EL PERSONAJE
El cantante y compositor uruguayo tiene una nueva propuesta musical, Proyecto Bifröst, que también es un dúo como Spuntone-Mendaro y que se armó entre Montevideo y Berlín.
“Nunca aprendí canto. Siempre canté intuitivamente”, dice Alejandro Spuntone. Esa intuición, casi no hace falta decirlo, lo llevó a lo más alto del rock uruguayo como vocalista de La Trampa, y que ahora se concretó en una nueva faceta llamada Proyecto Bifröst junto a Diego Caetano.

La banda que lo puso bajo la lupa lo tuvo como cantante desde 1994 hasta 2008, cuando el grupo se disolvió tras una trayectoria que empezó de la manera más humilde y culminó con la adoración de una legión de seguidores.
Luego del fin La Trampa, Spuntone se hallaba un poco a la deriva musicalmente. No tenía un proyecto musical estable. Había estado casi 15 años asociado a un grupo y no exístía un mapa con el rumbo marcado a seguir. Lo único que tenía eran las ganas de cantar. Un día, fue a ver a Juan Casanova y Guzmán Mendaro al Bar Tabaré. Cuando el exvocalista de Traidores salió un ratito a fumar, él se subió a cantar un par de temas con el exguitarrista de Hereford.
De repente, se percató de que la estaba pasando muy bien en el escenario con Mendaro acompañándolo en guitarra y voces. Estaba haciendo versiones de canciones de otros, y en esas exploraciones por las músicas de otros se reencontró con su propia voz como artista. La afinidad con Mendaro se cimentó y dio lugar a un proyecto nada común en el rock nacional: en vez de salir a pelearla con canciones propias, el dúo Spuntone-Mendaro lo haría con composiciones ajenas. Aún hoy, interpretar a otros sigue considerándose de “menor” valor artístico entre muchos puristas dentro de la música popular uruguaya, que hace del acto de componer y cantar temas propios un acto de fe, casi un dogma. “Acá se menosprecia al intérprete. Esa dicotomía que valora al autor y desprecia al intérprete me rompe soberanamente las pelotas”, afirma.
Spuntone era un adolescente fanático de Ramones cuando empezó a caminar en la música. Tenía 17 años cuando comenzó a tocar con un amigo. “Era algo netamente lúdico. Él se compró una guitarra eléctrica y fue a algunas clases. En las clases, sacaba temas de Ramones y luego nos juntábamos en el cuarto de su casa a tocarlos”, recuerda. A medida que pasaba el tiempo, fueron sumándose otros a ese primer dúo. “De repente, teníamos una bandita. Yo tocaba un redoblante y un charleston, no era el cantante. Hacíamos temas de Bob Dylan, de Pink Floyd… Era 1989, 1990. Creo que nos llamábamos En Blanco”.
Spuntone fue yendo de banda en banda hasta que recaló en Zener, una banda de heavy metal “clásico”, como lo define él. Hacían temas de otros -sobre todo Guns & Roses- y propios. Por entonces, agrega, él era parte de una camada de bandas de covers que tocaban en diferentes boliches de Montevideo. Otros que andaban dando vueltas el mismo circuito eran los hermanos Ibarburu, que hacían covers de The Police. “Me metí en esa rosca porque me gustaba mucho tocar. No llegamos a grabar un disco. Eso duró hasta 1993, cuando entré a La Trampa”.
Spuntone no fue aceptado de primera. En 1992 se probó por primera vez ante Garo Arakelian y Sergio Schellemberg, los que entonces llevaban la voz cantante en el grupo. “Me dieron un cassete con cuatro canciones y yo lo iba escuchando en el Walkman en el bondi para aprenderlas. No quedé. Para el año siguiente, me volvieron a llamar. Ahí yo me había preparado un poco vocalmente con Juan, el hermano de Sergio”. Y quedó.
Para Spuntone, entrar a La Trampa era un desafío que le atrajo. Él consideraba que se sumaba a una banda con renombre, una que se encontraba un peldaño más arriba que él. Y se plegó a un esquema y una estructura ya existente. Los roles estaban, por decirlo de alguna manera, ya definidos: otros se encargaban de las composiciones y él, de cantarlas. Cuando Sergio Schellemberg dejó de formar parte de La Trampa, la composición quedó en manos de Garo Arakelian.
—¿Nunca fuiste otra cosa que el cantante?
—Nunca, la dinámica era esa. Las decisiones no se tomaban de manera muy democrática y casi siempre se terminaba haciendo lo que quería Garo. No por culpa de él, también por culpa mía. Yo decidí ceder. En realidad, no se trata de culpas sino de roles. Pero si yo hubiese sido menos “débil”, La Trampa no tendría los discos que tiene.
Más allá de divisiones de roles hacia adentro, hacia afuera y al principio el renombre de La Trampa era solo eso: renombre. Los primeros años fueron todo menos exitosos. El grupo había empezado a hacer su camino en un momento que parecía poco favorable para el rock nacional. “Era la bajada del rock uruguayo de los 80”, sostiene Spuntone. Varias de las bandas que se habían destacado en la década de 1980 tras el final de la dictadura militar ya no tenían tanta repercusión. La efervescencia había desaparecido y lo que quedaba era el under: tocar en escenarios casi siempre chicos y para poca gente. Una vez cada tanto, varias bandas uruguayas sumaban esfuerzos con la esperanza de que lo colectivo hiciera la fuerza y lograra atraer más público.
Rara vez lo conseguían. Quien firma esta nota recuerda vagamente un festival de bandas de rock nacional a fines de los años 90 en el Teatro de Verano, donde La Trampa era una de las participantes. Las gradas del Ramón Collazo tenían enormes claros, el clima era inhóspito y el ambiente no era precisamente celebratorio. Spuntone iba de acá para allá en el escenario con su melena negra, pero el grupúsculo de personas cercano al escenario no daba ni para hacer pogo. En un momento, entre un tema y otro, el cantante le dijo a ese puñado de personas algo así: “Van a ver que un día este lugar nos va a quedar chico”.
Fast forward tres o cuatro años después. El manager de La Trampa Andrés Rega llama a El País: “Vamos a grabar un disco en vivo en una sala que hay en Talleres Don Bosco. ¿Querés venir a cubrir el concierto?” El cambio de lo que había visto en el Teatro de Verano era contundente. La sala no solo estaba llena, sino que estaba llena de gente que coreaba todas y cada una de las canciones, haciendo retumbar las paredes.

