HUGO BUREL
La frase del título quizá haya sido la que más veces se dijo y se escuchó en los últimos cuarenta y tres años en la esquina de 18 de Julio y Ejido. La gritaban los mozos de la cervecería La Pasiva, que el pasado 12 de abril cerró sus puertas definitivamente. El "¡Dame dos!", por supuesto, refiere al producto más típico que allí se servía, los legendarios frankfurters -o panchos- que hicieron famoso al establecimiento. Cuando el local estaba lleno, el coro de mozos lanzando al aire sus pedidos configuraba un barullo amable, una estridencia que no ofendía. Así, al número de panchos se le sumaba el detalle de la bebida -cerveza o gaseosa- o el reclamo del no menos exitoso chivito, en sus variantes al plato o al pan. Pero las estrellas, sin duda, eran los embutidos. Eso me remite al imposible cálculo de cuántos millones fueron hervidos y despachados en las más de cuatro décadas en que la cervecería definió una parte de la identidad montevideana. Ahora la estratégica esquina, en la que antes de La Pasiva había funcionado el bar Walford, se inaugurará una hamburguesería en franca competencia con la que ya existe en la esquina de enfrente. El pancho ha muerto, viva el pancho.
Clientes como yo -que la conocí cuando se inauguró- saben que en ese local de La Pasiva -el primero de la cadena- todavía trabajaban mozos de la época en que abrió. Y ese estilo de atender al grito y con absoluta celeridad fue hecho por esos esforzados funcionarios en el día a día, gesto que sin duda transmitían a los nuevos que se iban incorporando. No es pecar de nostálgico afirmar que con este cierre se nos va un espacio emblemático de la ciudad, como antes lo hizo el bar Sorocabana de la plaza Libertad o el Rex de 18 y Julio Herrera y Obes. Son lugares insustituibles, que al desaparecer dejan vacíos que empobrecen nuestra identidad.
"Me voy como se han ido tantos", dice la letra de Brindis por Pierrot y ese pasaje puede servir como respuesta a este homenaje a la cervecería que se fue, pero eso no le quita drama al asunto. No importan las razones comerciales que intervinieron o las famosas leyes del mercado que determinan que la hamburguesa desplace al pancho. La pérdida es de otra especie. Lo que se va es un anclaje a cosas que quizá no tienen un valor visible pero que nos expresan como colectivo. Ríos de cerveza, kilómetros de panchos y cataratas de mostaza necesariamente significan algo más que un hábito gastronómico cuando se está cuatro décadas sirviéndolos en el mismo lugar.
El punto es, ¿lo que viene en lugar de ese local de La Pasiva va a durar cuarenta años? Nadie lo sabe, pero es inevitable pensar que esa duración no interesa porque, entre otras razones, las generaciones actuales no generan un vínculo de sujeción a los lugares. Todo es intercambiable, sustituible, renovable, reciclable y por tanto provisorio. Se vive el momento, la inmediatez absoluta y el afincamiento y la pertenencia pasan por otros parámetros. En una hamburguesería como la que se instalará en 18 y Ejido, no habrá trato personal, ni estilo de servicio, ni vínculos de los clientes con los empleados o calidez ambiental: todo habrá de centrarse en el producto adocenado, la rapidez para adquirirlo, llevarlo y consumirlo. El espacio en donde eso se obtendrá será apenas un elemento más, que se parecerá a otros porque es el mismo en todo el planeta. Será un lugar que no ambicionará conquistar ninguna parcela en el corazón de nadie y cuyo futuro, por supuesto, es una incógnita.
Pero tras el cierre y luego de la inauguración de lo nuevo, llegará algo más letal y definitivo: el olvido. Otra vez la esquina céntrica más famosa ha mutado y, si casi no quedan antiguos parroquianos del bar Walford -y no Waldorf como he leído en alguna información-, en pocos años los habitués de la primera Pasiva dejarán de escuchar en su memoria el santo y seña del lugar: el "¡Dame dos!" gritado un instante después de que el mozo les tomara el pedido.