Una verdadera historia de hadas

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Ariel Mastandrea

"MI VIDA es un cuento maravilloso, marcado por la suerte y por el éxito".

H.C. Andersen: El cuento de hadas de mi vida (1855).

NACIDO el 2 de abril de 1805 en el condado de Odense, isla de Fionia, en la luterana y fría Dinamarca, Hans Christian Andersen fue hijo único de un zapatero enfermizo de veintidós años que continuamente narraba historias antiguas y de una lavandera analfabeta, muy devota y varios años mayor que él. La pobreza era radical para los Andersen y el clima de la ciudad extremo. Durante los largos inviernos del norte, toda la familia vivía en una pequeña habitación de una sola ventana, caldeada al fuego de una chimenea de leña. El padre había conseguido en los desechos de un cementerio, la tapa de un féretro con el que había construido una mesa. Este mueble siniestro oficiaba como taller para el padre y alternativamente, como lugar del planchado de la madre. Cuando terminaban las tareas, corrían los implementos de trabajo y disponían allí la comida. Todos los días se repetían sin variantes en este mundo cerrado.

Los Andersen se aseaban en grupo, discutían en grupo, recogían leña en grupo y rezaban. En el almuerzo freían arenques con ajo y se servían de una misma olla. Durante la noche y para defenderse de los rigores del frío, dormían apiñados en esas singulares camas-ropero escandinavas, que están empotradas a gruesas paredes de piedra.

El niño Hans era decididamente escuálido y feo, el padre contaba cuentos marineros sin parar, discutía sobre Napoleón, y la madre, que era muy supersticiosa, rezaba en medio del humo. Por lo demás no había muchas visitas, sólo dos tías que eran prostitutas de un burdel cercano y una abuela que se desempeñaba como limpiadora en un hospicio de alienados. En el verano, el pequeño era llevado allí en sus horas de esparcimiento y escucharía, boquiabierto, fantásticos relatos contados por locos risueños. Era difícil de soportar tanta realidad.

Hans —lo recordará siempre en sus Memorias— se replegará "como un caracol" y lo observará todo, lo registrará todo. Sólo una vez, en 1812, ha asistido al Teatro de Odense, pero esa única ocasión luminosa bastará para que sus sueños tomen forma. Durante años recortará figuras de papel que animará solitariamente en la forma de siluetas de muñecos en un teatro de títeres.

Esa actividad creará una línea firme de continuidad en el futuro: soñará con viajar a ciudades lejanas y exóticas, con ser cantante y bailarín. Cuando su padre le lee a la luz de una vela y sobre la mesa/féretro, los cuentos de Las Mil y Una Noches en versión de Burton, el muchacho queda tan impresionado que también querrá ser escritor de historias y poeta.

Tiene varios puntos a su favor: Hans Christian Andersen es empecinado, muy imaginativo, curiosamente vivaz, y como su padre, no para de hablar. Al cumplir los once años, su madre lo coloca de aprendiz, primero de un tejedor, después de un tabaquero y finalmente de un sastre. El niño no se conforma, discute, pide explicaciones, es vapuleado, grita y sufre de ataques histéricos.

Son tiempos difíciles para Dinamarca y para el muchacho, las desgracias parecen oscilar siempre entre el grotesco y lo patético. Cuando muere su padre en 1816 y es velado frente a la chimenea y el silencio sepulcral de los arenques, su madre le señaló la garganta del cadáver y le dijo: "Allí están las huellas de las uñas del demonio que vino a llevárselo". Esta escena macabra lo acosará a lo largo de toda su vida. Siempre temió terminar abandonado en medio de la miseria, y perder la razón. Tuvo serios antecedentes para pensar en esta posibilidad: su abuelo murió delirante y alcohólico en el mismo hospicio donde su abuela limpiaba los retretes.

RECHAZOS Y APOYOS. Como remate de esta infancia desgraciada y tras las nuevas nupcias de su madre en 1819 con otro zapatero, se marcha solo y sin recursos a probar suerte en Copenhague.

Tiene catorce años y elegirá un destino de luminaria glamorosa de teatro: decide convertirse en cantante de ópera.

