El arte de ganar una fortuna

| Damien Hirst es tan rico como criticado y con su fortuna de mil millones de dólares afirma sin rodeos que en el arte es tan importante lo que se dice como el precio.

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TOMER URWICZ

Vivir de lo que a uno le gusta no siempre es fácil, menos si su oficio se reduce a pintar lunares sobre una tela. Lo mismo pensaba Damien Hirst cuando se dedicaba a eso en la ciudad obrera de Leeds, a la orilla del río Aire, al Norte de Inglaterra. Hoy, con 46 años, disfruta de la mayor fortuna que ha cosechado un artista y su voluptuosa cuenta bancaria llega al mil millones de dólares.

En menos de 25 años de carrera, Hirst viró de la simpleza de un joven pintor hacia los lujos de ser una marca mundial. Su apellido es la estampa de un grupo de artistas que no tiene rodeos en afirmar que su arte es tan impactante como comercial y que importa tanto lo que dice la obra como su precio. Rompió los cánones museísticos y despertó la ira de varios críticos porque, como cuenta la curadora de su última muestra Ann Gallagher, "su obra se caracteriza por ser directa y por su ambición; es muchas cosas, inexpresiva y a la vez afecta, y provoca sobrecogimiento e indignación en igual medida".

Esta dualidad de personalidades y estilos que sobrevive en Hirst es la resaca del niño que escapó de su casa con 12 años y que estuvo preso dos ocasiones por hurtos en comercios. En la escuela obtuvo penosas calificaciones, a excepción de la asignatura Plástica en la que se destacó y fue alentado a ingresar a la carrera de Arte y Diseño. Un rebelde que causó varios dolores de cabeza a su padre mecánico y a su madre vendedora de relojes. Un vanguardista en medio del conservadurismo que impuso Margaret Thatcher y que saltó a la fama en 1990, el mismo año en que la Dama de Hierro dejaba el poder.

Desde entonces la vida de este artista británico no ha sido más que un cúmulo de fortunas ganadas por la venta de merchandising y "locuras" llevadas a los museos del mundo. Introdujo un tiburón tigre de cuatro metros de largo en una pecera con formol y lo expuso en la Saatchi Gallery en 1992. La obra fue adquirida por el coleccionista Charles Saatchi en 79.000 dólares y se convirtió en un emblema del arte posmoderno.

Con el escualo no se conformó y prosiguió hundiendo animales de todo tipo dentro de frascos y tanques. Disecó y partió a la mitad a una vaca y a su ternero en Madre e hijo divididos, colocó una cebra, un unicornio y un becerro de oro, moscas muertas, otras vivas. Así fue acercándose a uno de los temas más abordados por el arte y la filosofía: la muerte.

Hirst es una muestra ferviente de que "la muerte es el mejor anunciante". La diferencia con la mayoría de veces que se aplica esta frase es que en este caso el propio artista es quien está vivo.

En 2007 fundió en platino una calavera humana y le incrustó 8.601 diamantes, trabajo que tituló Por el amor de Dios. La pieza fue rematada al mejor postor en 79 millones de dólares y se convirtió en la obra mejor paga a un artista vivo.

Sus récords y fantasías no quedan ahí. Poco antes de la quiebra del Lehman Brothers, en 2008, el excéntrico artista obtuvo 175 millones de dólares en dos días de subasta de su exposición Hermoso dentro de mi cabeza por siempre. Además, es el artista vivo más buscado en Google.

En el entendido de que es tan importante una buena obra como una excelente venta, Hirst fundó su empresa Science con sede en Londres. La compañía ocupa gran parte de la calle Newport Street en el barrio de Lambeth, hoy devenida en un proyecto de galería del artista que se pretende inaugurar el próximo año.

Pero este 2012 no podía ser menos para este ricachón. A pesar de que buena parte de su vida se la pasó criticando al establishment de los museos, decidió exponer durante este mes en el Tate Modern, el segundo lugar más visitado de Londres (más de 5 millones por año). La paradoja no acaba ahí; la muestra es una retrospectiva de los 25 años de carrera del artista, el mismo que aseveró en 1996: "Los museos son para los artistas muertos. Nunca voy a mostrar mi trabajo en la Tate. Jamás me verás en ese lugar".

Como dice la canción de Julio Numhauser, y que Mercedes Sosa llevó a la fama, Todo cambia. Hirst también. "Todos crecemos y maduramos, y él es ahora un artista de mediana edad que se ríe de los comentarios que hizo en su juventud", indica la curadora de la muestra.

Y algo de razón le asiste porque su hijo mayor ya tiene 16 años, la misma edad que tenía Damien cuando se escapaba del liceo en busca de los secretos que escondía el Departamento de Anatomía de la Facultad de Medicina en Leeds. Ahora es, en definitiva, el rebelde de siempre apaciguado por el paso del tiempo.

En este resumen a mitad de camino, el afamado artista expone todo, lo que le gusta y lo que no. Están los botiquines y estanterías con fármacos, emblema de su primera etapa. Están las peceras con animales en formol. Están los lienzos giratorios multicolores, que fueron la excusa para entregarle el premio Turner en 1995. Está la calavera con diamantes. Y están los últimos trabajos con mariposas, conformando verdaderos caleidoscopios.

Está, en buena medida, la estampa de un artista-empresario que ve en cada obra de arte un símbolo de pesos (o libras en su caso) y que hace lo que se le antoja para crear sensaciones encontradas en su público. Un rebelde triunfador que solo cuadra bajo el título de Damien Hirst.

El TOP DE LOS ARTISTAS MÁS RICOS

David Choe

Gracias a Facebook alcanzó los 200 millones de dólares. Hace siete años, cuando tenía 28, este grafitero pintó las oficinas de la red social y la paga consistió en algunas acciones de la naciente empresa, hoy cotizada en 75.000 millones de dólares. De pequeño cometió varios delitos hasta ser lo que más le gusta: un artista.

Takashi Murakami

Mezcla de tradición oriental y pop art, es el Andy Warhol japonés. Elaboró los doodle de Google para los solsticios de verano e invierno, confeccionó bolsas para Louis Vuitton y diseñó las portadas de los últimos discos del rey del hip-hop Kanye West. Así se hizo de 100 millones de dólares.

Jasper Johns

Con 81 años, es el más veterano de los artistas millonarios. Es un fiel seguidor del arte pop y suele añadir objetos reales sobre los lienzos. Su capital de 300 millones de dólares se basa únicamente en la venta de pinturas, en las que se destacan las banderas de EE.UU. con efectos tridimensionales.

Jeff Koons

La fortuna de este estadounidense es de 500 millones de dólares y es el resultado de una campaña de publicidad en la que convirtió su arte en una imagen. Sus enormes monumentos de perros, autos pintados y mucho kitsch, son parte de las producciones de su fábrica, que emplea a 120 personas.

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