Verano de sombras

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Mercedes Estramil

EN 1914, A LAS PUERTAS de la Primera Guerra Mundial, el escritor alemán Hermann Hesse publicaba su cuarta novela, Rosshalde. Una historia íntima, familiar, que seguía -como ocurriría mayormente con toda su producción literaria- las huellas de su propia vida, convenientemente enmascaradas por una ficción reflexiva, contemplativa y poética. En esos años su primer matrimonio naufragaba y su literatura crecía, y si bien establecer un paralelismo puede no aportar mucho a la lectura interpretativa, desconocerlo implica no querer saber nada de los procesos creativos de éste o de cualquier escritor.

Hesse, que había probado varios trabajos, dejado estudios y defraudado padres, vivía su madurez en función de la literatura y llevaba su vida al papel en el intento de entender lo inentendible, tanto la vida como el arte. En cartas a su amigo escritor Stefan Zweig, Hesse reconocería que se conocía muy poco a sí mismo. Era una especie de ejercicio que su literatura buceara en el autoconocimiento, en las crisis de identidad, el fracaso interno y los intentos de superación individual.

Contemporáneo del checo Kafka y de Thomas Mann, no sólo compartió con ellos el idioma alemán: había un mundo en descomposición acelerada que ninguno, como escritor, dejó de percibir. Mann desde la decadente elegancia de sus macro-relatos y Kafka desde el envasado absurdo de sus historias terribles, supieron ver lo colectivo de esa alienación. Hesse la circunscribió al drama individual con resonancias intemporales. Sus personajes iban siendo alter egos en mayor o menor medida, clones ficticios que captaban algo de su movimiento interior, su ansia de hallar un centro (no pocas veces, escapando).

BÚSQUEDA ESPIRITUAL. Hermann Karl Hesse nació en 1877 en Calw, Baden-Wurtemberg, y su infancia será un ir y venir entre Alemania y Suiza. Recibió sin entusiasmo la educación misionera de sus padres y la permutó por un ansia de ser poeta que le valió alguna depresión, algún intento de suicidio y una precoz internación psiquiátrica. Pronto abandonó los estudios y consiguió distintos trabajos como librero; fue la verdadera universidad de su educación literaria.

Comenzó a publicar poesía a fines de siglo (Canciones románticas, 1898), sin mayor éxito. En 1904 dio dos pasos decisivos: publicar su primera novela, Peter Camenzind, y casarse con María Bernoulli, con quien se instaló a orillas del lago Constanza. Lo primero funcionó -Hesse pudo vivir de la escritura y de hecho sigue siendo, en términos relativos, un best-seller-; lo segundo no. En 1911 Hesse hizo un largo viaje por Asia con un amigo, y al volver se mudó con su esposa e hijo a Berna, pero era ya una relación liquidada. En ese contexto surgió Rosshalde.

La novela, sencilla y concisa, cuenta un amargo verano en la vida de Johann Veraguth, pintor de éxito recluido en un estudio en la mansión que da título a la novela. Rápidamente se devela la situación emocional de la casa: Veraguth vive hace mucho separado de su esposa Adele, que ocupa la planta principal, y disputa extraoficialmente con ella la tenencia de Pierre, el hijo de siete años que la pareja concibió en un raro momento de cercanía, cuando el hijo mayor (Albert) sufrió una enfermedad. Sin preocupaciones económicas, los días de Veraguth se consumen en pintar y contemplar la naturaleza, y los de Adele en estar ahí como una esposa de fachada, aparentemente impasible, ayudada por un criado indeciso entre casarse o no con cierta chica.

Tres acontecimientos vienen a quebrar esa calma de tormenta: la llegada a Rosshalde de Otto Burkhardt, antiguo y querido amigo de colegio de Veraguth; la visita de su hijo Albert, con quien mantiene malas relaciones; y la imprevista enfermedad de su hijo pequeño. La información va cayendo de a pequeñas fichas hasta completar el cuadro de una familia arruinada afectivamente, más por incapacidad de vivir que por motivos convencionales o trillados.

Sin embargo, Hesse apenas se pronuncia ni deja que sus personajes lo hagan. El dato de la infelicidad está ahí, sereno y sin explicitaciones mayores, como un cuadro sin título. Sólo la presencia del amigo -figura infaltable, ligeramente manipuladora y en un punto homoerótica en la narrativa de Hesse: el Demian de la novela homónima; el Govinda de Siddharta, etc.- abre una puerta en el futuro de Veraguth: la aventura del viaje, la distracción hedonista y la búsqueda espiritual aséptica, sin obligaciones ni compromisos.

LA VIDA COPIA AL ARTE. Curiosamente, después de escribir Rosshalde, el mundo que el propio Hesse anhelaba fue llegando. Se casó dos veces más, la segunda en un matrimonio brevísimo que acabó -o que ni siquiera comenzó- luego de conseguir la nacionalidad suiza. La tercera con Ninón Dolbin, luego de haber publicado la célebre El lobo estepario (1927) y cuando ya parecía posible que ganara el Nobel, que terminó llevándose en 1946. Hesse tuvo incluso su "casa Rosshalde" sólo que se llamaba "casa Camuzzi", una especie de castillo en Montagnola, en el cantón suizo de Ticino, donde murió en 1962.

Rosshalde es el tipo de novela exacta de un lugar en la interioridad de los otros voluntariamente cerrado, al que no se puede acceder ni modificar de ningún modo. Fascinante, teniendo en cuenta además que Hesse maneja narradores genuinamente omniscientes, capaces de entrar en la cabeza, los sueños y el inconsciente de los personajes. Por cierto, al terminar Rosshalde, disponemos de biografías completas tanto de Veraguth como de Adele, pero el núcleo de ambos permanece intocado. Extraños como familias. Dato que Hesse, excelente constructor de personajes y también pintor, como Veraguth, sin duda manejaba. Mención aparte merece el personaje del niño, Pierre, evolucionando desde un chiquilín mimado y luminoso, pasando por los datos inquietantes de sus sueños premonitorios, hasta la presencia ominosa y deshumanizada del final.

Más allá de algunas conjugaciones verbales arcaicas de la traducción ("hallábase", "manifestóse", "habíase propuesto", etc.), de una empalagosa y excesiva adjetivación, de efusivas descripciones de lugares y estados del alma, del general tono lento y contemplativo, hay que decir que Rosshalde es una novela viva y ágil, quizá más incluso que Demian (1919), aquella exquisita biblia generacional de iniciación, antecedente y contracara del "guardián entre el centeno" que Salinger crearía tres décadas después. La soledad, la desesperación y la soberbia del artista que Hesse plantea en Rosshalde siguen vigentes, así como la soledad del matrimonio y las relaciones filiales. También el modo en que la muerte pone las cosas en su sitio pero luego -enseguida- las cosas vuelven a acomodarse a su manera viva, egoísta. También, contra lo que su prosa estructurada y sobria parece indicar, uno de los aciertos de Hesse es el de negociar con la incertidumbre y el caos. Incluso si sus personajes hallan o creen hallar la calma, el nirvana, la redención, el suyo no es un mundo que dé respuestas ni tranquilice. En principio porque el precio a pagar, sin excepciones y a lo largo de sus héroes predilectos, es altísimo. Sobre todo porque en los vaivenes y flaquezas de la lucha y la búsqueda es donde está el verdadero, masoquista goce del asunto. Lo deja bien claro.

ROSSHALDE, de Hermann Hesse. Reedición Debolsillo, 2011. Buenos Aires, 217 págs. Distribuye Random House Mondadori.

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