Volver atrás en el tiempo

Mercedes Estramil

UN VIEJO cuento del estadounidense Ring Lardner, "Corte de pelo" (1925) mostraba cuán conversador y fabulador puede ser un peluquero mientras hace su trabajo. Los hermanos Coen crearon no hace mucho a uno silencioso y fracasado en el film El hombre que nunca estuvo (2001). También en una peluquería se ambienta Tijeras de plata, novela con menos morosidad novelística que ligereza de relato, donde Hugo Burel (1951) versiona, más que el Montevideo real del siglo veinte hasta los años sesentas incluidos, el imaginario que pervive en la memoria, el país de las posibilidades y los oficios decentes. Resumirla como la biografía real o inventada de ese peluquero es sólo el comienzo. La historia de Arístides Galán, perseguida sin tregua por un escritor empeñado en conseguir tema —el propio Hugo Burel que aunque no se nombra se identifica— se va solidificando a partir de fragmentos mínimos para terminar desvanecida entre un montón de referencias no verificables. Arístides, un solitario definido por la profesión, queda valiendo al fin lo que cualquier personaje imaginario, mucho menos pero más que cualquier mortal.

En una treintena de capítulos no numerados se alternan el relato del escritor a la caza del peluquero de su infancia que nunca le cortó el pelo, y la voz de ese hombre contándoles a sus clientes las historias que tomó de otros o que inventó. Todo tiene un inefable aire de mentira dentro del propio texto: la existencia misma de ese individuo, materia prima del libro, está en duda en la confesión periodística "si Arístides Galán no existía, había que inventarlo".

UN PAÍS CERRADO. El escenario central de la novela toca un lugar simbólico además de real: la corta calle Yatay cercana por lo menos a cuatro rincones emblemáticos: el Palacio Legislativo, la Plaza 1� de Mayo, dos centros universitarios y el "Palacio" Sudamérica: sedes multitudinarias para un país en muchos sentidos vaciado. En esa calle una peluquería encarna valores sacrosantos de la nostalgia: la lentitud, la constancia, la confianza, la solidaridad. Peluquería a la antigua y a la masculina, "salón adosado a un bar, tres sillones sólidos y cómodos, buenos espejos, un piso de baldosa siempre bien barrido, un lavatorio con buenas canillas de bronce, un hornillo para esterilizar el material y calentar los fomentos, unas sillas contra la pared, una mesita con revistas y algunos números de lotería colgados de la vidriera". Es decir: lo necesario.

Hay un aire antiguo en las novelas de Burel perceptible hasta cuando se mete en el mundo de la computación (El autor de mis días), un deseo de pararse y contemplar. Lo que se ve aquí es una Montevideo de comercios cerrados, la misma decadencia de El guerrero del crepúsculo donde los cines de antaño eran propiedad de sectas religiosas. Una ciudad poblada de gente vieja que mira al pasado: el peluquero que busca al padre en circos brasileños, el escritor detrás de su niñez en ese otro circo de la memoria, los viejos que se sientan a recordar, el ex-actor de radioteatro esperando el homenaje y la gloria. No hay un solo personaje joven en el presente de la ficción. Los niños son del ayer, como las mujeres hermosas y los amores atrevidos. En esas vejeces tristes, reumáticas, injustas, que vuelven a los protagonistas seres egoístas y autodestructivos, se ubica el mayor logro crítico del asunto. La recuperación de un pasado de gloria boba, falsa, de un brillo sin oro, que acaso es la historia toda de este país. Ni las tijeras que Arístides gana en una maratón de peluqueros a principios de los sesentas son de oro, sino de plata. El cetro dorado del imaginario exitoso ni siquiera existe.

"Existía el ahorro, el Estado protector y la posibilidad de que el futuro no fuera una amenaza", dice el autor. Pero esta declaración hay que tomarla con pinzas, verle la pátina retroactiva, leer quizá la novela dentro de la serie antinostálgica que establecieron otras cercanas (Un amor en Bangkok de Napoleón Baccino, 1994; Amados y perversos de Ricardo Prieto, 1999). Un hilo de íconos populares atraviesa ese siglo en bajada, arrancando con el caudillo Saravia a quien el padre de Arístides, barbero itinerante, rasuró en tiempo de guerra. Después un deslumbrante Gardel le aconseja al protagonista joven cómo peinarse. Luego el boxeador Dogomar Martínez asiste a la maratón pero ni la diva argentina de la publicidad, Lidia Satragno ("Pinky"), lo reconoce. Ni ese certamen, con un pico emotivo en la asistencia fiel de los clientes para que su peluquero logre un pasajero triunfo recordístico, tiene visos de realidad.

