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Carmen Morán: las cicatrices del abandono de su padre, los últimos días con su madre y su asignatura pendiente

El escenario es su lugar en el mundo. Transita el duelo de su madre Cristina Morán con altibajos, prepara un nuevo espectáculo y sueña con hacer cine.

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Carmen Morán
Carmen Morán.
Foto: Estefanía Leal

Carmen Morán (60) no era una niña más. Mientras sus amigos esperaban ansiosos que llegara el fin de semana para pasear por al parque, ella deseaba que fuera domingo para ir a Canal 10 y deambular por los camarines mientras su madre Cristina Morán conducía Domingos continuados, un programa insignia que duraba horas y era en vivo. Disfrutaba de probarse la ropa de su madre, maquillarse y arreglarse su larga cabellera lacia. Conectó con la fibra artística desde la panza y los compañeros de su madre no demoraron en captarlo. Así que una tarde, con apenas 8 años, le enseñaron la letra de Lo han visto con otra, le dieron un micrófono y en una tanda entonó sin pudor esa canción de Gardel frente a toda la platea, sin imaginar que terminaría siendo cantante de tango.

Tenía a su mamá como una “diosa del Olimpo” y la quería imitar en todo, sin embargo, había situaciones en que padecía su estirpe de celebridad. Eso sucedía cuando no podía disfrutarla como hija a causa de su enorme popularidad: “Sufría cuando quería tener momentos íntimos con ella, no había forma de salir a la calle entre autógrafos y abrazos. Todos me querían besar (porque ella vivía con el Carmencita en la boca), y mamá, muy educada, me había enseñado a sonreír, pero después con ella estaba de mal humor porque no podía disfrutarla como hija. Cuando íbamos de paseo siempre había gente abordándola”, confiesa a Domingo Carmen Morán.

Esta historia viró décadas después, cuando Carmen se convirtió en productora y mánager de Cristina, y se le inflaba el pecho al ver que niños y jóvenes esperaban a que saliera del teatro para conseguir una selfie con ella: “Aquello que odiaba de chica, ahora lo disfrutaba”, asegura.

Carmen se encuentra en pleno duelo por la pérdida de su madre, fallecida a los 93 años el pasado 22 de setiembre. Confiesa sentirse “huérfana de un montón de cosas” porque, además de haber sido quien le dio la vida, Cristina era su compañera de trabajo, su amiga y su sostén. Atraviesa días de absoluta tristeza, otros donde está “pasable” y algunos donde se permite disfrutar. En definitiva, dice, “a mamá no hay otra forma de recordarla que con esa sonrisa que ella tenía”.

Carmen y Cristina Moran
Carmen y Cristina Moran

Contestó uno por uno los mensajes directos que le enviaron vía WhatsApp, Facebook e Instagram dándole el pésame, pero sobre todo elogiando a esta diva uruguaya, pionera y número uno indiscutida. Hubo un sinfín de homenajes. Se acercaron a despedirla la vicepresidenta de la República, Beatriz Argimón; el presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira; el expresidente Julio María Sanguinetti; y muchas figuras del espectáculo. Un desconocido le dijo a través de las redes sociales que hacía muchos años que no veía al Uruguay unido de esa manera, y Carmen siente que esa frase resume absolutamente todo.

Durante el velorio, expresó haber sentido la vibración entera del país en su corazón y días después confirma a Domingo que ello se tradujo en un mimo al alma. “Eso lo generó ella, se lo merece, y de rebote me vino a mí que soy el legado que dejó. Soy la única hija y tengo su pasta: tengo metido adentro su gen de amor y de buena gente, por eso lo recibí yo, pero todo eso era para ella. Creo que la vibración del amor trasciende planos, entonces esa energía la estaba sintiendo donde estuviera su alma, porque fue impresionante”, dice orgullosa.

Cicatrices del abandono

Carmen tampoco fue una niña tipo en cuanto a la crianza: creció en un hogar monoparental (no conoció a su padre) y con una madre que trabajaba de sol a sol para sostener el hogar -dos situaciones atípicas para la época-. Sin embargo, nunca se sintió juzgada o señalada entre sus pares y está convencida de que fue gracias a la autenticidad de su madre que asumió su historia con tanta naturalidad.

“Como mi madre era tan directa y sin tapujos conmigo me dijo ‘la situación es así: la relación con tu padre no funcionó, yo decidí separarme cuando tenías tres meses’, entonces yo no lo sentía como un estigma, aunque en el colegio no había padres divorciados. Creo mucho en la palabra y la comunicación. Mamá nunca fue a terapia para que le enseñaran a llevarme por el camino, pero como pudo me llevó y le salió bastante bien”, reflexiona.

