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Diego Fernández Pujol: "He sido forastero muchas veces en mi vida"

Diego Fernández Pujol

EL PERSONAJE

El director y productor de cine uruguayo estrenó hace poco la comedia "La teoría de los vidrios rotos". En esta charla, recorre parte del sinuoso camino que lo trajo hasta aquí.

De niño no sabía, o no tenía muy claro, que quería ser director de cine”, dice en un momento de la charla con Domingo Diego Fernández Pujol (49 años), que hace poco estrenó su segundo largometraje, La teoría de los vidrios rotos . “Pero sí tenía el impulso de contar historias”. La que cuenta en su nueva película es la de un muchacho que acude a una localidad del interior para averiguar qué pasa que incendian tantos autos. Una comedia en la que también hay una investigación medio detectivesca y algo de musical, donde Humberto de Vargas descolla cantando canciones de Gonzalo Deniz (quien graba y se presenta en vivo como Franny Glass).

Ya adolescente, Fernández Pujol iba al Liceo Logosófico y tuvo la suerte de encontrar en uno de sus profesores un espíritu afín a sus inquietudes artísticas. Él recuerda a Alfredo Goldstein, quien durante años fue crítico teatral y dramaturgo.

“Para mí fue un tipo muy importante. Teníamos como cierta complicidad y me imagino que se daba cuenta de que yo tenía esas inquietudes. A mí me produjo algo así como darme cuenta de que no era un ‘bicho raro’”.

A los 16 años, Fernández Pujol empezó una etapa “trotamundos”. Primero, se fue a Estados Unidos como estudiante de intercambio. “Fue muy fuerte esa experiencia. Vivía en Silicon Valley, que en esa época estaba explotando, a una hora de San Francisco, que todavía sentía el coletazo del movimiento hippie”.

—Se te abrió un poco más el mundo.

—Mucho. Algunas cosas no fueron tan positivas, porque yo me había hecho una ilusión como que iba a vivir al mejor lugar del mundo y no me llevé tan bien con la idiosincrasia estadounidense. Pero otras sí fueron muy positivas, porque hice amigos con los que aún hoy me sigo escribiendo, principalmente otros estudiantes de intercambio de países como Alemania, Francia, Australia... Éramos los ‘extranjeros’.

De regreso en Uruguay, se inscribió en la carrera de comunicación de la Universidad Católica, pero en un momento no pudo seguir pagando la cuota. De nuevo hizo las valijas y se fue a España, a trabajar para juntar dinero y poder pagar los estudios. “Fui, me rompí el culo durante un año trabajando pero no logré reunir la plata. Sin embargo, cuando me volví tenía asegurado un trabajo con mi hermano y eso hizo que pudiera retomar la Facultad”.

En la Universidad, hizo buenas migas con gente como Pablo Stoll y Manolo Nieto, quienes también se convertirían en directores de cine. Ahí encontró un grupo de pares que, a diferencia de su barra de la infancia -con quienes iba a surfear- compartía el interés y la sensibilidad por el cine y la cultura en general.

Aún le faltaba otro viaje. Cuando terminó sus estudios en la UCU, se fue a Venezuela, donde vivió y trabajó durante dos años y medio.

—¿Por qué Venezuela?

—Quería hacer ficción y acá no había prácticamente nada. Mi hermana vivía en Caracas, entonces me fui a intentar conseguir un trabajo allá.

Dicho y hecho. Consiguió trabajo en un canal de televisión, en la parte encargada de la producción de telenovelas. Ahí aprendió lo medular de lo que hay que hacer en un rodaje. “La mejor escuela de producción. Me lo decía mi jefa, que era productora de cine. Todavía me sigo escribiendo con ella. Nueve meses corridos de rodaje, en exteriores. Todo el día yendo de acá para allá, seis días a la semana. Llegué a trabajar 70, 80 horas semanales. Mucho, mucho laburo. De hecho, cuando decidí venirme me tentaron para que me quede. Pero había tomado la decisión. No fue una decisión profesional, porque me convenía quedarme desde ese punto de vista. Fue por un tema de familia y humano, porque luego me di cuenta que estaba viviendo en una sociedad que estaba muy salada”.

Cuando regresó de Venezuela, recuerda que hubo un caso policial muy sonado: “Era un pibe que venía en un auto. La Policía lo quiso hacer parar, pero él no se detuvo. Le dispararon y lo mataron. Fue un escándalo, estaba en todos lo medios”. A él no le parecía demasiado escandaloso. No comprendía por qué se hablaba tanto de eso. “Pero en un momento hice como un clic: ‘Ah no.... Soy yo el que está mal, no quienes se alarman por esto’. Fue fuerte, porque me di cuenta que me había deshumanizado”.

