A los 90 años, Buddy Guy volvió el último fin de semana a un escenario estrechamente ligado a su historia. El 26 y 27 de setiembre, en Austin, Texas, participó en el Crossroads Guitar Festival, creado por Eric Clapton, junto a guitarristas de distintas generaciones. Guy, que cumplió 90 años el 30 de julio, compartió las tablas con Joe Bonamassa, Gary Clark Jr., Billy Gibbons, John Mayer y Jimmie Vaughan, entre otros. La presencia de este hombre que tocó en Montevideo en la década de 1990, estuvo lejos de ser un ejercicio de nostalgia: Guy sigue siendo una figura esencial del blues y una referencia viva para quienes mantienen y renuevan la tradición de la guitarra.
Clapton pertenece a la generación de músicos británicos que descubrió el blues estadounidense y lo llevó hacia las grandes audiencias del rock, pero antes de convertirse en una estrella había escuchado a Buddy Guy. Lo mismo ocurrió con Jeff Beck y otros guitarristas que encontraron en el músico de Louisiana una manera nueva de hacer hablar a la guitarra eléctrica. En esa cadena de influencias aparecen también Jimi Hendrix, Jimmy Page, Keith Richards y Stevie Ray Vaughan.
George “Buddy” Guy nació el 30 de julio de 1936 en Lettsworth, Louisiana. Creció en una familia de trabajadores rurales y aprendió a tocar de oído. Antes de disponer de un instrumento convencional experimentó con un diddley bow, una cuerda tensada sobre una superficie que le permitía producir sonidos. Escuchaba discos y absorbía todo lo que podía de los grandes nombres del blues. La música fue para él una forma de aprendizaje y luego una manera de ganarse la vida.
En 1957 se fue a Chicago. Allí comenzó la transformación del joven guitarrista. Tocó con músicos de la talla de Muddy Waters y Junior Wells y en 1959 llegó a Chess Records, el sello que había registrado a buena parte de los grandes maestros de Chicago. Guy participó en sesiones junto a Waters, Howlin’ Wolf, Little Walter, Koko Taylor (quien también tocó en Montevideo hace muchos años) y otros referentes del género. Él mismo recordó esos años como una escuela: cuando estaba con músicos consagrados, sabía cuándo tocar y cuándo quedarse en un rincón para aprender.
Voz y guitarra en sintonía
Su estilo, sin embargo, no era fácil de encerrar en un molde. Tocaba fuerte, alteraba el volumen, atacaba las cuerdas con violencia y convertía el escenario en parte del instrumento. Podía pasar de una nota sostenida a un estallido de distorsión y después regresar al silencio. Su guitarra no parecía acompañar a la voz: conversaba con ella. Esa combinación de potencia, dinámica, improvisación y teatralidad ayudó a ampliar las posibilidades del blues eléctrico.
Los británicos que empezaron a mirar hacia Chicago en los años 60 quedaron fascinados. Guy recordaría que en 1965, cuando Clapton y Beck lo vieron en escena, se sorprendieron de que una Fender Stratocaster pudiera servir para tocar blues de aquella manera. La influencia fue más allá del instrumento. Los músicos británicos ayudaron a convertir el blues en una lengua global y, paradójicamente, contribuyeron a que los propios maestros estadounidenses encontraran nuevas audiencias.
Durante buena parte de los años 60 y 70 siguió tocando en clubes y trabajando para sostener a su familia. El éxito del rock basado en el blues permitió que la música dejara de ser solamente un oficio mal remunerado y le abrió nuevas posibilidades de gira y grabación. En 1991 llegó uno de los grandes puntos de inflexión: Damn Right, I’ve Got the Blues. El álbum revitalizó su carrera, ganó premios Grammy y presentó ante una nueva generación a un músico que llevaba décadas en la primera línea.
Un ícono del blues
Su influencia puede rastrearse en la manera de tocar de muchos de los “héroes de la guitarra” de los 60 y 70, y también en guitarristas posteriores que lo escucharon directamente o a través de ellos. Guy se convirtió así en una figura central del blues contemporáneo: fue incorporado al Rock and Roll Hall of Fame en 2005 y recibió el Grammy Lifetime Achievement Award en 2015.
Su vínculo con Clapton es especialmente significativo. El británico, que la semana pasada lo convocó para tocar en la última edición del festival Crossroads, no solo reconoció su influencia, sino que compartió muchas veces escenarios y grabaciones con él.
En Uruguay, Buddy Guy dejó una pequeña huella en los años 90. Se presentó en Montevideo, en el Cine Plaza, donde tocaron otros íconos de la guitarra como B.B. King (varias veces) y Jeff Beck. Quienes estuvieron allí pudieron encontrarse con la experiencia que había construido su leyenda: una guitarra eléctrica llevada al límite, una voz áspera y un intérprete capaz de convertir una actuación en una experiencia física.
El hombre de los lunares
Los lunares son otra de las marcas inconfundibles de Guy. Las camisas, los trajes y, sobre todo, sus guitarras suelen llevar el característico dibujo de círculos blancos sobre fondo oscuro, o viceversa. Esa estética terminó siendo una de sus señas personales, pero detrás hay una historia familiar.
Cuando Guy decidió marcharse de Louisiana para buscar una vida mejor en Chicago, su madre, Isabelle, estaba enferma. Para tranquilizarla, le dijo que algún día volvería manejando un Cadillac cubierto de lunares. Sabía que era una promesa improbable, pero quería hacerla sonreír. Ella murió en 1968 sin haberlo visto actuar ni comprobar hasta dónde había llegado su carrera. Años después, Guy decidió trasladar aquella promesa a la guitarra: si no había podido comprar el Cadillac, tendría un instrumento de lunares en homenaje a su madre.
La compañía Fender primero le dijo que hacer ese acabado era demasiado complicado. Finalmente encontró la manera y fabricó sus primeras Stratocaster con el diseño. Con el tiempo se convirtieron en una imagen inseparable. Guy llegó a tener varias y el motivo también apareció en otros elementos de su equipo, incluido su pedal wah-wah. El dibujo, que podría parecer una simple extravagancia escénica, terminó convertido en un homenaje íntimo y reconocible en todo el mundo.
Como cantante, su voz áspera y quebrada tiene la misma capacidad de tensión que su guitarra. Como compositor, escribió y coescribió canciones que ampliaron su repertorio más allá de los clásicos que interpretó a lo largo de su carrera. Y como intérprete, desarrolló una personalidad que hizo reconocible cada aparición, incluso cuando la canción no era suya, como el caso de Hoochie Coochie Man (de Muddy Waters), que tocó el fin de semana pasado en Austin junto a Clapton y Jimmie Vaughan.
Su mayor aporte, sin embargo, quizá sea haber mantenido abierto el puente entre generaciones.
Más de siete décadas después de llegar a Chicago, sigue apareciendo con su Stratocaster de lunares, su voz áspera y esa manera de tocar que parece no pedir permiso. Ya no necesita demostrar que pertenece a la historia del blues. La historia, en buena medida, pasa por él.