L. G.
El bastón hace más evidentes las notorias dificultades de José Antonio Gurriarán para desplazarse. Este periodista y escritor gallego de 70 años es miembro de la Asociación de Víctimas del Terrorismo en España. Ostenta el triste honor, asegura, de ser uno de los integrantes más heridos de ese colectivo que nadie quiere integrar. Tiene la pierna izquierda 11 centímetros más corta; a la derecha, que según sus propias palabras "parece atacada por un león", le falta masa muscular y el peroné; tiene el tímpano izquierdo perforado, una hernia de hiato y hepatitis C, producto de haber recibido 18 litros de sangre por transfusiones. Dentro de su cuerpo hay, ya necrosados, pedazos de lo que en su momento fue una cabina telefónica. Quedó así luego de sufrir un atentado reivindicado por el comando 3 de Octubre del grupo terrorista ASALA, el Ejército Secreto para la Liberación de Armenia.
Eso fue el 29 de diciembre de 1980. Paradojas de la vida, o una suerte de Síndrome de Estocolmo exacerbado, Gurriarán se transformó en un cruzado por la causa armenia. Como tal, escribió dos libros: La bomba (1982) y Armenios, el genocidio olvidado (2008). Recientemente, estuvo en Uruguay para la presentación de la última edición de Historia del pueblo armenio, un trabajo original de Ashot Artzruní, traducido y actualizado por su hijo Rubén Artzruní, para la que este periodista escribió uno de los prólogos.
Y su odisea empezó de la manera menos imaginable. Gurriarán, entonces de 41 años, esperaba a su primera esposa para asistir al cine a ver Memorias de un seductor de Woody Allen, en Madrid. "Ella tuvo suerte; como todas las mujeres, siempre llegan tarde", ríe hoy. Estalla una bomba y hay heridos. Los reflejos del periodista -entonces subdirector del desaparecido diario Pueblo- lo hacen correr a una cabina telefónica, en La Gran Vía casi Plaza España. "Antonio, hubo un atentado", le dice a su colega de la noche. A sus pies, explota un kilo y medio de Goma-2. Su inmediato recuerdo es en el CTI del Hospital Clínico.
José Antonio sobrevivió, aunque entre operaciones, internaciones, rehabilitaciones y vueltas al hospital se consumieron tres años de su vida. Los atentados tenían como blancos las sedes de Swissair y TWA, líneas aéreas de Suiza y EE.UU. En esos países estaban detenidos tres dirigentes de ASALA. Varios inocentes más resultaron heridos.
El gallego no tenía ningún vínculo anterior con Armenia, entonces bajo el yugo soviético, y poco sabía sobre ella. Sin embargo, tras el ataque que casi le cuesta la vida, comenzó a interesarse por la causa, pero con un sentimiento parecido a la fe de un converso. "Hice lo que los griegos llaman terapia de la extroversión, catarsis, investigar sobre lo que había pasado. Estaba muy tocado, como si tuviera el Síndrome de Estocolmo, cuando admiras a los que te secuestran. Además, como periodista quería llegar al fondo de lo que pasó. Y escribir un libro". Adquirió 200 textos sobre ese pueblo para entender el origen de su odio: el genocido armenio a manos del Imperio Otomano, que causó la muerte de aproximadamente 1,5 millones de personas entre 1915 y 1917.
Encuentro. El periodista trató por todas las vías de entrevistarse con el ASALA, al que hoy se resiste en llamar terrorista. "No pongo adjetivos". Lo hizo a través de armenios que iba conociendo, incluso se contactó con el grupo Liberación Armenia en Francia, su brazo político. Le envió una carta a Alec Yenicomchian, el dirigente detenido en Suiza. La idea era tener un encuentro o intercambio de posturas: ellos, explicando el porqué de su acción armada; él, que siempre se definió pacifista, intentaría convencerlos de la inutilidad de esos actos. "Tal vez era ingenuo", reflexiona.
