De semidioses y minotauros: un viaje por las maravillosas Atenas y Creta

La historia y el mito se entrelazan en un recorrido donde templos y leyendas antiguas revelan un pasado que resurge con una fuerza sorprendentemente viva.

Turistas caminan frente al Templo del Partenón mientras visitan el sitio arqueológico de la Acrópolis en Atenas.
Turistas caminan frente al Templo del Partenón mientras visitan el sitio arqueológico de la Acrópolis en Atenas.
Foto: AFP

Nuestro pequeño grupo -cuatro adultos y cuatro niños menores de 10 años- comenzó el viaje con tres días en Atenas. Antes de los Juegos Olímpicos de 2004, había escuchado que Atenas era una ciudad calurosa, sucia, caótica y poco apta para niños. Sin embargo, en los últimos años la ciudad se ha transformado en una metrópoli moderna y accesible, donde las maravillas antiguas conviven con los signos de la modernidad.

Viajamos a comienzos del verano. Hacía calor, pero todavía soportable. Como muchos visitantes, pasamos los días comprando cerezas en la plaza Monastiraki, escuchando músicos que tocaban canciones populares y explorando las laberínticas calles del antiguo barrio de Plaka. Nos refrescamos en los parques y fuentes del enorme techo inclinado del nuevo complejo de la Biblioteca Nacional y la Ópera.

Pero el punto culminante de Atenas fue nuestra visita a la Acrópolis.

Si viajas con niños recomiendo contratar un guía. Hay demasiado para absorber. Nuestra guía, de la agencia Greeking.me, fue una mujer encantadora y paciente llamada Antigoni. Fue increíblemente tolerante con los chicos y, al poco rato, les ofreció contratarlos como guías asistentes.

Comenzamos en el asombroso Museo de la Acrópolis, diseñado por Bernard Tschumi. Construido sobre un antiguo sitio arqueológico, permite mirar las ruinas bajo sus pisos de vidrio o alzar la vista hacia la Acrópolis misma. El edificio parece abrazar la naturaleza fragmentaria y desordenada de la historia.

Turistas sostienen paraguas mientras caminan frente a la colina cerrada de la Acrópolis en Atenas.
Turistas sostienen paraguas mientras caminan frente a la colina cerrada de la Acrópolis en Atenas.
Foto: AFP

Pasamos casi tres horas recorriendo sus pisos, deteniéndonos ante los centenares de relieves que alguna vez decoraron el Partenón. Los niños estaban fascinados. Antigoni explicó cómo las refinadas proporciones arquitectónicas generaban ilusiones ópticas que hacían parecer al templo más perfecto de lo que era.

Luego nos unimos a la multitud que ascendía la colina hacia la Acrópolis misma. Las puertas de entrada, por sí solas, valen el precio del boleto, al igual que el pequeño pero exquisito templo de Atenea Niké, que vigila a quienes ingresan.

Incluso en su estado perpetuo de restauración, el Partenón vibra con idealismo: todas esas ilusiones ópticas y refinamientos son un homenaje perfecto a ese concepto poderoso y frágil llamado democracia, nacido precisamente en esas laderas.

Playa Elafonisi en Grecia
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Foto: Tripadvisor

En busca del Minotauro.

Tras nuestro torbellino ateniense, volamos a Creta, donde la antigua civilización minoica floreció hace 5.000 años, mientras el resto de Europa seguía en la barbarie. Recorrimos gargantas, construimos palacios en playas de arena rosada y nos hospedamos cerca del puerto de Chania, donde aún pueden verse las huellas de sus distintos conquistadores: baños otomanos, arsenales venecianos y un elegante faro egipcio que se alza al final del rompeolas. Bebimos raki, el licor local, y devoramos mariscos como carpaccio de lubina y aceite de oliva recién prensado, hecho en la zona.

En el Palacio de Cnosos -sede del Imperio minoico- tuvimos otra guía excepcional, Akrivi Hatzigeorgiou, de la agencia KidsLoveGreece.com. Entregó a todos los niños iPads con aplicaciones de realidad aumentada que les permitían ver las ruinas como fueron en su esplendor. Nos mostró los sofisticados sistemas hidráulicos del palacio, su red de señales y la sala del trono, que conserva una de las sillas más antiguas de Europa. No vimos al Minotauro que, como saben todos los pequeños historiadores griegos, supuestamente habitaba el laberinto del sótano. En realidad, descubrimos que nunca hubo un sótano, ni un rey Minos único, sino una serie de gobernantes femeninas, detalle que la historia y los mitos habían convenientemente pasado por alto. Al final del recorrido, Akrivi nos agradeció y dijo: “El laberinto está en nuestras mentes. El Minotauro está dentro de nosotros. No podemos derrotarlo: debemos perdonarlo”.

The New York Times

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