Más allá de los momentos críticos y hasta riesgos por el que atraviesan quienes andan entre basura, ratas y muertos, todos le ven el lado positivo a sus empleos.
CATERINA NOTARGIOVANNI
Tres meses atrás, Ben Southall se convirtió en uno de los hombres más envidiados del planeta. Concurso mediante, este británico de 34 años se quedó con el "Mejor trabajo del mundo". Lugar: una isla tropical australiana. Tarea: mantener limpia una laguna, alimentar a los peces y relatar sus experiencias en un blog. Salario: 17.520 dólares por seis meses de trabajo. Posiblemente haya consenso en que Southall obtuvo el lugar común de la fantasía laboral.
Al mismo nivel de imaginación, pero del lado opuesto del espectro, también hay acuerdo. ¿Qué le viene a la mente si le dicen trabajo sucio o desagradable?
Una sondeo de opinión realizado por Domingo a través de El País Digital obtuvo resultados contundentes: limpiar cloacas, recolectar basura y ser funcionario de cementerio son, en ese orden, las tres actividades más "sucias" que alguien puede desempeñar en la sociedad. El ranking continúa: operario de barométrica, periodista deportivo, inspector de tránsito, limpiadores de baños públicos, policías, prostitutas, médicos forenses, enfermeros, carceleros, parlamentarios, cirujanos, serenos, director técnico de la selección uruguaya, mineros, abogados penalistas y usureros. Capítulo aparte merece la política, que obtuvo casi la misma cantidad de votos que la recolección de basura. (Ver servicio)
Lo interesante es saber si la imaginación colectiva concuerda con la realidad concreta de quienes realizan los tres trabajos más "sucios" -por aquello que desde afuera nunca se ve lo mismo que desde adentro-. Y sí, para sorpresa de muchos, lo que se cree popularmente no coincide con lo que sienten los que realizan esos oficios.
Bajo tierra. Botas hasta las rodillas, lentes protectores, casco, linterna, mameluco, pala, pico y, si lo amerita, detectores de gas. Con esa indumentaria Diego Santamarta (44) empieza su jornada laboral en la Unidad de Mantenimiento de colectores y cursos de agua de la Intendencia de Montevideo, dependiente del Departamento de Desarrollo Ambiental. Si bien no sabe con qué se va a encontrar cada día, es seguro que tendrá que esquivar alguna rata, pisar más de una cucaracha y limpiar arena, hojas, excremento y pedregullo. Si tiene suerte, no terminará mojado con orín.
Santamarta lleva 26 años despertándose con esa perspectiva, pero no se queja. Más bien todo lo contrario: "Me gusta ir conociendo los colectores porque son todos distintos", explica. Por como lo cuenta, caminar por las cloacas es más una aventura que una desgracia. Es más, los tramos "complicados" de los 2.500 kilómetros de redes de saneamiento que hay en Montevideo le resultan agradables. En esas zonas, sobre todo debajo de Ciudad Vieja -donde se extiende la red Arteaga (la más antigua) y por donde se debe caminar en túneles de un metro de altura y con riesgo a que una rata le salte a la cara- es donde Santamarta más disfruta.
Una de las primeras cosas que sorprende al bajar a un caño maestro es que las paredes no están tapizadas de excrementos y que el olor no es más fuerte ni nauseabundo que el característico aroma a caño que puede haber en una casa un día de tormenta.
En una boca de entrada ubicada sobre la calle Julio Herrera y Reissig (Parque Rodó), dos pisos debajo de la tierra, se escuchan las aguas servidas fluir como una catarata. Sobre la izquierda se observa un canal por donde cae el agua y una angosta escalera de cemento que lleva a un nivel superior. Sobre la derecha, un tramo en línea recta, una "acera" y el agua que continúa su curso. En ese sitio Santamarta y sus colegas han encontrado personas durmiendo sobre colchones.
"Vimos gente que dice que baja a buscar oro", relata el operario con una risa irónica. Armas de fuego y perros vivos son otras de las curiosidades encontradas en los túneles.
