FACUNDO PONCE DE LEÓN
Es un tema recurrente, ya lo hemos hablado aquí, pero aparece una y otra vez. Crece la depresión en el mundo occidental. Esta semana un estudio en España confirma que el 35% de los estudiantes universitarios sufre algún tipo de ansiedad y depresión que, según especialistas, se explica por factores sociales, familiares y el llamado estrés académico. En Perú, el miércoles se publicó un informe que habla de creciente depresión en el país y se dieron cifras latinoamericanas: 9,8% de deprimidos en República Dominicana, 14% en Perú, 12% en Argentina, 15% en Brasil y 25% en Chile. La información se desprende de un simposio organizado por el Instituto Nacional de Salud Mental Honorio Delgado-Hideyo Noguchi. Uno de los datos más salientes es que sólo el 50% son conscientes y reciben tratamiento.
Quisiera detenerme en dos aspectos de ambas noticias. El primero es esta idea médica de que hay un 50% de personas que no son conscientes de su enfermedad y por lo tanto no se la tratan. Creo que es algo peligroso entrar en este tipo de estadísticas. La depresión, más allá de su cuestión material de la relación neuronal entre la serotonina, la sinapsis y el sistema nervioso, tiene un componente antropológico fundamental: el dolor. Alguien deprimido es alguien a quien le duele algo, que los huesos le pesan como si fuesen plomo, que no tiene ganas de vivir y hasta quizás no tenga ni ganas de morirse.
¿Qué quiere decir que alguien no se da cuenta de que está deprimido? ¿Cómo se explica esta idea? Creo que es un dato médico equivocado. Entiendo sí que haya gente que se rinda y no quiera tratarse, pero ello no significa que no es consciente de su enfermedad sino que no es consciente de que la vida siempre tiene una vuelta de tuerca.
Por su parte, la información sobre los universitarios españoles me ha dejado perplejo. ¿Estrés académico? Si por dar un examen se diagnostica depresión ¿qué quedará para cuando, en vez de salvar una asignatura, esa persona tenga que presentar un proyecto empresarial, o afrontar un problema laboral o familiar? El test para diagnosticar a los estudiantes arroja frases de este tipo: "Me siento incomprendido por mi familia"; "me falta motivación para estudiar"; "tengo problemas personales con mi pareja y amigos".
La conexión entre ambas noticias, a las que se podrían agregar otras (como la del siquiatra vasco Iñaki Eguiluz que comentó a la prensa que "las vacaciones pueden crear estrés, ansiedad y depresión"), es que convierten algo serio en algo banal. La banalidad es aquello que se volvió superficial cuando debería ser algo serio. Temo que pase algo de esto con la depresión, como en su momento sucedió con el concepto de trauma. Cuando Freud hablaba de trauma, se refería a sucesos que generaban un quiebre complejo en la vida de un individuo. Pero hoy, si a un niño lo pica una medusa se dice que tiene un trauma. Esa prostitución del concepto, que hace que todos estemos repletos de traumas, es más riesgoso de lo que parece. Y lo mismo con la depresión.
Hay gente que está deprimida. Hay gente que sufrió traumas. Son hechos de capital importancia y hay que ver las maneras médicas, psicológicas y afectivas de disminuir el dolor y la desazón. Pero también es importante delimitar bien el concepto y saber que hay personas que ni están deprimidas ni tienen trauma alguno. Es allí donde los médicos y los medios de comunicación deben ser cuidadosos. Si un estudiante dice que está deprimido porque se peleó con sus amigos, es importante hacerle notar que no padece depresión, sino que está enfrentando los vaivenes de la vida. Ni más. Ni menos.