Mercedes Estramil
SIN GEISHAS, sin samuráis ni yakuzas, un escritor japonés poco traducido al español le puede dar a sus historias el color local más intrínseco de Oriente para un occidental: la rareza. Aunque hay que tener presente lo que dijo Octavio Paz en un ensayo: "Es un lugar común decir que la primera impresión que produce cualquier contacto —aun el más distraído y casual— con la cultura del Japón es la extrañeza. Sólo que, contra lo que se piensa generalmente, este sentimiento no proviene tanto del sentirnos frente a un mundo distinto como del darnos cuenta de que estamos ante un universo autosuficiente y cerrado sobre sí mismo. Organismo al que nada le falta, como esas plantas del desierto que secretan sus propios alimentos, el Japón vive de su propia substancia". También hay que recordar que esas palabras pertenecen a la década del cincuenta del siglo pasado ("Tres momentos de la literatura japonesa" en Las peras y el olmo, 1957). No sólo la autosuficiencia es un mito, sino que la extrañeza se ha convertido en la cosa menos extraña de todas. Haruki Murakami da fe de eso.
Un equivalente fílmico de su literatura no está tanto en la insondable violencia de Kurosawa o Kitano como en lo elusivo y alucinado de Perdidos en Tokio ( Lost in Translation, de Sophia Coppola, 2003), donde el ser extranjero para sí mismo es el gran gran problema. Los individuos de Murakami son tan londinenses o montevideanos como uno quiera, piezas movibles de la simple condición humana. O dicho de otro modo, universales de la aldea global, que ni pueden volver a la "aldea" ni tienen interés en la ficción del "globo". Cuando la estabilidad les hace agua no tienen cómo tapar los agujeros, y sólo les queda replegarse, buscar algo de adrenalina espiritual donde la haya. Mientras, dejan sonando en el equipo de música a los Beatles, Simon & Garfunkel, Nat King Cole o Bing Crosby, y se imaginan que son Jay Gatsby llorando lágrimas inútiles por alguien que no los registra.
DESPEGUE. Haruki Murakami nació en Kyoto en 1949, se crió en el barrio cosmopolita de Kitano, en Kobe, y estudió teatro clásico griego en la Universidad de Waseda. En 1974 abrió en Tokio un bar de jazz que funcionó hasta 1981, período en que también comenzó a escribir y publicar alguna novela, relatos cortos y artículos sobre música. Y de golpe se convirtió en un ídolo de juventudes con una novela afortunada, Tokio blues (1987), en la que jóvenes desafortunados se despedían de la adolescencia cantando en inglés. Mientras el fenómeno yuppie ganaba las apuestas, una novela de sentimientos puros, incorruptibles, le daba un éxito tal que decidió irse del país por un tiempo para no creérsela. Claro que se fue a Estados Unidos. Volvió con el debido prestigio. Tradujo al japonés autores tan valiosos como Francis Scott Fitzgerald, Truman Capote, John Irving, Raymond Carver y Tim O’Brien.
Murakami obtuvo los premios más codiciados de su país: el Noma para jóvenes narradores, el Tanizaki, y el Yomiuri Se sospecha que Harold Bloom lo pondría en un canon oriental sin pensárselo dos veces. Su nombre está en la ronda de los Nobel de literatura desde hace un tiempo, pugnando como el representante más prolífico y parejo del Japón actual, digno y contrastante sucesor de los dos compatriotas ya premiados en Suecia, Yasunari Kawabata en 1968, y Kenzaburo Oé en 1994. El terreno que él pisa, sin embargo, tiene más fronteras con historias como las de Kôbô Abe, donde un hombre puede desaparecer en un pozo de arena y cambiar su concepción de la vida, la convivencia, la libertad (La mujer de la arena, 1962); las de Shusaku Endo, donde novelistas respetables viven una doble vida (Escándalo, 1989); o incluso las de Ryu Murakami, con su submundo americanizado de droga, sexo y rock (Azul casi transparente, 1976).