A pesar de la perspectiva aventurera de Santamarta, el trabajo tiene sus momentos críticos. "Lo más feo que me pasó fue una vez que se nos vinieron encima un batallón de ratas. Cometí el error de tirarle un piedra, el bicho gritó y las demás se me vinieron. Tuvimos que salir de apuro", cuenta.
Quedarse sin pilas en la linterna, ingresar a las zonas de curtiembre donde trabajan dentro de un humo blanco y que la lluvia los encuentre bajo tierra es de las cosas más temidas. No obstante nunca sufrió ni presenció un accidente.
Pero este panorama es light comparado con el período en el que tuvo que trabajar Miguel Ángel Martínez (60). Por entonces se bajaba con faroles a queroseno y se hacía manualmente lo que hoy, en gran medida, hacen los camiones aspiradores llamados "elefantes" (porque tienen como una trompa). Éstos, además de succionar, limpian con una manguera de alta presión. Entonces tampoco había detectores de los gases provenientes de la materia orgánica en descomposición o de plantas industriales. "Donde había cucarachas estaba limpio de gas", recuerda Martínez. Eso no cambió, si los animales huyen hay que seguirlos.
En el horno. ¿Cómo podés trabajar en eso?, le preguntan recurrentemente los amigos y conocidos a Ricardo Barrios, funcionario del Cementerio de Norte y encargado de los hornos crematorios. Es lógico, lidiar durante 28 años con cadáveres, huesos y olores a descomposición es un trabajo desagradable. Sin embargo, este hombre de 47 años tiene otra valoración sobre su tarea: "Si te digo que me gusta no me vas a creer", señala.
Barrios trabajaba como recolector de basura en la Intendencia capitalina hasta que un día pidió cambio: quería ingresar al cementerio. "No sé si era un tema de plata, era más un desafío", explica. Tenía nociones del trabajo porque conocía gente que lo hacía.
El primer mes fue "difícil", pero luego se adaptó, recuerda. Los primeros pasos los dio en el sector de tubulares, donde los cuerpos permanecen por dos años, hasta que llega la hora de realizar la reducción. Para ello se debe sacar el ataúd y revisar si el cadáver está "en condiciones" de ser reducido. "Eso significa ver que el cuerpo esté completamente seco. Si no lo está, se deja por un año más", señala en tono bajo.
La verificación se hace siempre en presencia de los familiares del difunto, lo que lo enfrenta a otra de las caras más duras del trabajo: ser testigo a diario del dolor ajeno. Justamente, darle apoyo y oído a las personas es la parte que más aprecia de su empleo. "Me gusta cuando la gente te agradece el respeto. Tratamos que se vayan bien. Es difícil, pero hacemos lo posible", afirma.
Lo más "bravo", relata, son los servicios de "criaturas" (niños) o cuando éstas concurren a sepultar a sus padres. "Ahí te ponés a pensar en tu muerte y en lo que van a tener que pasar tus hijos", señala. Barrios es padre de tres y abuelo de una niña de dos años.
El funcionario, junto a Marcelo Gutiérrez, Pablo Lanza y Fabián Acosta, realiza un promedio de cinco cremaciones diarias. Una vez colocado el cuerpo en el horno, el proceso demora una hora y veinte minutos. Luego las cenizas se llevan a un molinillo donde se sacan las impurezas ("porque de repente quedan restos de madera o algún clavo") y se colocan en una urna que se le entrega al familiar.
El recinto donde están los tres hornos está permanentemente envuelto en un humo blanco que despide un olor nauseabundo. Con ese aroma vuelven los funcionarios a su casa, aunque ellos ya no lo perciben. "Te queda impregnado, tenés que lavar y lavar la ropa para que salga", explica y agrega: "Y si tenés la mala suerte de que se te vuelque líquido (cadavérico) encima, muchísimo peor".
A pesar de ese panorama, el trabajo tiene su lado positivo: "Enseña a vivir la vida de otra manera, te hace más tranqui, evitás discusiones aunque tengas razón y si tenés plata bien y si no, es lo mismo", dice Barrios, que además vuelve a resaltar el hecho de colaborar con los familiares.
