron destruidas en aquel episodio que redefiniría el destino de la ciudad.
Ese año, Alfonso I de Portugal -el joven monarca que buscaba consolidar su independencia frente al reino de León- había conquistado Santarém, al norte. Lisboa era el siguiente objetivo: rica, estratégica, simbólica. Pero había un problema. No tenía suficientes hombres para tomarla. Entonces, recibió la ayuda de miles de cruzados a los que se les prometió que, si ayudaban a conquistar la ciudad, podrían quedarse con el botín.
El cerco comenzó el 1° de julio. Por tierra y por río. Durante casi cuatro meses, la ciudad resistió detrás de sus murallas. Vilaça cuenta que no era como en las películas, con asaltos constantes y catapultas volando piedras día y noche. En la Edad Media, la vida humana era demasiado valiosa y la reconstrucción demasiado costosa como para destruir lo que luego se quería gobernar. La estrategia era otra: esperar. Que el hambre y las enfermedades hicieran su trabajo. Así, a fines de octubre, llegó la rendición. Días después, las puertas se abrieron. No hubo aniquilación total. La Lisboa musulmana se convirtió en cristiana.
El castillo, tal como empezaría a consolidarse en los siglos siguientes, sería ante todo una estructura militar. No un palacio romántico. No una residencia real. “La idea de que el castillo es donde vive el rey viene del norte de Europa; eso en Portugal prácticamente no existe”, advierte Vilaça ante una clásica pregunta: ¿por qué parece que el castillo está vacío? Siempre fue una fortaleza.
Una mentira verdadera.
El 1° de noviembre de 1755, Lisboa tembló. El terremoto, seguido de tsunami e incendios, devastó la ciudad. El castillo, ya relegado a funciones militares, entró en declive. Para entonces, la fortaleza ya no era el corazón del poder. La corte se había trasladado siglos antes al Paço da Ribeira, junto al Tajo. Tras el desastre, muchas estructuras quedaron dañadas y no hubo urgencia por restaurarlas.
Pero en la década de 1930, el régimen de Salazar decidió intervenir. El Estado Novo necesitaba símbolos. Monumentos que materializaran una narrativa de grandeza nacional, continuidad histórica, destino imperial. El castillo era perfecto: evocaba la Reconquista, el nacimiento del reino, la identidad cristiana.
Comenzaron a demolerse viviendas y estructuras añadidas con el paso de los siglos. Se consolidaron murallas, se reconstruyeron torres, se “limpió” el monumento para devolverle su aspecto medieval. No era una falsificación total -las bases eran auténticas-, pero sí un reciclaje. “El castillo siempre estuvo aquí, solo que estaba escondido”, dice Vilaça. Y todas las capas siguen ahí. Fenicios. Romanos. Musulmanes. Cruzados. Terremotos. Cuarteles. Restauradores del siglo XX. Turistas del XXI. El Castillo de San Jorge no es una mentira. Es una síntesis visible de lo que Lisboa siempre fue: una ciudad que no elimina sus capas, sino que las absorbe.
La subida a pie es parte de la experiencia. Lisboa se escala. Y cuando finalmente se atraviesa la puerta del castillo y se sube a las murallas, la vista explica todo. El río abierto hacia el Atlántico. Los techos rojizos extendiéndose como laberintos. Los turistas caminando por las torres, fotografiando un paisaje que los fenicios ya consideraban estratégico hace más de dos milenios.
Desde arriba se entiende por qué cada civilización quiso este lugar. Más que un monumento congelado en el pasado, es un punto de observación. No solo del Tajo. Del tiempo.