La siembra cosechó sus frutos. En marzo de 1982, Gurriarán fue contactado. Debía alojarse en un hotel palestino del Líbano. Tras días de espera fue dirigido -tapado con una manta sobre el piso de un auto- a un lugar no identificado. Ahí se encontró con el ya liberado Yenicomchián y con otro líder de ASALA, Monte Melkonián. También se vio con quienes dijeron llamarse Aram, Anahit y Vahé, supuestos autores del ataque que casi le cuesta la vida.
Los diálogos -en armenio, francés y español (Melkonián hablaba ese idioma)- son duros y tajantes. "No tuve miedo, aunque era notorio que tenían gran culto a las armas. Nos acompañaban con las Kalashnikov hasta cuando íbamos al baño". No hay entendimiento. "En las guerras siempre caen inocentes", decía ASALA. "Eso es injusto, el terrorismo es ineficaz", responde el periodista. "Es eficaz, y la prueba es que usted está aquí, porque está escribiendo un libro apologético sobre el pueblo armenio", retrucan los armados. "En eso tenían razón", reconoce hoy Gurriarán. El gallego les regala una biografía de Martin Luther King; hasta hoy ignora qué hicieron con él.
"Digamos que esos encuentros terminaron en tablas", asegura Gurriarán. Esas entrevistas fueron la base de La bomba, en la que busca responder porqué miles de esos jóvenes tomaron el camino de las armas. Conclusión: el genocidio primero y el silencio mundial después, dice. Confiesa que lo acusaron por ese libro de hacer "apología del terrorismo", lo que rechaza de plano: "Sólo quería entender qué les habían hecho".
Las "tablas" de los encuentros de 1982 se volcaron definitivamente a favor de Gurriarán en 2007, asegura el escritor con orgullo. Ese año realizó su primera visita a Armenia. Ese viaje fue la materia prima para su segundo libro. Ahí se encontró nuevamente con Yenicomchián, ciego y sin un brazo. Melkonián había muerto; lo mismo había pasado con Aram, Anahit y Vahé, en distintas operaciones militares. El país había logrado su independencia hacía tres lustros, luego del desmoronamiento de la URSS. "Ahí tuvieron que reconocer que a su país no los había liberado el terrorismo, sino la caída del Muro de Berlín". Con satisfacción, asegura de que muchos de los otrora insurgentes ahora se habían integrado a la sociedad, trabajando en organizaciones que ayudaban a niños con problemas físicos y mentales. En las entrevistas ya no hay encapuchados ni armas.
"Eso me parece encomiable, ojalá que todos los grupos que alguna vez se alzaron en armas actuaran así, formando parte de la sociedad".
¿No cabe el odio para quienes lo pusieron al borde de la muerte y lo incapacitaron? "No, nunca", responde Gurriarán. "Llegué a la conclusión de que haciendo lo que hice me estaba defendiendo, que me hacía más fuerte no odiando. Es como dice Sócrates: sufre más el que comete una injusticia que el que la padece".
"Turquía está muy presionada"
"¿Quién recuerda, después de todo, a los armenios?" Esa reflexión de Adolf Hitler es considerada una de las justificaciones del régimen nazi a la Solución Final, el exterminio de los judíos. Aún hoy, poco más de 20 estados reconocen al genocidio perpetrado por el Imperio Otomano; Uruguay fue uno de los primeros, en 1965.
En su libro Armenios, el genocidio olvidado, José Antonio Gurriarán concluye que todos los armenios del mundo (unos 3,2 millones en su país, y una diáspora que se calcula extraoficialmente en 10 millones) descienden de esa masacre.
Para Gurriarán, que el genocidio armenio no tenga la repercusión que tuvo el Holocausto judío se debe a la importancia geopolítica de Turquía. "Tiene las bases más importantes de la OTAN, el 85% de las armas que van a Afganistán, y entre el 70%-80% de las que se envían a Irak pasan por ahí".
Aún así, este periodista considera que Armenia no va a tener otra "hora h" como esta para que el genocidio sea reconocido. ¿El motivo? La intención de Turquía de ingresar a la Unión Europea, como broche de oro a un proceso de occidentalización que lleva décadas. "Francia y Alemania están haciendo una gran presión para que se atienda esa cuestión. Lo mismo está haciendo Barack Obama en Estados Unidos. Sin dudas que esta es una oportunidad histórica para que se reconozca el genocidio", asegura.