Basura de todos. Andar levantando desechos es "duro", pero la implementación del sistema de recolección por contenedores ha facilitado las cosas. Así lo cuenta Ricardo (52), un obrero con 29 años en la tarea. Cuando se hacía manual, este hombre corría un promedio de 14 kilómetros diarios levantando y vaciando latas llenas de basura. "Ahora soy un viejito gordo de 93 kilos, pero antes pesaba 42 kilos", ilustra. En esas carreras sufrió una caída que tuvo como saldo tres costillas quebradas y 56 días de quietud. "Eso fue lo peor que me pasó haciendo esto. Todavía hoy cuando hay tormenta me duele", señala.
Ricardo describe su experiencia con humor y sonríe constantemente. Dice que no considera que su trabajo sea sucio ("Antes nos ensuciábamos mucho más"), y que lo más complejo en la actualidad es tener que juntar y barrer toda la basura que tiran los hurgadores. El servicio de recolección por contenedores abarca al 85% de la población urbana de la ciudad y la realizan 53 obreros como Ricardo y 53 choferes que conducen en dos turnos una flota de 22 camiones. Cada turno (de ocho horas) levanta 20 toneladas de basura, tres veces más que con el viejo sistema manual.
Tener que juntar la basura antes de que el camión vuelque el contenedor no debería ser parte del trabajo, como tampoco golpear cada unidad previamente para verificar que no haya personas durmiendo adentro. "A veces embromamos con que tenemos que ponerle un timbre", ilustra la directora del servicio, ingeniera Gabriela Monestier. "Todos los días se encuentra alguno", señala Ricardo.
Al final del turno los obreros deben limpiar los camiones en la base de operaciones ubicada en la calle Rivera 3881, donde cuentan con vestuarios y duchas.
Sin dudas este último es el menos "sucio" de los tres trabajos votados por los lectores. Al menos si se lo mira de afuera y un rato. En todo caso, dice Ricardo, lo más difícil es ir a vaciar el camión a los vertederos. "En realidad la tienen peor los compañeros que están ahí todo el día", dice Ricardo en referencia a la Usina 8 de la Intendencia.
Pero para calificar una actividad de mejor o peor, de sucia o limpia, de agradable o desagradable hay que ejercerla. Para los compañeros de Diego Santamarta (quienes trabajan en las cloacas), es peor para un sanitario que trabaja en una casa de familia y debe destapar lo acumulado en un mes de excrementos. Para confirmar o desmentir eso, el sanitario, debería caminar bajo tierra y entre ratas.
La política: más votada que los cementerios
Uno de los trabajos "sucios" más votados fue la política, incluso más que el de ser funcionario de un cementerio. Está claro que quienes así respondieron no tomaron el concepto literalmente, pero ¿por qué algunas personas perciben la política como trabajo sucio?
"Se trata del típico desprestigio que está ocurriendo en el mundo entero, no sólo en el Uruguay. La actividad política se la ve asociada a intereses individuales, al clientelismo y a la corrupción", señala el director de la consultora Interconsult, ingeniero Juan Carlos Doyenart. "Eso de alguna forma expresa cómo la gente cada vez más se separa de la política, se ubica lejos de ella y comienza a considerarla como algo malo", agrega.
Según Doyenart, la génesis de este fenómeno hay que ubicarla en los años posteriores a la dictadura militar "cuando toda la expectativa estaba puesta en la recuperación democrática y en que la política le iba a solucionar la vida a la gente".
Aproximadamente un período de gobierno después -dice el experto- las personas sufrieron una gran decepción con los partidos políticos. "Además, después de la dictadura el Uruguay comenzó a enfrentar una realidad diferente. Se encontró con que había un mundo globalizado, fuertemente competitivo, donde la productividad era un valor muy importante, cosa que no teníamos. Todavía al día de hoy le cuesta adaptarse a ese mundo".