Pero nada le será fácil. Al intentar inscribirse, apareció un problema de registro en el Conservatorio. No es ni tenor, ni bajo: más bien su voz es de soprano aflautado y no coincide con los gustos de la época. Al principio sorprende, luego causa risa, es tomado al final por lunático y rechazado. Él no se amilana, insiste, negocia y se las arregla para ser admitido casi inmediatamente como alumno de danza clásica en el Teatro Real de Copenhague.

Esta segunda vez hubo un problema de proporciones. Las condiscípulas eran niñas de ocho y nueve años y Hans era demasiado desgarbado, flaco, feúcho y pegaba brincos inventados por él que dejaron perplejos al auditorio. Por supuesto que tampoco es aceptado. Sin embargo no vuelve a Odense.

La miseria le ha enseñado a no retroceder ante las humillaciones, y la confianza en sí mismo, unida a su ardiente fe luterana, hace que se mantenga firme. Golpea a la puerta de las oficinas administrativas de la corona danesa y tiene siempre pronto un discurso para todo aquel que quiera oírlo. Parlotea sobre danza, poesía, ópera y canto; cuando lo interrogan y no sabe, improvisa, fantasea o inventa. Esa actitud atrae la atención de personas influyentes.

Un miembro de la Junta Directiva del Teatro y Consejero de Finanzas de la corona, Jonas Collin, advierte en seguida que lo que le falta no es talento, sino una instrucción formal. Collin se convierte en su mentor y amigo y lo envía a una escuela en Slagelse, cerca de Copenhague, donde permanecerá hasta 1827, alternando con estadías en Elsinor, para completar sus estudios.

El mismo año de su graduación logró la publicación de su poema El niño moribundo en la revista literaria bilingüe danés-alemán Kjobenhavns Post, la más prestigiosa del momento. Recibe buenas críticas y puede considerarse satisfecho: ya ha asumido en serio su vocación literaria.

Hans Christian Andersen comienza entonces una actividad de producción incesante y en el futuro no se detendrá ante nada. El adolescente es extravagante, desi-nhibido, escribe poemas, guiones de ópera, piezas de teatro, letras de canciones y relata historias sobre antiguas sagas escandinavas en las escuelas y reuniones de salón.

Su actividad es febril y entusiasta. En sus horas libres, continuará recortando siluetas de libros y revistas para luego pegarlas en unos cuadernos. Ensayará después con papeles de colores, creando viñetas con guardas y personajes a los que insertará versos y cuentos breves. Esta actividad lúdica alrededor de las tijeras, la paciencia y los recortes, la manejará hasta el fin de sus días y será un antecedente directo de la poesía ilustrada del siglo XX. Mallarmé y Apollinaire lo señalarán entusiastas y los surrealistas lo tendrán en cuenta.

Por lo pronto el rey Federico VI se ha interesado en el extraño muchacho y lo apoyará en la forma de becas que él sabrá aprovechar. Gracias a estas remesas comienza a viajar incansablemente. En 1829 publica con gran éxito una crónica de viaje llamada Un paseo desde el canal de Holmen a la punta Oriental de la isla de Amager. También exitosa fue su primera obra de teatro, El amor en la torre de San Nicolás, publicada el mismo año.

Para 1831 ha publicado el poemario Fantasías y Esbozos y realizado un viaje a Berlín, cuya crónica apareció con el título Siluetas. Entre 1833 y 1834 visita Alemania, Francia e Italia. Su éxito como dramaturgo es claro, pero no se sustenta y su base económica depende todavía de la ayuda de amigos y familias influyentes. Vive en pensiones, en hoteles y continuamente su vida se ve desequilibrada por toques de desgracias que parecen no tener fin.

Cuando su madre muere, completamente alcoholizada en el asilo en Odense, él estaba en Roma y escribió a su amiga Henriette Wulff de Copenhague esta síntesis angustiosa: "Ahora estoy completamente solo, ningún ser humano tiene que amarme por naturaleza".

LOS NIÑOS. Pero no todo está dicho aún en la línea de su destino. De pronto en 1835 Andersen publica el primer fascículo de los Cuentos contados a los niños.

Son unidades sueltas que ha ido trabajando con paciencia alrededor de las fuentes del imaginario de su pueblo. Las ha pensado para "ganar a las generaciones futuras", como él mismo dirá irónicamente a su amiga Henriette Hanck en una de sus cartas. O más bien para ver si podía conseguir algún dinero con sus editores. Estas construcciones le divierten y las ha ido coleccionando. Pero no espera demasiado de ellas.

