EL PERSONAJE

Analía Matyszczyk: "Nunca trabajaría con un compromiso político"

Tiene 32 años y ha trabajado en prensa, televisión y medios del exterior. En 2020 fue parte del equipo al frente de La letra chica, el periodístico de TV Ciudad.

Analía Matyszczyk, periodista
Analía Matyszczyk, periodista. Foto: Leonardo Mainé

Analía Matyszczyk dice que no sabía que quería ser periodista hasta que alguien le mencionó la carrera de Comunicación y entonces tardó como dos o tres segundos para plantearse que quizás ella debería ir por ese camino. También dice que, 15 años después y tras haber trabajado en prensa, en televisión y en medios del exterior, el periodismo es su máxima vocación. Y que cree que “cuanto más sano sea el sistema periodístico de un país, mejor será su sistema democrático”. Después, resume eso así: “El periodismo debe ser el contrapoder continuamente. De hecho me siento más cómoda diciendo que es el contrapoder y no el cuarto poder, como a veces le dicen. No estamos a la par de los otros tres poderes, a nosotros no nos eligen, no somos un poder en ese sentido, no vamos en la misma vereda, vamos en la vereda de enfrente”. Y sigue: “Sin un periodismo comprometido no hay información de calidad, las personas no pueden crear su presente social —que creamos a partir de todas las influencias con las que interactuamos y la información es clave en eso—. Si no tenemos un buen sistema democrático y el presente social de las personas está sujeto a desinformación, es un problema enorme”.

Es un lunes de febrero al mediodía en un café del centro de Montevideo. Afuera llueve manso y liviano. Sentada en una mesa sobre una ventana rectangular y amplia, Analía —a partir de ahora Ana— cuenta que desde hace un año trabaja en el área de comunicación de la UNESCO (la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) y que tuvo que despedirse de La letra chica, el periodístico de TV Ciudad que empieza su segunda temporada, para poder estar más en casa con su hijo Simón. Que se fue con pena, dice, pero que también fue una experiencia muy rica a nivel profesional, que la sorprendió cuando la llamaron y que ella tenía muchas ganas de volver a la televisión.

Entre julio y octubre de 2020 Ana estuvo al frente de ese programa junto a Diego González y Ricardo Piñeyrúa.

Desde allí, abordaban, dialogaban y ponían a debatir temas políticos, sociales, culturales y de actualidad.

Después de cada programa, que en más de una ocasión tuvo el rating más alto del día en horario central, los debates, comentarios y discusiones seguían, en general, en Twitter, un espacio de impunidad casi absoluta donde las críticas iban hacia todos los lugares. Ana entendió que tenía que incorporarlas para mejorar y escucharlas a todas. Incluso a las que más le molestaban o herían.

“La que más me dolía era la crítica que decía que La letra chica era un programa político partidario, la que decía que era un programa del Frente Amplio, cuando en realidad eso nunca existió. Desde que me convocaron nunca se transmitió eso, pude trabajar con mucha libertad, y eso es lo que a nivel intrínseco yo puedo destacar y cuidar. Y la convicción de que nunca trabajaría con algún tipo de compromiso político asignado previamente, ni en este canal ni en ningún otro. Trabajar libre de compromisos es esencial y creo haberlo hecho así”.

Esa, dice Ana, es la única manera de hacerlo.

La familia, siempre

Analía Matyszczyk estuvo en 2020 al frente de La letra chica
Analía Matyszczyk estuvo en 2020 al frente de La letra chica. Foto: L. Mainé

Ana tiene un vestido negro y corto, el pelo suelto que acomoda cada tanto con una mano, los ojos marrones apenas delineados de negro. Tiene la voz áspera y suave y habla rápido, engancha ideas y palabras, estira las frases hasta lograr el sentido que busca, cuenta incluso antes de que se le pregunte. Así habla de su infancia y dice que, sacando el nacimiento de su hijo, fue el momento más feliz de su vida.

Nació en Malvín. A los 2 años se mudó a Carrasco y nunca más se fue del barrio. Estudió en el Instituto Crandon. Tuvo una infancia feliz.

Cuando ella tenía 15 años, sin embargo, Nacho, su hermano mayor, tuvo un accidente fatal. Cuando habla sobre él, Ana baja apenas la voz, lo hace más suave, prolonga las pausas. “Este 8 de marzo se van a cumplir 17 años. Y claro, fue un cachetazo imponente. De cinco que éramos en mi familia pasamos a ser cuatro y de estar almorzando el domingo, el lunes estábamos enterrando a mi hermano. Fue muy drástico. Uno no está preparado con 15 años para ir a enterrar a un hermano. Siento mucha admiración por mis padres, porque enfrentar la muerte de un hijo... lo pienso ahora con Simón y me desmayo del dolor. Ellos estuvieron en la lona y lograron salir adelante por mi hermana y por mí. La contención y la unión familiar fueron enormes. Mi hermana es dos años más grande que yo, éramos unas adolescentes y nos enseñaron que teníamos que seguir teniendo amor por la vida”.

