COMPORTAMIENTO

Cuando una aguja es sinónimo de terror

La fobia a las agujas, o belonefobia, afecta más a los niños, pero también entre adultos hay un temor irracional a esos puntiagudos instrumentos que están al servicio de la prevención y el cuidado.

vacunas

El malestar empieza apenas entro a la sala y veo al enfermero. Esa túnica blanca se me antoja intimidante, por más blanca que sea. Aunque sonríe y habla pausado, el profesional no me contagia serenidad. Al contrario.

Además, aún falta lo peor. Cuando el enfermero retira el plástico y descubre esa línea metálica y brillante, que culmina en esa punta que se abre en una cavidad oscura, empiezan las sensaciones. Primero, un hormigueo inmediatamente por debajo de la piel. Luego, un vértigo que se apodera de los huesos y que siento particularmente en la zona de las canillas. Y después, un escalofrío que se extiende por todo el torso, pero sobre todos en los brazos y los omóplatos.

Cuando me pone el tubo de goma beige en el bíceps izquierdo y lo aprieta, llega la tensión, el endurecimiento de todos los músculos, sobre todo los de la pelvis. Finalmente, la aguja penetra la vena y todo el terror minuciosamente acumulado durante unas decenas de segundos se va diluyendo entre la sangre que va llenando el tubo.

El aire que hasta entonces había puesto a mis pulmones contra la pared, va saliendo lentamente por las narinas y la mandíbula, dura y tensa hasta ese momento, se distiende. Cuando el dolor en la vena —minúsculo, insignificante— va desintegrándose, me digo: "¿Tanto esfuerzo para esto?".

La belonefobia, al menos en mi caso, siempre resulta en un anticlímax. Mi cuerpo y mi mente parecen prepararse para formar parte de un asalto vikingo a una fortificación en la costa de Normandía. Pero todo se desvanece en un decepcionante y pequeño dolorcito que ni siquiera tiene el decoro de durar un poco más, como para justificar esa revolución emocional y química en mi cuerpo. "La próxima, ni me gasto", pienso cada vez que me voy de la enfermería con el dedo sosteniendo la gasa. Es inútil, claro. La próxima vez será igual.

No hay una cifra exacta de a cuántas personas afecta el miedo a las agujas, pero la psicóloga Verónica Orrico, de la Sociedad Uruguaya de Análisis y Modificación de la Conducta, dice que "el miedo a las agujas es bastante frecuente. Algunos estudios estiman que el 10% de la población experimenta cierto grado de temor y malestar al ver agujas o tener que darse una inyección". Sin embargo, la profesional señala que no todas las personas con ese grado de "temor y malestar" llegan a desarrollar una fobia.

Gabriela Fernández es magíster en Psicología Clínica y da clases de Psicopatología Clínica en la Facultad de Psicología de la Universidad de la República. Ella explica que la fobia no es lo mismo que el miedo. Las fobias, en general, "se catalogan dentro de los trastornos de la ansiedad". Y la ansiedad es distinta al miedo, porque este es una sensación que responde a una situación real, palpable. "Si voy caminando por un descampado y veo algo serpentear, la sensación de miedo va a generar una alerta en mi cuerpo, y a partir de eso puedo huir, tratar de defenderme o también puedo quedar paralizada. El miedo es un proceso natural que tenemos los seres humanos para protegernos frente a una potencial amenaza", comenta.

La ansiedad no. Ahí ya entran a jugar otros factores, que tienen poco de raciocinio. "Es irracional. Yo puedo tenerle fobia a las cucarachas, aunque sepa que la cucaracha no es ninguna amenaza a mi integridad. Una cucaracha no me puede matar". Pero por más que uno sepa eso, no puede controlarlo. "No. La ansiedad tiene eso: es muy difícil de controlar", agrega Fernández.

Para empeorar aún más las cosas, a menudo la ansiedad arranca bastante antes que el ingreso a la enfermería y la remangada de la camisa o buzo. La persona en cuestión se anticipa a los hechos y se va poniendo ansiosa a medida que las imágenes de agujas y tubos de sangre empiezan a aparecer en la mente. Cualquiera que haya sentido la sudoración en las manos cuando le recuerdan que al otro día va a tener que hablar en frente a todos sus compañeros de trabajo para exponer sobre un tema, por ejemplo, reconocerá esas sensaciones de angustia y preocupación. "El mecanismo de anticipación te genera, de antemano, lo mismo que te genera la situación específica", dice Fernández.

Con todo, todavía no se llegó a la fobia. Esta se produce cuando todo eso lleva al individuo a no vacunarse, a no ir al dentista y, claro, a nunca donar sangre. "Se habla de fobia cuando los niveles de ansiedad y malestar asociados al estímulo temido (las agujas) afectan la calidad de vida de la persona y le impiden realizar ciertas actividades y —en este caso— interfieren con el cuidado de la salud", comenta Orrico.