En español se consiguen cinco novelas suyas, complejas en proporción directa a su tamaño, de lectura absorbente, algunas fáciles de resumir, otras imposibles. Una vez leídas queda claro que Murakami es un narrador convincente, capaz de intrigar y reflexionar a partes iguales. Y que tiene un planetario personal en el que nunca faltan gatos, mujeres fugitivas, pozos siniestros, políticos más siniestros, videntes, sueños eróticos, pájaros que chirrían como si dieran cuerda al mundo, etc.
EFECTO MARIPOSA. Claro que hay líneas más estructurales. Primero: se trata de narradores protagonistas, masculinos, heterosexuales, de clase media urbana, con estudios universitarios y con la realización sentimental en la tapa de la agenda. Y de mujeres complejas que desbordan cualquier catálogo rotulador que una mirada pobre les de: la virgen, la ninfómana, la prostituta, la adúltera, la lesbiana. Los personajes de Murakami son en general gente de buen corazón, ciudadanos y consumistas, que de repente se frenan y admiten que precisan más, que necesitan entender. No se ponen en pose budista: "como ejercicio mental encaminado a poner en orden mis ideas, me dirigí a la cocina para prepararme una hamburguesa" (lo dice el narrador de La caza del carnero salvaje). Aunque a veces sí necesitan viajar para purificarse (pero no a Oriente: ya están allí) y para eso van lo más lejos que pueden dentro de sí mismos. Espacialmente el viaje puede llevarlos a una isla griega o a la fría Hokkaido, pero también al pozo seco de la casa de enfrente, o a la habitación de un sueño.
Segundo: las novelas de Murakami rebosan de anécdotas. El narrador y los demás personajes las van contando, y la totalidad va girando y fluyendo; lo secundario pasa a primer plano, lo escondido sale a luz. El trasfondo habla de amor y muerte, del tiempo que pasa, de la resistencia al dolor. Pero el discurso es fluido, humorístico, sereno y emotivo.
Tercero: hay "algo" esencialmente malo y corrompido en las aguas subterráneas que muestra Murakami, algo conectado con el Japón eficaz y funcional de la posguerra, alto en indicadores económicos y en cifras de suicidio. No tiene relación con que la sociedad haya canjeado la Ceremonia del Té por la ingesta de cerveza ni los kimonos por la ropa deportiva, pero sí con la pérdida de algún tipo de raíces, con la desconexión de un mundo interior y profundo tal vez preservado en los sueños, los ritos, los antepasados. Por un rato el micromundo del amor resuelve ese desarraigo, pero las parejas se disuelven, hay abortos y casi no hay "familias". La familia perfecta de los Miyawaki (en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo) comete el error de ignorar el pasado y se mete a una casa maldita: terminan muy mal. Los sobrevivientes son los que aprenden a creer en la intuición, a confiar en los demás, pero también a ver más allá de lo real, y a no confundir realidad con verdad.
En un país donde la densidad de población es altísima, Murakami diagnostica la soledad como epidemia. Reúne siempre pocos personajes, cómodos en grupos de dos o tres, no más. Sin embargo, lo que prima en ellos es la necesidad de hablar y ser escuchados, o de escribir y ser leídos, tanto como la de ser abrazados. La fatalidad y las fuerzas oscuras se encargan de dificultarlo. Son frecuentes los personajes que se matan o desaparecen; y aunque el mundo sigue andando sin ellos, el efecto mariposa se cumple: todo se relaciona con todo y repercute.
CAPÍTULO URUGUAY. Si Tokio blues fue el boom de ventas que se dice (dos millones de libros vendidos en Japón sólo en el primer año), los japoneses no querrán venir a invertir a nuestro país. El por qué es muy sencillo: el personaje más simpático de la novela, una chica llamada Midori que cuida a su papá desahuciado y enamora al protagonista, cuenta que el padre se fue a Uruguay porque creía que "allí tenía un futuro". Suena a ironía, pero seguimos leyendo. La hermana de Midori, en cambio, no iría a Uruguay ni muerta porque "le horrorizan las cosas dejadas, los lugares sucios". Cuando el protagonista le pregunta a Midori si Uruguay es tan sucio ella repite la imagen mental de su hermana: un lugar donde las cisternas de los baños no tienen agua, los caminos están llenos de estiércol y moscas, y abundan lagartos y escorpiones. Antes de que nadie recuerde al pobre Steven Seagal y le quiera hacer juicio moral a Murakami, conviene advertir que esa inserción (exótica para un japonés) está muy bien hecha. Igual que los personajes de Onetti, los de Murakami también precisan de ese lugar real-imaginario, mezcla de atracción y repulsión, al que poder escapar y donde poder entenderse, pero ese lugar no existe para ellos. Midori no cuenta más que una ilusión: el padre no está en Uruguay, adonde nunca fue, sino que agoniza en un hospital.
