Una vida legendaria

LA relación entre la obra y la vida de un autor es un problema casi insoluble que suele desembocar en hipótesis y conjeturas siempre discutibles. Por otra parte, ya estoy harto de las "vidas legendarias" por una sencilla razón: la tan llevada y traída leyenda no hace más que ocultar la obra. Van Gogh es el que se cortó la oreja. Genet, el ladrón. Pasolini, no el gran poeta, no el gran cineasta, ni el gran ensayista, sino el maricón que murió bañado en sangre en una playa fría. Estas absurdas e insultantes minibiografías no son más que eslóganes publicitarios. Ni tal marca de champú hace la felicidad ni ayuda, ni repetir que "Picasso fue el más grande pintor del siglo XX" (una de las grandes frases del siglo XX) nos proporciona una visión profunda sobre la pintura moderna. El eslogan publicitario no es nada o, mejor dicho, es ruido. De ahí mi dilema cuando en pocas líneas quiero transmitirles mi amor por una obra y un autor. ¿No estoy recayendo en el eslogan? Porque se podría hacer un diccionario de lugares comunes, tan venenoso y divertido como el de Flaubert, con los tópicos que se dicen y escriben sobre los artistas de todos los tiempos (Miguel Ángel: "terribilitá" de). Resumiendo: ¿qué hacer? ¿Cómo luchar contra el eslogan, la frivolidad, la nada, si se quiere hablar de uno de los poetas más "legendarios" de la poesía? Arthur Rimbaud (1854-1891), después de un siglo de exégetas delirantes, después de tanto eslógan, de tanta pavada, ya no puede ser recordado como un hombre de carne y hueso.

Fue el genio más precoz de la literatura: eslógan. Era un joven muy bello, muy rebelde, muy violento: eslóganes. No olvidemos, por supuesto, la sórdida relación con Verlaine: otro pintoresco y picaresco eslógan. Fue un poeta maldito, uno de los poetas más malditos entre los poetas malditos: maldito eslógan. En fin: tal vez lo mejor sería hablar solamente de su obra como si la hubiera escrito un empleado público obeso y tranquilo o una vieja señora aficionada a tejer bufandas de colores vivos. No. Tal vez lo mejor sería leer su obra, no hablar de ella, leerla, como si la hubiera escrito el señor obeso o la señora de las bufandas. Verían que, leyendas y eslóganes aparte, resiste muy bien. "Heme aquí en la playa armoricana. Que las ciudades se iluminan en la noche. He cumplido mi jornada; abandono Europa. El aire marino quemará mis pulmones: me curtirán los climas perdidos. Nadar, masticar hierba, cazar, sobre todo fumar: beber licores fuertes como metal hirviente -a semejanza de aquellos queridos antepasados- alrededor del fuego". O también: "Heredé de mis ascendientes galos el ojo azul y blanco, el cacumen estrecho y la torpeza en la lucha. Mi vestimenta me parece tan bárbara como la suya. Pero no unto mis cabellos. Los galos fueron desolladores de animales, los incendiarios de hierbas más ineptos de todos los tiempos. De ellos me viene la idolatría y la afición por el sacrilegio -oh, todos los vicios: cólera, lujuria, magnífica la lujuria- y, sobre todo la mentira y la pereza". Abandonó definitivamente la poesía antes de cumplir los 20 años: último eslógan.

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