De hecho, en una encuesta incluida en un libro de Doyenart llamado El Uruguay entre dos siglos (Fondo de Cultura Universitaria, 1999), ya se registraba una alta percepción de la política como "sucia". Ante la pregunta ¿Qué es la política?, un 15% de los encuestados respondió: "Algo sucio". En tanto un 50% dijo "algo aburrido" y el 35% "una cosa interesante o necesaria".
Aunque Doyenart aclara que una encuesta en Internet no es comparable con un estudio de esas características, considera que los resultados son un fenómeno interesante: "Porque quizás lo que está ocurriendo es que el concepto de algo feo/sucio haya aumentado a la fecha", indica. El ingeniero se plantea una duda extra: "Estaría bueno preguntarse qué piensan los indecisos de hoy de la política".
Una fría realidad con varios mitos y verdades
Ricardo Barrios (crematorio del Cementerio del Buceo) se ríe de los mitos que escucha sobre su trabajo y sobre los muertos.
"Me preguntan si es verdad que cuando ponés el cuerpo en el horno queda sentado", cuenta. "Puede tener un movimiento porque los músculos y los tendones tienden a contraerse ante el calor, pero es leve. Pero no que se sienta. Para la gente poco menos que bailan", agrega.
Sobre si le ha pasado de abrir un ataúd y encontrar un cuerpo dado vuelta, Barrios dice: "Eso puede pasar. Por ejemplo, viene un sepelio para un panteón con capacidad para ocho cuerpos. Hay que hacer lugar, hay que moverlos. En esos acomodos el cuerpo se puede mover, se te puede ir de costado adentro del cajón", explica.
Lo que no es mito, dice, es que adentro del cementerio hace más frío que afuera. "No sé si es porque hay mucho mármol, muchos árboles o qué, pero hace más frío adentro", finaliza.
Productor de Zulma Lobato o tener que disfrazarse de pollo: rarezas desdeñadas
Por supuesto que trabajar en las alcantarillas, en la barométrica, o como hurgador o basurero, se llevaron la mayoría de los votos de los lectores en una encuesta realizada a través de El País Digital, sobre los trabajos más "sucios" en el sentido literal de la palabra. Pero hubo quienes no lo tomaron tan literalmente y respondieron curiosidades como "ser el productor o sonidista de Zulma Lobato" o "disfrazarse de pollo para promocionar (una pollería obviamente)". "Es un trabajo, si no desagradable, muy humillante, por eso le doy mi voto... ¡imaginen si sus amigos lo encuentran en pleno 18, vestido con un disfraz amarillo enorme!," explicó uno de los lectores.
El fanatismo futbolero también se dejó ver en algunas de las respuestas del sondeo. "Sin dudas, el trabajo más sucio es jugar en Peñarol. Resulta desagradable, pero alguien tiene que hacerlo", escribió uno.
Flagelo. Lo pensó bien y escribió: "Ser vendedor de pasta base es el trabajo más sucio que se realiza en la sociedad".
El pesimismo se traslució en otras de las declaraciones: "Ser uruguayo. Cuesta mucho trabajo, uno siempre termina perjudicado por los demás".
En otro orden, ciertas respuestas aludieron a la docencia en escuelas y liceos públicos. "Además de ser el más sucio por las condiciones insalubres de esos locales, es el más riesgoso para la salud e integridad física. Allí uno se expone a condiciones de intemperie todo el año por falta de vidrios o por aberturas en mal estado. Los riesgos físicos derivan de la falta de respeto de los estudiantes y la total inoperancia de las autoridades, que justifican y toleran actitudes desajustadas de los niños y jóvenes".
Las cifras
13.500 De sueldo base nominal es lo que percibe Santamarta (mantenimiento de colectores). Tiene un 30% más en bonificaciones.
12.000 Pesos nominales es el salario de Barrios, encargado del crematorio. También tiene un 30% en beneficios, aproximadamente.
14.000 Promedio y en la mano recibe Ricardo, recolector. El sueldo tiene un piso de 12.000 y un techo de 15.000 según las tareas extras.