Tokio... fue una Biblia para adolescentes en su país, y sólo por eso comparada nada menos que con El guardián entre el centeno de Salinger, aunque también pudo serlo con el Werther de Goethe: cartas de amor y suicidios no le faltan. Una love story repleta del arsenal sentimental murakamiano: despertar sexual complicado, triángulo que implica decidirse, tristeza y depresión que llevan al suicidio —hay cinco en la novela, con distinto grado de protagonismo—, y personajes que cuentan largas historias a otros a manera de catarsis. Uno de ellos define la biografía generacional de todos: "Todos somos personas que nos hemos doblado en algún punto, que nos hemos torcido, que no hemos podido mantenernos a flote y nos hemos hundido deprisa".
El título en inglés hace referencia a un tema de Los Beatles, "Norwegian Wood" (Madera noruega), una canción ligera sobre la facilidad con que arden y se consumen los amores. Toda la novela es el recuerdo de un hombre de treinta y siete años, Toru Watanabe, de cuyo presente sólo sabemos que su avión aterriza en Hamburgo en 1986 mientras por los parlantes suena una versión ramplona de "Norwegian Wood" que lo lleva al pasado. Watanabe hace un viaje proustiano, es decir, literario, a fines de los sesentas y comienzos de los setentas, cuando estudiaba teatro, leía a Fitzgerald y pasaba de los conflictos estudiantiles. Su amor por Naoko, la novia de un amigo suicida, es puesto a prueba cuando ella enloquece (en sus términos metafóricos, cuando cae al pozo, símbolo central de este universo literario), y cuando conoce a la carnal Midori, que cocina bien, tiene sentido del humor, mira películas porno y sabe lo que quiere. Por supuesto, sabe lo que quiere porque ya atravesó su infierno; Naoko se quedó en el suyo, y el tercer personaje femenino clave, Reiko, entra y sale varias veces (su sentido del humor le permite bancarse el jet lag). En Tokio..., el protagonista masculino no cae sino que mira caer, hasta que lo envuelve la trampa de la memoria.
EDUCACIÓN SENTIMENTAL. La materia emocional no se dicta sólo en esa novela ni en la franja adolescente de sus personajes. Todo un panorama del debut sexual vivido como un rito de pasaje de suma importancia aparece otras veces. El primer amor puede conducir a la locura a sus personajes y desvincularlos del mundo, o perseguirlos como un recuerdo nítido y perturbador. Lo mismo ocurre con las calenturas de un momento, capaces de marcar un antes y un después. Un matrimonio largo, en tanto, puede diluirse poco a poco hasta hacer su huella invisible. En suma, que el corazón es un músculo elástico, como apuntó Woody Allen.
La contención, el respeto y la espera de las que hacen gala los personajes, tienen un punto de quiebre a veces fatal, en la aparición de relaciones explosivas, irracionales, destinadas no a durar ni oficializarse, sino a abrir puertas interiores, a sacudir la identidad. Es el caso de la niña de trece años que seduce a Reiko en Tokio..., de la prima de Izumi que le derrite los sesos a Hajime en Al sur..., del hombre que perturba para siempre a Myü en Sputnik, mi amor. Estas dos últimas son consideradas novelas menores, dato que a su vez habría que matizar.
Al sur de la frontera, al oeste del sol (1998) narra la relación de Hajime, propietario de dos jazz-bar, con tres mujeres: Shimamoto, compañerita de estudios en la infancia que vuelve en la madurez convertida en mujer fatal; Izumi, la novia adolescente que le pide tiempo hasta tener relaciones mientras él le rompe el corazón con una prima experimentada y de más edad; y Yukiko, la mujer con la que se casa y con quien tiene dos hijas. Hay una profunda ironía en el relato, porque Hajime destruye la vida de Izumi con su indiferencia, pone la suya placenteramente al borde de la muerte con Shimamoto, y vuelve a la estabilidad cotidiana con una esposa que se quiso suicidar por otro. Humor de Murakami, sutil, negociado entre las bambalinas de una historia rosa.