Las imágenes conjuradas mentalmente por los belonefóbicos, dicen tanto Orrico como Fernández, son tenebrosas. Una imagen bastante frecuente es que la persona se imagina que se va a desmayar apenas entra la aguja al cuerpo. La caída a raíz del desmayo es acompañada de un desgarro provocado en el músculo por la aguja, o que esta se parta y un pedazo de ella quede adentro del cuerpo. 

Este es un terreno fértil para guionistas de cine, que han recurrido a las agujas y al terror que pueden provocar, para asustar a las audiencias. Acá, el terrible Freddy Kruger: 

Freddy Kruger
Foto: Difusión

Para poder superar estos estados hay que primero identificar las causas de las fobias. "Las causas son muy variadas", señala Orrico y añade que "cada persona tiene una historia de vida que explica su temor. Puede aparecer luego de haber vivido un episodio traumático, como haber estado un largo período en un hospital. En los niños —y la belonefobia es mucho más común en niños que en adultos— el miedo también puede desarrollarse al observar a otras personas que reaccionan con gran temor o llanto en esas situaciones". Fernández aporta que las fobias también pueden ser adquiridas, o inculcadas. "A veces, los padres le transmiten sus propias fobias a los hijos, que las adquieren. Mi madre siempre me dijo que los perros eran peligrosos, por ejemplo".

La docente explica que hay dos formas de tratar a las fobias: "Psicoterapias y fármacos. Lo que da resultado a largo plazo es la terapia, que es lo que le da las herramientas necesarias al paciente para desenvolverse en aquellas situaciones en las que la ansiedad le pone el mundo patas para arriba. Una parte importante de esas terapias consta del aprendizaje de diferentes técnicas de respiración y relajación. "Siempre deben utilizarse técnicas de exposición en sus diversas variantes, que implican acercarse de forma gradual y sucesiva a las situaciones temidas", afirma Orrico. "Ir de a poco es fundamental", coincide Fernández, "porque quien padece una fobia hace un gran esfuerzo por evitar el objeto causante".

Por suerte, no tendré que vacunarme hasta dentro de diez años. Tengo una década para aprender a relajarme y respirar.

Jorge Quian:"Oponerse a una vacuna que salva vidas es absurdo"

Jorge Quian
Foto: El País

Jorge Quian, actual subsecretario de Salud Pública, recuerda que como pediatra durante tres décadas tuvo que darle vacunas a niños, pero que no son tanto los más pequeños quienes le causaron más problemas, sino los adolescentes. "Le cuento una experiencia personal: la Hepatitis B se transmite sexualmente. Hace unos cuantos años, cuando se tomó la decisión de vacunar contra esta enfermedad, se pensó inicialmente en hacerlo en muchachos de 12, 13 años, en el entendido que iban a empezar a ser sexualmente activos y de se los quería proteger. Pero fue tan complicado que cuando se vio que esa vacuna se la podían dar a bebés, se cambió. El adolescente no quiere darse una vacuna. Podrá soportar mil pinchazos para un tatuaje, pero una vacuna no", recuerda Quian y agrega que se trata de una generalización. "Un poco es miedo, otro poco es que el adolescente se siente inmortal y piensa que nada lo va a afectar".

Sin embargo, más allá de fobias a las agujas, hay otro miedo a las vacunas que puede llegar a ser mucho más pernicioso: el movimiento "antivacunas", que por ahora tiene una presencia relativamente modesta en Uruguay. Eso puede cambiar, claro. Y no para mejor. De acuerdo al jerarca, Uruguay cuenta con un muy buen índice de vacunación, cercano al 95% de la población. "El país no tiene sarampión desde 1999. Eso se logró teniendo ese índice de vacunación", comenta Quian.

Para el médico y viceministro, las razones aducidas para no vacunarse tienen que ver con que "hay gente que vincula las vacunas a enfermedades que se desarrollan posteriormente. De eso no hay pruebas. Lo que sí ocurre es que, como cualquier procedimiento médico, puede tener efectos adversos, por lo general muy leves. Se dice que uno en un millón o uno en diez millones puede tener un efecto grave, incluso fallecimiento. En Europa existe actualmente una epidemia de sarampión, y por eso se está advirtiendo a quienes vayan a viajar a Rusia para el Mundial, que se den una doble dosis de la vacuna contra el sarampión. Han muerto niños por esto. Oponerse a una vacuna que salva vidas es algo muy absurdo para el criterio médico". Hay, también, razones históricas, que ayudan a entender el fenómeno. "Por lo general, se trata de gente que no tuvo que ver, como me tocó a ver a mí, a niños morir de sarampión. Y no uno. Muchísimos. También ocurre que como ya no se ven esas enfermedades, la gente se pregunta para qué se va a vacunar. Pero si no se vacunan, esas enfermedades vuelven".

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