Sin embargo obtiene un éxito instantáneo y se verá obligado a continuarlas casi cada año en forma de series ilustradas, con títulos como La princesa y el guisante (1835), El encendedor (1835), La sirenita (1835), El talismán (1836), Pulgarcita (1836), La camisa del emperador (1838), Los cisnes salvajes (1838), Los zuecos de la felicidad (1838), El soldadito de Plomo (1838), El gnomo de la rosa (1839) y El baúl volador (1839).

Son cuentos de hadas, pero inmediatamente los editores se dan cuenta a través de las respuestas del mercado, que no sólo a los niños les interesan estas historias. Muy pocos han trabajado en estas canteras literarias —salvo los hermanos Grimm y Perrault— y el hombre de las grandes ciudades no conoce estas tradiciones de origen campesino. Los críticos literarios se interesan, los pedagogos y también los filólogos sienten gran curiosidad por el origen y el entramado de estas narraciones.

UN ESTILO PROPIO. Las historias maravillosas que Andersen cuenta están emparentadas con las tradiciones celtas de los pueblos del norte. Se basan en mitos y leyendas escandinavas transmitidas a través de relatos orales; son materiales con los que él construirá un universo literario propio que tendrá una temática, un estilo y una identidad inconfundible.

Básicamente es el ideario plástico del romanticismo. El paisaje son los bosques húmedos y brumosos, las grutas, los ríos y los glaciares remotos bordeados de ruinas. Es también el lugar de los jardines y las huertas donde el sol y las flores perfuman en un mundo mágico. Todo está habitado por magos y hadas, gnomos, muñecos, brujas y princesas y los peligros son varios. Demasiados. La posibilidad de caer en lo trivial y lo cursi son extremos. Andersen lo sabe y evitará el énfasis, el adorno innecesario, la moraleja blanda y edulcorada tan manejada en el universo victoriano. Aquí no son fábulas educativas las que se ilustran, son cuentos de finales abiertos con múltiples lecturas posibles, amenos, sorprendentes y llenos de gracia. Sabe sostenerse sin caer en el sentimentalismo y logra ser entretenido. La mayoría son cuentos cortos de gran efecto y todo está animado y habla. Los animales, los objetos y las sustancias se personifican; los árboles y las piedras, el agua, la nieve y hasta Dios, dicen lo que piensan.

Si bien es cierto que la mayoría son relatos con finales felices, son cuentos donde la ironía y la ternura afloran detrás de situaciones dramáticas. Incluso se animará a más. En una literatura que está dirigida al mundo de los niños del siglo XIX, insertará oblicuamente temas como la incomunicación, la soledad y la dificultad del ser diferente en un mundo que discrimina entre lo bello y lo feo, la riqueza y la pobreza. No dará recetas ni posicionamientos, pero se las arreglará para crear rutas sensibles que orientarán positivamente a sus lectores. El estilo siempre será directo, la composición clara, mezclará hablantes de distintas clases sociales y logrará crear un gran friso de personajes que, con el tiempo, se instalarán dentro del imaginario colectivo.

Su gran amigo y mentor espiritual, el físico y naturalista Hans Christian Örsted, al leer estas primeras publicaciones, le hizo llegar en una carta estas palabras proféticas: "¡Si las novelas te hacen famoso, los cuentos te harán inmortal!". Andersen se mostró bastante incrédulo, se veía a sí mismo como poeta, novelista y dramaturgo, no como un autor de cuentos para niños. Pero la realidad del mercado hizo que se le facilitaran muy buenos ingresos.

Entre 1840 y 1841 viaja a través de Alemania, donde conoce a Heinrich Heine, visita Italia, Marruecos, Grecia y Turquía. Entabla amistad con Félix Mendelssohn y en una salida posterior conocerá a Franz Liszt. Con estos artistas consumados, entusiastas, y tan habladores como él, recorrerá el Danubio y el Rhin. Son viajes de grupos numerosos de gente curiosa, inteligente, divertida y sensible. Los une el interés por la composición musical y la poesía, los viajes y la historia, la filosofía y las discusiones interminables alrededor de las teorías estéticas de su época. Son tiempos felices.

El libro El bazar de un poeta (1842) narra estas experiencias y es probablemente su mejor libro de viaje.