En Sputnik, mi amor (1999) es cierto que no se empleó a fondo en el armado de los personajes femeninos centrales, ni en su relación con el narrador, que es el típico enamorado amistoso, tímido, utilizado como consejero sentimental y literario. La joven Sumire, que quiere ser escritora pero ha vivido poco, se apasiona por una mujer mayor y casada, la coreana Myü, que la contrata como secretaria y la lleva de viaje por Europa. El acercamiento sensible al tema del lesbianismo había sido un punto alto de tensión en la historia secundaria de Reiko en Tokio..., personaje que había hecho varios cracs a lo largo de su vida. Sputnik... brilla en dos episodios marginales que se roban el protagonismo. En uno, narrado por Sumire, Myü queda atrapada una noche entera en la rueda gigante de un parque de atracciones en Suiza. Observando con prismáticos su apartamento iluminado se ve a sí misma teniendo una relación sexual que la escandaliza. Tiene veinticinco años, y cuando la policía la encuentra a la mañana siguiente, encaneció por completo y perdió las ganas de vivir, como si su doble se hubiera llevado su juventud. En otro, un alumno del narrador es capturado robando en un supermercado. La tensión que genera esa escena es múltiple y está narrada con acierto a través del silencio y los diálogos poblados de segundas intenciones.
VOLADURA CONTROLADA. Además de novelas, hay varios libros de Murakami no traducidos. Llegan buenas referencias críticas que hablan de un perfil fantástico considerable, algo que el autor también maneja en las dos novelas que le dieron más fama en Occidente, La caza del carnero salvaje (1982) y Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1994). En éstas lo compararon deprisa con Thomas Pynchon, pero la voladura de Murakami se apoya en la transparencia.
La caza... se ambienta en 1978, con los consabidos flashbacks hacia la adolescencia de algunos personajes, en particular el narrador, en plena crisis de los treinta, cuando algunas cosas empiezan a alejarse para siempre.
Murakami construye una especie de palafito novelesco, o casa tradicional japonesa. Un primer capítulo de estacas firmes: el hombre que llega borracho a su casa, del entierro de una amiga de adolescencia de la que no recordaba el nombre, y se encuentra con su mujer retirando sus últimas prendas antes de dejarlo. Y una casa entera en el aire, que es todo lo que viene después, cuando el protagonista se mete por el camino de la obsesión buscando a la dueña de unas orejas maravillosas y a un carnero irreal que vio en una fotografía. La conjunción de un cotidiano gris y un delirio fetichista da una novela sin par, que indaga con humor en la anatomía peligrosa de la identidad. La velocidad narrativa se dispara, todo lo que ocurre es absurdo y tiene sentido, nos lo creemos y sabemos que es otra cosa. Los personajes no necesitan nombre y apellido: el Ratón, el Profesor Ovino, el Jefe, el chofer, la muerta cuyo nombre fue olvidado, la chica de las orejas, el socio alcohólico, etc., todos son engullidos por el Japón ultra moderno que gana terrenos al mar. Los nombres completos que aparecen en la novela son los de algunos escritores, como Yukio Mishima, otro amante de los gatos y los suicidios.
En la base realista de Murakami los narradores se entregan a las crisis de una manera resignada, voluntaria, disciplinada, lejos de la dramatización, del horror y de las prolongadas cavilaciones racionales. Todo eso no impide que entren de cabeza a una zona irreal o fantástica o absurda, aunque luego se muevan en ella casi con naturalidad. Si algo impide que sus historias sean trágicas es ese laissez faire de los narradores, un liberalismo afectivo que respeta demasiado la ley del mercado y paga las consecuencias de no ser más conquistador y guerrero.