Al crecer se percató de que sí pagó los platos rotos porel abandono de su padre: “Conlleva muchos conflictos en la madurez que hay que trabajar en terapia y aprender a perdonar”, revela.

-¿Lograste sanar?
-Hoy me siento sana, pero es algo que vas a llevar toda tu vida: el padre no estuvo, no tengo ningún recuerdo entonces queda el vacío de lo imaginario (ahora ya no, pero supongo que en mi infancia había un cómo sería). Por otro lado, no tenía el impulso, estaba bien y contenida de amor. Mamá tuvo una pareja desde mis 2 a mis 12 años y si bien era tan transgresora que dijo ‘novio cama afuera’ (nunca vivió con él, ni se volvió a casar), nos íbamos de vacaciones, compartíamos y capaz que esa presencia hizo que se me fuera borrando el deseo de conocer a mi padre porque pasó a ser él esa figura. Cuando se pelearon hubo un alejamiento y yo, que fui una niña bastante madura, dije ‘un segundo abandono no va a haber’. Entonces lo llamé por teléfono y le dije ‘hola, habla Carmencita’. Y él me contestó ‘la persona que más quiero en el mundo’. Hubo algo muy tierno y hasta que se murió nos seguimos viendo. Era un gran cocinero y llegó a trabajar en el restaurante que tuve en El Pinar, y a pasar Navidades en mi casa. Eso lo sané, lo traté en terapia pero te persigue en la vida: me casé con un hombre 12 años mayor. Salí de la protección de mamá y fui a buscar otra contención, hasta que 12 años atrás dije ‘tengo que crecer y protegerme a mí misma’ y creo que lo logré.

Su padre murió hace años pero asegura que si lo tuviera enfrente solo le diría ‘qué pelotudo que fuiste, te perdiste todo’. Y remarca: “Se lo digo desde la mujer que tuvo tres hijos y no se perdió nada”. Es que Carmen no duda que sus hijos son su obra maestra: “Son lo mejor que salió de mi faena. Si tienen que poner a Carmen Morán en un podio, pónganla en el podio de que dio al mundo tres buenas personas. Lo demás es cáscara”, expresa.

La artista

Carmen Morán asegura que siempre que está en el escenario se siente feliz.
Carmen Morán asegura que siempre que está en el escenario se siente feliz.
Foto: Estefanía Leal

Traía en su ADN el don artístico, y aunque en la adolescencia renegó un poco de él y coqueteó con la idea de ser médica, muy rápido se dio cuenta de que era malísima para la química y la física y que había nacido para brillar en el escenario. “Me gustaba escribir, cantar, bailar, actuar, ir al teatro y a conciertos”, repasa.

Dio sus primeros pasos como modelo a los 16 años sin buscarlo. La invitó José Nicolau -modisto que vestía a su madre- para que mostrara un vestido de novia angelical en un desfile en el Parque Hotel. Y, sin querer, el modelaje pasó a ser su medio de vida durante 12 años.

En el medio estudió secretariado bilingüe en el Crandon -su madre le aconsejó que buscara un plan B por si el arte fallaba- y cursó la Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático (EMAD).

Se desempeñó como modelo, actriz, cantante, comunicadora, directora, productora, pero los roles que más disfruta son los que suceden arriba del escenario: “Si estoy cantando, actuando o dirigiendo soy feliz. Lo demás es un complemento que hago por obligación”, dice sobre la necesidad de producir sus shows.

Retomó reuniones con la producción de un mega espectáculo donde se lucirá cantando. Su materia pendiente es el cine: “He ido a castings pero no me apuro. Cuando uno está pronto para recibir, las cosas llegan. Mamá hizo los grandes éxitos en cine (Alelí y Julio, felices por siempre) casi con 90 años”, reconoce.

La hija

En mayo estrenó el show Quereme así, piantao y no pudo disfrutar las últimas funciones en el interior porque las hizo con la cabeza en su mamá, que ya estaba enferma: “Tenía pánico de que se muriera mientras estaba en el escenario”, se sincera quien se instaló en casa de Cristina Morán el último mes y medio y durmió a su lado todas las noches.

“Se fue en paz, sin sufrir, al lado mío, que era lo que más quería en el mundo. Se fue con ganas de vivir, pero después fue bajando la guardia, con mi contención y con el amor de sus nietos, que siempre estuvieron presentes”, relata Carmen.

Está tranquila porque no le quedaron pendientes con su madre (fue su mánager, la dirigió, actuaron juntas), la acompañó hasta último momento y aunque nunca hablaron de la muerte, pudo despedirse internamente: “Le fui diciendo algunas cosas para dar paz a su alma y que volara con tranquilidad, que acá iba a estar todo bien”, cierra emocionada.

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