ENTRE PRÍNCIPES. Mientras tanto, la fama de sus cuentos de hadas iba creciendo de forma expansiva fuera de Dinamarca. No sabía muy bien a qué se debía esto, ni cómo negociar con sus editores que continuamente le exigían nuevas entregas. La leyenda insiste en que un suceso singular prestó apoyo a la difusión de sus materiales.

En 1841, el príncipe Alberto, esposo de la reina Victoria, instala en diciembre y por primera vez, un árbol de Navidad en el castillo de Windsor. Hay un gran abeto adornado con luces, angelitos dorados y —como en una postal— está todo rodeado de regalos y buenas intenciones para cada uno de los miembros de la familia real. Se trata de un ritual que el príncipe ha tomado de las tradiciones germánicas y piensa que resultará ideal para practicar la idea del hogar cristiano según la entendían los victorianos. La corte se entera, festeja la ocurrencia y toma nota de cada uno de los detalles. Para la princesa Beatriz hay un libro de cuentos de Andersen, ilustrado y de lujo, que es considerado como "moralmente educativo y correcto". La condesa de Longford escribe que "No serán necesarios más gestos". Comienza la tala de abetos, la búsqueda desenfrenada de chirimbolos, y una semana antes de Navidad se han agotado las reservas de autores como Andersen, Grimm y Perrault en todas las librerías de Londres.

Lo cierto es que alrededor de esta fecha, se irá instalando la significación y el mercado de la Navidad en Occidente. Es también el comienzo de los Fairy Tales, una tradición que generará una industria editorial especialmente orientada hacia el mundo y el imaginario de los niños. Ya los ilustradores, los cuentistas y los editores no darán abasto a la hora de producir para las festividades cristianas. Desde la aristocracia, pasando por la burguesía y hasta el proletariado, habrá libros de cuentos ilustrados de hadas, o de contenido "moralmente educativo y correcto" para todos los bolsillos de Europa.

En 1847 aparecerá publicada con el título Cuentos Nuevos toda la serie recopilada y ampliada en forma de libros de colección. Los títulos son muy conocidos: El patito feo (1842), El ruiseñor (1843), La reina de las nieves (1844), Las zapatillas rojas (1845), La campana (1845), La pequeña vendedora de fósforos (1845), El Cuento de Navidad (1845), El sastrecillo valiente (1847).

En años siguientes Andersen logrará más entregas, en total la friolera de cinco colecciones y 168 cuentos.

Con los ingresos de ediciones tan solicitadas y traducidas a todos los idiomas, su estabilidad económica por fin está asegurada, lo mismo que su nombre. Se convierte en un personaje popular y reconocido en los ambientes intelectuales y sociales internacionales. Incluso se transformará en un paradigma de la movilidad social que llevó a cabo la burguesía de su tiempo. Llegará a lo más alto. En 1844 se convierte en amigo íntimo del joven heredero del gran ducado sajón, Carl Alexander von Sachsen-Weimar. El príncipe lo insta a trasladarse a Weimar como "el nuevo Goethe", idea que no fue del agrado del autor y provoca suspicacias.

En junio de 1847 visitó Inglaterra por primera vez, donde recibió una calurosa bienvenida. Conoció a Charles Dickens con quien desarrollaría una larga amistad. Los dos autores manifiestan un interés común profesional: la obsesión alrededor de los motivos constructivos realistas y la búsqueda de los detalles y objetos que hacen creíble un relato. Afición de detectives y de arqueólogos literarios que saben vestir sus historias. Lo que Umberto Eco define en nuestros días como "la búsqueda de ‘los muebles’".

En 1855 publica El cuento de hadas de mi vida, una autobiografía en la que relata con filosa ironía los pormenores de su difícil y azarosa vida. En 1857 otra novela: Ser o no ser. Se advierte, ya a partir de este período, una conciencia de soledad personal que irá creciendo con el tiempo. El público no se equivocó cuando inmediatamente relacionó a su cuento El patito feo con su historia personal. Un fragmento de este texto ilustra al respecto:

"—¿Quién eres tú?— preguntaron, y el patito hizo reverencias a todos lados y saludó lo mejor que sabía. —¡Qué feo eres! —dijeron los patos salvajes—. Pero a nosotros nos trae sin cuidado, con tal que no pretendas casarte con alguna de nuestras hermanas. ¡Pobre patito! Él no tenía la más mínima intención de contraer matrimonio, a lo más que aspiraba era a que le permitiesen reclinarse en los juncos y beber un poco de agua del pantano. Allí pasó dos días enteros, hasta que llegó una pareja de gansos silvestres. No hacía mucho que habían salido del cascarón, por lo que eran muy impulsivos. —¡Oye, compañero!—dijeron—. Eres tan feo que nos caes bien. ¿Te vienes con nosotros a otras tierras? Aquí, en el pantano de al lado, viven unas preciosas gansas silvestres, todas solteras, que saben graznar espléndidamente. Es la ocasión para conseguir tu felicidad, por feo que seas".

Hans Christian Andersen viajó a tierras lejanas, se transformó de patito feo en El Cisne de Dinamarca, pero ese tipo de felicidad nunca la conoció. Las dos mujeres de las que estuvo enamorado —Riborg Voigt y Jenny Lind— lo rechazaron. La primera era poetisa y se casó con un amigo íntimo del escritor, la segunda era cantante y lo consideraba como un compañero intelectual o un hermano, pero ninguna de las dos pudo verlo como hombre.

Era demasiado singular y estaba dedicado empecinadamente a su obra literaria. Como persona y como poeta siempre estuvo experimentando cambios angustiosos; en privado, vivió en un estado siempre inestable, nunca formó una familia y siempre transitó en pensiones, hoteles, como invitado en casas señoriales danesas o viajando en una de sus innumerables visitas al extranjero. Esta actitud le acarreará comentarios y maledicencias.

El tono que subyace en los relatos futuros será de aceptación de su destino y lo expresará en Lo que contó el viento sobre Valdemar Daae y sus hijas (1859), el silbido del viento crea un coro lírico que repite continuamente el mensaje:

"¡Uuh-uuh! ¡Pasará! Todo pasará. Todo". En otras palabras, todo es transitorio, nada importa, todo se va con el viento. Ese sentimiento de inestabilidad y desarraigo en la vida de un creador lo transcribirá con ironía jocosa también en las palabras de Satania Infernalis, el personaje de Tía Dolor de Muelas (1872): "Un gran poeta tiene que padecer un gran dolor de muelas; un poeta pequeño, un dolor de muelas pequeño".

Sin embargo fue un hombre que no se encerró en su torre de marfil: tenía sensibilidad social y se sentía responsable por el destino de su pueblo. Lo intentó a su modo. Desde 1858 y hasta el final de su vida, Hans Christian Andersen se turnó para leer en público sus cuentos y relatos de viajes. Por supuesto que leyó para la familia real, las costureras, la nobleza y la alta burguesía, pero también lo hizo ante la Asociación de Estudiantes y será el primer escritor danés en romper el hielo y aceptar una invitación para leer en público ante los miembros de la Asociación de Trabajadores creada en 1860. Allí será aclamado ante miles de personas y leerá, y causará sensación cada vez que lo inviten a charlar y a recortar sus curiosas figuras de papel.

En medio de la adoración de la que fue objeto, de hecho, la vida de Andersen estuvo en constante convulsión, experimentó radicalmente la medida del arte como la entendía su generación, quiso ser un poeta, escaparse de la miseria y hacerse inmortal, y tuvo éxito en estas empresas, pero tuvo que pagar un alto precio.

El 4 de agosto de 1875, Hans Christian Andersen muere en "Rolighed", la casa de campo de la familia Melchior, hogar de amigos entrañables, donde había recibido atención durante los últimos años de su vida.

A su funeral en la Catedral de Copenhage asistieron miles de personas que lo despidieron con afecto, hicieron guardia de honor la Asociación de Estudiantes y los miembros de la Asociación de Trabajadores de Dinamarca. Había banderas rojas con la cruz azul de la corona y banderas rojas y negras de los movimientos sindicales. Era un día brumoso con una luz extraña y luminosa, como el famoso Cuento de Navidad, que había escrito en 1845 sobre un abeto que no tuvo la oportunidad de vivir y se cierra con las palabras: "Ahora se había acabado todo, y el árbol se había acabado, y también el cuento. Acabado, acabado, como pasa con todos los cuentos".

Andersen está enterrado en Assistens Kirkegard, Copenhague.

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