Un poco antes de volver definitivamente, había empezado a notar que algunas cosas comenzaban a moverse en Uruguay. Surgieron iniciativas como el FONA (Fondo Nacional del Audiovisual), por ejemplo, y empezó a contactar, desde Caracas, a diferentes empresas productoras de spots publicitarios.

Con semejante experiencia laboral acumulada en Venezuela, no le resultó demasiado difícil conseguir trabajo acá. En poco tiempo ya estaba en rodajes de avisos comerciales, donde se movía como pez en el agua.

Entre aviso y aviso, empezó a desarrollar y producir, junto a Manolo Nieto, su primera película: el cortometraje Nico y Parker, que se estrenó en 2000.

—¿Cómo fue esa primera experiencia cinematográfica?

—Miro hacia atrás y pienso ‘¡qué jugados estábamos!’ Era todo tan nuevo. De hecho, lo miro con un poco de romanticismo, en el sentido de dejar de comprar un auto para gastar la plata en una película. Pero valió la pena, todo eso fue parte de la siembra.

A ese debut le siguió un período de, otra vez, mucho trabajo. Hizo dos cortometrajes más (Mandado hacer, 2002, y Fábrica de enanos, 2004), dirigió videoclips para -entre otras- bandas como Buenos Muchachos (He Never Wants To See You Once Again) y La Vela Puerca (De atar), proyectos para televisión... De todo.

Pero en un momento se cansó de producir para otros. Había sido el jefe de producción de Whisky (2004) y empezado la misma tarea para La perrera (2006), pero abandonó cuando ya no le daba la cabeza. Cambió de producción a dirección. Empezó a dirigir avisos publicitarios. “Me revolvía bien en comerciales con humor, actuación y bajo presupuesto. Era lo que mejor me salía dentro de la publicidad, porque nunca fui un esteta”.

De a poco fue desarrollando la idea para su primer largometraje como director: El rincón de Darwin (2013), una roadmovie sobre tres personajes que van recorriendo parte de Uruguay en una camioneta. Después, volvió de nuevo a ser productor para La mujer del padre / Mulher do Pai (2016), una coproducción con Brasil ambientada en la frontera entre ambos países. Y siguió como productor para la serie web El último youtuber, que se lanzó el año pasado. Ha oscilado entre ambos roles y él dice que mientras sea para proyectos propios, le encanta producir. “Un productor, según lo entiendo yo, es el que hace viable una idea para que esta pueda ser vista por otros”. Ahora, volvió a ocupar el rol de director con La teoría de... que sigue en cartel.

—Las dos películas que dirigiste no son “montevideanas”, sino que se ambientan fuera de la ciudad, en el interior. ¿Por qué creés que se dio así?

—También La mujer del padre es una película que se desarrolla en el interior, en la zona fronteriza. No sé, me gusta eso de salir de la zona habitual. Pero no creo tener una intención de hacer algo específicamente ‘del interior’. Por ejemplo, en La teoría... el que tiene que resolver el problema es el que no vive en el lugar. Y en El rincón de Darwin lo principal no es que viajen por el interior, sino que los tres tengan que convivir en un espacio muy acotado, una camioneta. Tal vez todo eso se haya dado así por el hecho de que viajé mucho, y que cuando uno viaja tiene que enfrentarse a nuevos desafíos. Y capaz -también- por haber sido el forastero tantas veces en mi vida”.

Sus cosas

Una películas
Brazil
Brazil

Brazil, de Terry Gilliam. “Tendría 12 años cuando me llevaron a verla. Me voló la cabeza. Me di cuenta que había una dimensión para contar historias donde se conjugaba ciencia ficción, sátira, fantasía. Fue una bomba que me explotó en la cara”.

un artista musical
Pedro Dalton
Buenos Muchachos y Franny Glass

“Dividido entre Buenos Muchachos y Franny Glass. Para los primeros dirigí un videoclip que para mí fue un hit, todo fue perfecto: la canción, el álbum (Amanecer búho), todo. Y con Gonzalo (Franny Glass) tengo una muy buena relación desde la primera película que dirigí”.

una playa
Punta Negra
Punta Negra

Ese es el lugar preferido de Fernández Pujol para ir a surfear. “Sigo yendo, aunque en cualquier momento cambio la tabla por el tablón”, dice entre risas. “Ya no me da como antes el físico como para correr las olas en una tabla”.

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