En Crónica... la crisis existencial, laboral y matrimonial del protagonista es de tal dimensión que sólo puede ser explicada en un marco de irrealidad. Primero se le va el gato, después Kumiko, su esposa; envidia y odia a un cuñado exitoso, y no lo deja en paz el recuerdo de un aborto. Murakami lo va construyendo como una trenza apretada a la que al final no le pone broche. Es —varios lo han señalado— como en los filmes de David Lynch: en algún momento toda la lógica se va al diablo, y lo más gracioso es que no importa, porque de eso se trata. Los callejones sin salida, las hermanitas videntes, los economistas desquiciados, la sanación reikiana y la prostitución, la matrix de la que siempre el ser humano quiso salir para encontrar el lugar de origen, conviven en esa supernovela vertiginosa, simpática e inquietante.
En el personaje principal, Tooru Okada, Murakami encontró a su personaje esponja, el más completo de sus antihéroes, un tipo que un buen día descubre que no conoce ni a su gato ni mucho menos a su mujer, aunque viva con ellos, y tampoco se conoce a sí mismo (incluso puede tener una mancha de nacimiento que nunca vio). En el primer capítulo, Tooru escucha ópera mientras cocina pastas y cuando una mujer al teléfono le pide diez minutos para entenderse, le corta. El hombre no está para cosas raras, cree que tiene el cielo ganado. Es el drama de sus personajes, creer que alcanzaron la seguridad, el conocimiento, el futuro. Basta que sobrevenga un suicidio, un engaño o un abandono, para que todo eso se esfume. Tooru se expande hasta abarcar todo Crónica..., como protagonista o como lector destinatario de las vidas de otros, y el lector cae bajo su seducción aunque sabe que está atrapando aire por más que lo vea moverse todo el tiempo, comer y bañarse, ir a la tintorería. No nos vamos a encontrar con un self made man al final del camino ni va a haber un perfecto borrón y cuenta nueva. Esos son espejismos occidentales comprados también por el Japón productivo y consumista.
"Por más que quieras creer que has logrado crear un nuevo yo, bajo esta fachada permanece tu yo original y, a la mínima, asomará diciendo: ’¡Hola!’. ¿Acaso no lo entiendes? Tú eres algo hecho en otra parte. Y por lo que respecta al propósito de cambiarte, también esa idea está hecha en alguna otra parte", le dice a Tooru la adolescente May Kasahara, la voz más "en hora" de Crónica..., el personaje que más crece por dentro y el que se acerca a una posible redención. Ella es la única preocupada por la "gente pato" cuando su estanque se hiela en invierno (un saludo emocionado de Murakami a los adolescentes literarios procreados por Salinger). Su historia y la de Tooru son parte de la simetría generosa de la novela: acosados por el remordimiento de un accidente (el novio de May) o de un aborto (el de Kumiko), los dos buscan salir a flote. Que dejen el empleo o consigan uno, que tengan pareja o no, que se vayan a la montaña o entren a un pozo, es una cuestión de detalle.
En español
TRADUCIDO directamente del japonés:
Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Ed. Tusquets, Barcelona, 2001. Tr. de Lourdes Porta y Junichi Matsuura. 681 pp.
Sputnik, mi amor. Ed. Tusquets, Barcelona, 2002. Tr. de Lourdes Porta y Junichi Matsuura. 246 pp.
La caza del carnero salvaje. Ed. Anagrama, 2003. Tr. de Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala. 329 pp.
Al sur de la frontera, al oeste del sol. Ed. Tusquets, Buenos Aires, 2005. Tr. de Lourdes Porta. 268 pp.
Tokio blues. Barcelona, 2005. Tr. de Lourdes Porta. 383 pp.
Ahora que su nombre suena, sería bueno que se tradujera algo de esta lista incompleta: las novelas Hear the Wind Sing (1979), Pinball 1973 (1980), Dance, Dance, Dance (1988), Kafka on the Shore (2002) y After Dark (2004); las colecciones de relatos The Elefant Vanishes (1993) y Sleep (2004); y los libros escritos a propósito del terremoto ocurrido en Kobe en 1995 y del atentado del mismo año con gas sarin en el metro de Tokio: Underground (1997) y After the Quake (2000). Aunque es más probable que primero veamos el film Tony Takitani, que Jun Ichikawa hizo en 2004 basado en un relato homónimo de Murakami.