Clarice Lispector
ERASE una vez una niña que observaba tanto a las gallinas que les conocía el alma y las ansiedades íntimas. La gallina es ansiosa, en tanto que el gallo tiene una angustia casi humana: carece de un amor verdadero por su harén, y encima tiene que vigilar toda la noche para no perderse la primera de las más remotas claridades y cantar con la mayor sonoridad posible. Tal es su deber y su arte. Pero volviendo a las gallinas, la niña tenía dos sólo de ella. Una se llamaba Pedrina y la otra Petronilha.
Cuando a la niña le parecía que una de las gallinas estaba enferma del hígado, le olía debajo de las alas, con una sencillez de enfermera, lo que consideraba que era el máximo síntoma de enfermedad, pues el olor de gallina viva no es cosa de broma. Entonces le pedía una medicina a su tía. Y la tía: "Tú no estás mala del hígado". Entonces, aprovechando la intimidad que tenía con aquella tía preferida, la niña le explicó para quién era la medicina. Le pareció de buen juicio dársela tanto a Pedrina como a Petronilha para evitar contagios misteriosos. Pero era casi inútil darles la medicina porque Pedrina y Petronilha seguían pasándose el día picoteando el suelo y comiendo porquerías que les hacían daño al hígado. Y el olor debajo de las alas era justamente por la enfermedad. No se les ocurrió ponerles desodorante porque en Minas Gerais, donde vivía el grupo, los desodorantes no se usaban, como no se usaban prendas íntimas de nilón y sí de cambray. La tía seguía dándole la medicina, un líquido que la niña sospechaba que no era sino agua con un chorro de café; y luego venía el infierno de tratar de abrir el pico de las gallinas para administrarles lo que las curaría de ser gallinas. La niña no había comprendido aún que no puede curarse a los hombres de ser hombres ni a las gallinas de ser gallinas; tanto el hombre como las gallinas tienen miserias y grandezas (la de la gallina consiste en poner perfectamente un huevo blanco) inherentes a sus respectivas especies. La niña vivía en el campo y no tenía cerca una farmacia donde consultar.
Otro infierno de dificultad era cuando la niña encontraba a Pedrina y Petronilha flacas bajo las plumas erizadas pese a que se habían pasado el día comiendo. La niña no entendía que engordarlas significaba precipitarles un destino en la mesa. Y reanudaba el trabajo más difícil: abrirles el pico. La niña se convirtió en una gran conocedora intuitiva de las gallinas de aquel inmenso huerto de Minas Gerais. Y cuando se hizo mayor le sorprendió enterarse de que, en el argot de los rufianes, el término gallina tenía otra acepción. Sin notar la cómica seriedad que cobraba la cuestión, dijo:
—¡Pero si es el gallo, que es un nervioso, el que quiere! ¡Ellas no lo hacen demasiado! ¡Y es tan rápido que apenas se ve! ¡Es el gallo el que trata de amar a una sola y no lo consigue!
Un día la familia decidió llevar a la niña a pasar el día a la casa de un pariente que vivía muy lejos. Y cuando regresó ya no existía aquella que en vida se había llamado Petronilha. La tía le dio la noticia:
—Nos hemos comido a Petronilha.
La niña era una criatura con gran capacidad de amar: las gallinas no corresponden al amor que se les da, y sin embargo la niña seguía amándolas sin esperar reciprocidad alguna. Cuando supo lo que le había pasado a Petronilha odió a todos los que vivían en la casa, menos a su madre, a quien comer gallina no le gustaba, y a los empleados, que habían comido carne de vaca o de buey. Al padre, a duras penas podía mirarlo: era a él a quien más le gustaba comer gallina. La madre se dio cuenta de todo y le explicó:
—Cuando comemos animales, los animales se vuelven más parecidos a nosotros, porque están dentro nuestro. De esta casa sólo somos nosotras dos las que no tenemos dentro a Petronilha. Es una pena.
Pedrina, secretamente preferida de la niña, murió de simple muerte muerta, pues siempre había sido un ente frágil. La niña, al ver a Pedrina temblando en el corral candente de sol, la envolvió en un paño oscuro y, una vez bien abrigadita, la colocó encima de uno de esos grandes hornos de ladrillos que hay en las granjas de Minas Gerais. Todos le advirtieron que estaba acelerando la muerte de Pedrina, pero la niña era obstinada y sin hacer caso puso a Pedrina sobre los ladrillos calientes. Sólo al día siguiente, cuando Pedrina amaneció dura de tan muerta, la niña se convenció, entre lágrimas interminables, de que había apresurado la muerte del ser querido.
Ya un poco mayorcita, la niña tuvo una gallina llamada Eponina.
El amor por Eponina: esta vez era un amor más realista, nada romántico; era el amor de aquel que ya ha sufrido por amor. Y cuando Eponina le llegó el día de ser comida, la niña ni siquiera supo cómo llegó a comprender que ése era el destino final de quien nacía gallina. Las gallinas parecían tener una suerte de pre-ciencia de su destino y no aprendían a amar a sus dueños ni al gallo. Las gallinas están solas en el mundo.
Pero la niña no olvidó lo que su madre le había dicho respecto de comer animales queridos: comió más de Eponina que todo el resto de la familia, comió sin hambre pero con un placer casi físico, porque ahora sabía que de aquel modo Eponina se incorporaría a ella y sería más suya que en vida. Habían guisado a Eponina a la salsa parda. De forma que la niña, en un ritual pagano que se le había transmitido cuerpo a cuerpo a través de los siglos, le comió la carne y le bebió la sangre. Durante la comida tuvo celos de los que también se estaban comiendo a Eponina. La niña era un ser hecho para amar, hasta que se hizo muchacha y aparecieron los hombres.
La autora
CLARICE LISPECTOR (Ucrania, 1925-Río de Janeiro, 1977) es autora de varias novelas que forman parte de lo mejor de la literatura brasileña, entre las que destacan Cerca del corazón salvaje (1944), La Araña (1946), La ciudad sitiada (1949), La manzana en la oscuridad (1961), La pasión según G.H. (1964), Un aprendizaje o el Libro de los Placeres (1969) y Agua viva (1973). Pero su mayor prestigio procede de sus cuentos, recopilados en Algunos Cuentos (1952), Lazos de familia (1960), La legión extranjera (1964), La mujer que mató los peces (1969), Silencio (1974) y Felicidad clandestina (1976). Casi todos sus libros han sido traducidos al castellano.