A partir de ese momento, el camino de la banda solo fue ascendente hasta el final, cuando ya no quedaba casi nada que demostrarle a nadie.
Cuando Spuntone empezó a encontrar una nueva etapa artística y profesional como parte del dúo junto a Guzmán Mendaro, lo que lo principalmente guiaba tanto a él como a su partner era el goce de cantar y tocar. Pero pronto ese aspecto lúdico y descontracturado empezó a mutar hacia algo más formal, que implicaba responsabilidades profesionales. Lo que había empezado casi de manera improvisada en Bar Tabaré y había coagulado en el ya desaparecido boliche de música en vivo Hendrix, se había encontrado con un éxito impensado.
Ellos, en tanto, ya habían tomado una decisión: no recurrirían, más que con excepciones que confirman la regla, a canciones ni de La Trampa ni de Hereford. Ni uno ni el otro querían “colgarse” de lo que habían hecho anteriormente en esas agrupaciones.
Dos discos de versiones de Spuntone y Mendaro dieron lugar a un álbum de canciones propias. La pandemia lo obligó a parar, pero ya tienen material nuevo para un nuevo disco, que saldrá el año que viene y que, otra vez, será de composiciones propias. “Podríamos haber seguido como dúo y haciendo versiones. Pero no quisimos quedarnos en la misma”, dice el cantante, que no parece incomodarse (al menos, no mucho) ante los cambios
Lo que sí parece constante en su derrotero artístico es el esquema “de a dos”. En La Trampa, eran la canciones de Arakelian y la voz de él. En Spuntone-Mendaro, es el ida y vuelta entre él y su socio. Y en su nuevo proyecto (ver recuadro) vuelve a tener un socio para la música.
Metal que cruza océanos
“Un día, un pibe me escribió por Facebook. Era seguidor de La Trampa y estaba por irse a vivir a otro país. Me preguntó si podía pasar por donde trabajo, a dejarme músicas que él había hecho para que las escuchara”. El pibe era Diego Caetano (primo de Adrián Israel, el director de cine y televisión), y la música que él dejó le gustó mucho a Spuntone. Caetano se fue a vivir y trabajar a Berlín, y desde la capital alemana empezó a escribirse con Spuntone. “Un día le pregunté si no tenía algo para mandarme, a ver si empezábamos a hacer algo juntos”. Caetano le mandó un archivo de sonido y Spuntone le puso melodía y letra. Eso se convirtió en El siervo, la primera canción de Proyecto Bifröst, un dúo de música de ribetes metálicos pero que no se agota en ese género. Hace poco, el dúo -cuyos integrantes se vieron solo dos veces en sus vidas- presentó su primer álbum, Onírico, y ambos se dieron un gusto que, cada vez más, los músicos quieren darse: publicaron el disco en formato físico. En este caso, en CD. Todo bien con las plataformas digitales, razona Spuntone, pero sin un vinilo, cassete o CD, la relación que uno establece con la música tiene menos cuerpo y carnadura.
Sus cosas

A Spuntone le encantan los tatuajes y ambos brazos los tiene cubiertos de diferentes diseños. No le confía su piel a cualquiera. Los tatuadores (o tatuadoras) son aún más importantes que los peluqueros, porque lo que hacen no tiene vuelta atrás. Desde hace años, Spuntone va a tatuarse con Perci, de Legado Tatoo.

El primero de Buitres, dice Spuntone cuando le preguntan por un disco importante en su formación musical. Él había sido seguidor de Los Estómagos, y cuando esta banda mutó hacia Buitres, Spuntone se compró el primer álbum y, como dice ahora, lo “gastó” de tanto escucharlo.

La admiración por la música de Ramones que tenía Spuntone de adolescente también abarcaba a su cantante, Joey Ramone. Para Spuntone, Joey Ramone es “el único héroe en todo este lío”, dice entre risas. “Un tipo que murió joven, además”, lo que refuerza su faceta de leyenda (o sea inalcanzable) para sus admiradores.