Ella cree que lo lograron. Después del accidente de su hermano, muchas cosas en su familia se transformaron radicalmente. “Cambió mucho el vínculo que tenemos con la muerte. Yo me bauticé de chica y tomé la comunión pero porque una amiga de mi hermana lo hacía y decidimos hacerlo. Mis padres nunca nos inculcaron una religión, pero a partir del accidente de Nacho cambió todo. Incorporamos el budismo, la espiritualidad cambió y nuestra familia también”.

Ese fue el sostén que encontraron porque, dice, en momentos así es necesario agarrarse de algo para no terminar de caer.

Cuando terminó el liceo se fue a estudiar comunicación a Buenos Aires, donde su hermana estudiaba diseño. Estuvo un año, extrañó y regresó. Eso también se lo agradece a sus padres: el haberle permitido salir a conocer el mundo.

Se inscribió en la Universidad de Montevideo y al instante se apasionó con una carrera que, dice, “es muy divertida”. En el medio se fue de intercambio seis meses a Madrid.

Cuando terminó de estudiar, trabajó un tiempo en la revista Paula y en Crónicas pero todavía tenía ganas de conocer el mundo y de vivir algo diferente. Armó las valijas y se fue sola a Barcelona para hacer un máster en Comunicación. Allí empezó a observar la realidad como alguien extraño a los locales y también a conocer distintas maneras y perspectivas para mirarla. Así, dice, empezó a formarse un criterio al respecto, algo que, en periodismo, cree fundamental.

Como parte de la formación entró a hacer una pasantía a la sede catalana de El País de España que era por unos meses pero le renovaron y se quedó un año. “Era como estar en Disney”, dice. “Si bien era una redacción bastante pequeña porque la sede de Barcelona no era la inmensidad de Madrid, justo caí en los primeros pasos del proceso de independencia y había una ebullición gigante”. Allí escribía sobre temas comunitarios y además hizo algunos reportajes sobre Luis Suárez, que acababa de llegar a jugar al Barcelona. Ella, que siempre fue futbolera, estaba extasiada por estar ahí.

Conoció a un periodista español y se puso en pareja. Tres años después de haberse ido Ana sintió que tenía que decidir si se quedaba a vivir afuera o se volvía a Uruguay. Y eligió volver: estar cerca de la familia era lo que más le pesaba.

Regresó y al poco tiempo su pareja se vino a vivir a Montevideo. Tras cuatro años de relación, Ana quedó embarazada y decidieron separarse porque tenían proyectos de vida diferentes. El embarazo en soledad fue el segundo momento más importante y difícil de su vida. No era lo que había imaginado pero, otra vez, allí estuvieron su familia, sus amigos y sus amigas para sostenerla.

Trabajó en Santo y seña, de donde se fue después de una temporada por diferencias con Ignacio Álvarez. Pasó por El Observador y por Verificado, una coalición de medios, organizaciones civiles y la academia para combatir la desinformación durante las Elecciones de 2019. Después vinieron UNESCO y La letra chica. Ahora, dice, están sobre la mesa algunos proyectos periodísticos. Esos son los que, desde siempre, más la entusiasman. Hacer periodismo es lo que siempre quiso.

Sus cosas

LOS AFECTOS. Ana dice que siempre fue muy familiera y muy amiga de sus amigos. Si tiene tiempo libre, su mejor plan es el que hace con ellos. También intenta desconectarse de las noticias y de la actualidad, algo que, cree, como periodista es necesario hacer para poder separarse del trabajo al menos por un rato.

EL FÚTBOL. Cuando vivió en Barcelona y trabajó en El País de España, se hizo muy amiga de los periodistas que trabajaban en la sección de deportes. Es que, dice, ella siempre fue muy futbolera y la llegada de Luis Suárez al Barcelona la tenía fascinada. Escribió sobre él y después, en El Observador, pudo entrevistarlo.

LA ESPIRITUALIDAD. Cree que tuvo dos momentos muy duros en su vida: la muerte de su hermano Nacho y el embarazo como madre soltera de su único hijo. En ambos casos, Ana se aferró y apoyó en la espiritualidad como una herramienta para salir adelante. Si bien fueron “salvavidas”, dice que se le abrió una puerta que la cambió por completo.

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