A esa altura la novela se sitúa en un nivel onírico más que atendible: está el episodio que epiloga "El vendedor de sueños", el más felisbertiano de los cuentos de Burel; el del ferretero que acierta la lotería siguiendo las pautas de un sueño; y el tono general de otredad y fantasía que domina a varios personajes (el obrero que se identifica hasta la psicosis con un actor famoso, el necrófilo engañado por una falsa muerta, la dupla ventrílocuo—muñeco siempre en el borde de la función y el delirio).

UN OFICIO DECENTE. Mientras el protagonista cuenta todo eso, el personaje del escritor parece tirar de la realidad, buscar respuestas, verdades. Sus contactos fracasan, sin embargo, frenados por un egoísmo succionador, y porque su investigación enfrenta despojos, tipos frustrados que alguna vez tuvieron dones o riqueza. Gente a la que el Uruguay de algún modo le falló. El pasado que vivieron, cierto esplendor o por lo menos singularidad, es el que recuperan las anécdotas de Arístides. Importa su modo de contar, saltando del relato al trabajo que está haciendo, sosteniendo la cabeza del cliente mientras impone el apropiado clima de misterio y el escenario entero —sillón, espejo, tijera— se teatraliza. La extrañeza de algunas vidas subraya la vida simple del narrador oral. Su vida en blanco y negro adquiere color en un par de momentos (el episodio de seducción apurada con una Reina de la Vendimia en 1939, o su logro mayor: la obtención del premio Tijeras de Plata) igualándose apenas a historias como la del cornudo que mata a su mujer y es herido por ella, pero antes de que la policía venga se sienta en el sillón tranquilamente a que le hagan un corte de pelo. O a la del excéntrico que se hace cortar oyendo Rapsodia en azul de Gershwin para duplicar la tarde de su infancia en que la madre se suicidó.

Menos coloridos aún son los datos sobre el escritor: un hombre que ganó algún premio, que viaja en auto por la ciudad y desafina en el terreno de la ética y las emociones. A diferencia del oficio de peluquero, donde la narración es accesoria y lo que importa es el cliente y el trabajo bien hecho, el de escritor se carga de dobleces, de leves indecencias que asume un elusivo Burel en primera persona, con el buen detalle de tomarse el pelo a sí mismo, dejando aquí y allá rastros de su biografía literaria y la premisa simpática de que "según se dice escribe aceptablemente".

VER LA NIEVE. Encontrar entonces a Arístides, recuperar trozos de un pasado en el que el niño no era escritor y el corte de pelo lo decidía papá, viene a ser una empresa tan imposible como lo era ver nevar en El elogio de la nieve. Cifrar la esperanza del futuro en un milagro que vuelva las cosas a su lugar, que reordene y recupere el tiempo. La ficción lo puede. Y Burel no se despega de ella, como hacía al final de El guerrero del crepúsculo, cuando desarmaba explícitamente el tinglado de la muerte del personaje con una explicación racional. Aquí Arístides aparece al modo raro de un decreto entrañable, como aparecen los personajes de los teleteatros, cumpliendo la ley de la esperanza. Pero es con trampa, a la entrada de un circo devaluado, en una búsqueda de padre que a sus años ya es inverosímil. Para ese trámite ya están cansados tanto él como el escritor investigador. Su biografía y no otra era la que andaba buscando, lo que había en él de contador nato y anónimo. Volver por un momento al tiempo de regalos de la infancia, es mérito de la ficción, explicación a la vez que evasión de un presente de crisis, emigración, quiebras.

En el fondo tampoco se trata de un cansancio explicable sino exactamente de aquel que en síntesis brillante grabó Neruda en el poema "Walking Around": "sucede que me canso de ser hombre"; tuvo la particularidad de añadir "el olor de las peluquerías me hace llorar a gritos", connotando un sentimiento trágico aplicable a esta novela que se va articulando con ternura y evita explicitar la tragedia, pero la conoce de sobra.

TIJERAS DE PLATA, de Hugo Burel. Editorial Lengua de Trapo, Toledo, 2003. Distribuye Océano. 157 págs.

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