por Juan de Marsilio
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El italiano Roberto Calasso (1941–2021) editor, ensayista y narrador, emprendió entre dos milenios la titánica y provechosa empresa de revisar las más diversas mitologías, para rescatar su valor de símbolos señeros, capaces no sólo de ordenar y convertir en universo al caos de fenómenos que rodean al hombre, sino también de comunicarle mensajes ancestrales sobre las encrucijadas de la existencia humana. En El libro de todos los libros estudia, sin sujetarse a ninguna ortodoxia religiosa, el Antiguo Testamento, que tanto pesa todavía en la visión occidental del mundo.
Elección y sacrificio. Desde Abel en adelante, Calasso establece varias constantes: el elegido no lo es en base a su mérito medible sino por gracia —no se explica por qué Yahvé prefiere el sacrificio animal que Abel le ofrece por sobre los frutos que le presenta Caín— , gracia que puede incluso alterar el orden de primogenitura y recaer en hombres con muchos defectos, como Abraham, que fue capaz de fingir que su esposa era su hermana y dársela como mujer al Faraón, para correr menos riesgos entre los egipcios. Como contracara, el elegido sufre y a veces muere. La relación entre Dios y su pueblo requiere de constantes sacrificios de animales perfectos e inocentes, y es muy interesante cómo Calasso estudia la puesta en cuestión de la necesidad de sacrificios rituales, ya desde el Profeta Oseas y pasando por Cristo mismo. El comentario al pasar que el autor hace sobre el tratamiento que del sacrificio de Cristo hace la Epístola a los hebreos, deja al lector con ganas de que el autor hubiese vivido para abordar un análisis del Nuevo Testamento.
Necesidad y libertad. El sexto día de la creación es clave en el análisis que Calasso hace del Génesis: el Dios que prohibirá las imágenes, se exceptúa de la regla haciendo al Hombre “a su imagen y semejanza”. Y como la semejanza entre Creador y creatura radica en la libertad, el ser humano será libre y desobediente, desde el pecado original hasta el Diluvio y después. Señala bien el autor que, a diferencia de los relatos mesopotámicos del Diluvio, es clara la motivación ética del Dios del Génesis: limpiar el mundo de la maldad de los hombres y empezar de nuevo. Y luego, libremente, el Dios que por justicia castigará vez tras vez a Israel por sus transgresiones —puestas bajo la figura de fornicaciones, prostituciones y adulterios de una esposa infiel— por amor volverá vez tras vez a reiniciar la relación.
Los judíos. No se detiene Calasso en el estudio del texto, sino que aborda el problema de la relación del judío de la diáspora, tanto da si ortodoxo o secularizado, con la sociedad que lo rodea. Es muy interesante el capítulo dedicado al estudio de Moisés y la religión monoteísta, de Sigmund Freud. En el plano histórico, es de atender el juicio de Calasso en el sentido de que el antisemitismo radical es el espejo de la enemistad radical del pueblo elegido hacia los amalecitas. Asimismo, en el pasaje que dedica al Segundo Libro de los Macabeos, estudia la violencia helenística contra el monoteísmo judío, como un antecedente de posteriores oleadas persecutorias, en las que aflora una paradoja: se persigue al judío por su afán de ser distinto y separarse —primero de los paganos politeístas, luego de los cristianos— pero también se lo persigue cuando es exitoso en su intento de asimilarse a la sociedad que lo rodea.
Mesías. Debe leerse con atención el breve capítulo final dedicado al Mesías, y con más especificidad, a las distintas ideas sobre el punto que fueron desarrollando los judíos de la diáspora durante casi dos milenios. Haciendo suyos el concepto de Maimónides (1135–1204), en el sentido de que la venida del Mesías no ha de alterar de forma notable el funcionamiento del mundo, apunta lo siguiente: “Cuando llegue el Mesías, es probable que pase inadvertido, porque cambiará solo algunas pequeñas cosas. Y no se sabe cuáles”. Y esto ya ocurrió, pues el impacto inmediato de Cristo en el mundo fue escaso en lo inmediato: una nueva secta en la lejana, mínima y revoltosa judea. Pero ya a las pocas décadas se notaba su efecto.
Con ser valiosísimo, no sería justo afirmar que el libro carece de errores. El más abarcador es usar de modo distinto el gentilicio “judío” para todas las etapas de la historia de los israelitas, cuando en rigor correspondería usarlo sólo a partir de la división del Reino de Israel, y sólo para el Reino de Judá, cuya capital fue Jerusalén. El segundo en seriedad, en un libro tan bien fundamentado, es hacer, sin justificarlas, afirmaciones tan graves como la siguiente, referida a la maldición de Canaán por parte de Noé: “…circularon las voces en la tradición sobre otros actos terribles cometidos por Cam (hijo de Noé y padre de Canaán, N. del E.): habría castrado o incluso sodomizado al padre”. En cuanto al texto bíblico mismo, Calasso comete un solo error: atribuir la paternidad de Noé a Lamec, descendiente de Caín, el primer bígamo de la historia sagrada, cuando era hijo de Lamec, descendiente de Seth, tercer hijo de Adán y Eva. El libro tiene apenas un par de erratas, ninguna de ellas grave.
En suma, a creyentes y no creyentes —siempre que estén dispuestos a leer con paciencia— este último libro de Calasso les será muy iluminador.
EL LIBRO DE TODOS LOS LIBROS, de Roberto Calasso. Anagrama, 2024. Barcelona, 496 págs. Traducción de Pilar González Rodríguez.