Nadie sabía cuánto faltaba hasta el agua. Desde la cubierta superior solo había oscuridad. José María Waroquier tenía nueve meses y su madre lo sujetaba con los dientes por la ropa para poder bajar una escalera con las manos libres. Cristina Irazábal, de 14 años, se lanzó al vacío convencida de que el chaleco salvavidas era su única posibilidad. Los padres de Jonás Bergstein todavía no sabían que el hijo que ella llevaba en el vientre algún día llevaría un nombre inspirado en aquella noche.
Eran las 3.45 de la madrugada del 11 de julio de 1963. El vapor Ciudad de Asunción acababa de chocar contra los restos semisumergidos de un carguero en el canal de acceso al puerto de Buenos Aires.
Lo que parecía un accidente del que los pasajeros serían rescatados en pocas horas se transformó en un infierno. El agua invadió la sala de máquinas, un cortocircuito dejó a oscuras la embarcación y, poco después, un incendio comenzó a devorarla. Los pasajeros buscaban desesperadamente los chalecos salvavidas, mientras los botes no bajaban o quedaban colgados porque las cadenas habían sido pintadas junto con el casco. Sin tripulantes que organizaran la evacuación y rodeados por una niebla tan espesa que apenas permitía ver a unos pocos metros, cientos de personas tuvieron que decidir entre permanecer en un barco en llamas o arrojarse a las aguas heladas del Río de la Plata.
“Llegó un momento en que papá dijo: ‘Nos tenemos que tirar al agua. Esto se está incendiando. No nos podemos seguir quedando acá’”, recuerda Irazábal, que viajaba junto a sus padres y una amiga rumbo a Bariloche para celebrar sus 15 años. “Nos pusimos los cuatro en la baranda. Era como caerte a un abismo negro. No sabías qué había abajo. Papá se tiró primero; después mi amiga, después mamá y después yo. Recuerdo que bajaba y bajaba y bajaba... Hasta que, de golpe, subí”.
Aferrados a una tabla.
El Ciudad de Asunción había zarpado la noche anterior con 363 pasajeros y 58 tripulantes. Era el barco más lujoso de la Flota Argentina de Navegación Fluvial y cubría la tradicional carrera entre ambas orillas. La niebla era tan espesa que el vapor que debía partir desde Buenos Aires había suspendido su viaje, pero el Ciudad de Asunción siguió adelante. Poco antes de llegar a destino, chocó contra los restos del Marionga J. Cairis. El naufragio dejó decenas de muertos y cientos de sobrevivientes que pasaron hasta siete horas aferrados a tablas, luchando contra la hipotermia mientras esperaban el rescate.
Irazábal recuerda que, una vez en el agua, el tiempo dejó de tener sentido. Junto a su madre, su padre y una amiga logró aferrarse a un trozo de madera mientras alrededor solo se escuchaban gritos y pedidos de auxilio. “Lo que querías era dormirte”, confiesa a Domingo. “Mi mamá no dejaba de decirnos: ‘Muevan los pies, muevan las piernas, muevan los brazos. No se queden’. El movimiento era lo que nos mantenía con vida”.
Su padre, de 47 años, no sobrevivió. Lo último que les dijo fue que se pusieran a rezar. La hipotermia le provocó una falla renal y, finalmente, sufrió un infarto. “Lo tuvimos horas con nosotras, sujetándolo para que no se fuera. Parecía dormido, pero sabíamos que no lo estaba”.
José María Waroquier no conserva recuerdos propios de aquella madrugada. Tenía apenas nueve meses. Pero creció escuchando la historia de cómo su madre lo bajó por una escalera sujetándolo con los dientes para poder salvarlo. “Siempre conviví con eso, pero recién ahora, al leer La bendición de Jonás, de Diego Fischer (Planeta), y escuchar el relato de otros sobrevivientes, tomé dimensión de la catástrofe y de la negligencia humana”, dice.
Martín Aranda tenía 8 años y esperaba en Buenos Aires el regreso de su padre, Julio César, un arquitecto que viajaba con frecuencia entre ambas orillas. Recuerda que su madre fue al puerto sin saber si recibiría a su esposo o su cuerpo. Sobrevivió. Lo envolvieron en una frazada gris que uno de sus hermanos todavía conserva. “Lo que más me impresiona es imaginar un día de invierno como hoy, a las tres de la mañana, tener que tirarte al agua y aguantar horas esperando que apareciera un barco”, reflexiona.
La vida después del naufragio.
Los primeros en llegar fueron los buques de la Armada Argentina King y Murature. Irazábal, que fue rescatada por el segundo, recuerda que apenas la subieron a bordo se quedó dormida. “Cuando me desperté me dolía muchísimo la boca. La había tenido tan apretada por el frío que no me la podían abrir”, cuenta.
Jonás Bergstein nació a los pocos meses. En su casa, cuenta, el accidente nunca se vivió desde el miedo. Sus padres recordaban que, mientras esperaban el rescate aferrados a una tabla, su padre cantaba para mantenerse despierto y ayudar a otros a resistir la hipotermia. “Siempre se sintieron agradecidos por haber sobrevivido. Nunca hicieron de eso una hazaña”, dice.
A pesar de todo, aquella madrugada no fue el último capítulo de sus historias. Los padres de Jonás volvieron a hacer cruceros. Julio César Aranda siguió viajando por trabajo y construyó algunos de los primeros edificios de Punta del Este. Los padres de José María tampoco dejaron que el naufragio cambiara su vida. Años después se instalaron en Punta Ballena y su padre siguió saliendo a pescar en bote.
Cristina regresó poco después a Buenos Aires en el Vapor de la Carrera para realizar los trámites vinculados al naufragio. Antes de partir, su madre le preguntó si prefería viajar en avión.
—Le dije que en barco —recuerda—. Siempre hay un primer día. Y cuanto antes llegue, mejor.
El naufragio del Ciudad de Asunción no fue considerado un accidente inevitable. La investigación concluyó que existió una cadena de negligencias. El barco navegaba por una derrota distinta de la oficialmente establecida, una práctica habitual para ahorrar tiempo y combustible. Además, durante la evacuación muchos botes salvavidas no pudieron arriarse porque sus cadenas habían sido pintadas junto con el casco y quedaron trabadas. La Justicia procesó por homicidio culposo al capitán Juan Carlos Avito Fernández y a otros oficiales del buque. El caso generó un fuerte debate sobre la seguridad de la navegación en el Río de la Plata y fue seguido durante meses por la prensa argentina y uruguaya.