Un testigo de la historia

Andrea Blanqué

EL DÍA DEL Patrimonio —que desde hace algunos años se festeja en setiembre, especialmente en la Ciudad Vieja de Montevideo—, tiene como "vedette" una caserón gigantesco en plena Peatonal Sarandí, que los visitantes recorren boquiabiertos. Se trata del Club Uruguay. Ese día, la multitud que bulle por la zona, sube por la gran escalinata de mármol de Carrara que lleva a los pisos superiores y deja deslizar sus dedos por el blanquísimo y pulido pasamanos. Desde hace ciento veinticinco años, todos aquellos que han subido por esa escalera imponente, con seguridad han sentido sus pulmones llenarse de un aire de solemnidad.

Esos mismos escalones bordeados de una sólida balaustrada, fueron subidos por Toscanini, por Caruso, por el Príncipe de Gales, por Evita Perón, por De Gaulle, por Victoria Ocampo, por numerosos ministros americanos, por conferencistas de toda índole, por una infinidad de ciudadanos uruguayos cuyos nombres hoy están en las calles de Montevideo. Y por muchos personajes más que acudieron allí vestidos de gala a las fiestas y agasajos que ofrecía un país en donde parecía haber triunfado la Civilización frente a la Barbarie. (Nada sabemos acerca del modo en que subió a los pisos superiores del Club Uruguay el presidente de Estados Unidos, Franklin Delano Roosvelt, en su silla de ruedas, cuando en 1935 se le homenajeó en una recepción: el edificio aún no tenía ascensor).

ESPEJOS BORGIANOS. El asombro de los visitantes del Día del Patrimonio no termina, por supuesto, en la escalera del Club: es el salón de los espejos —llamado Salón Imperio— el verdadero corazón del edificio. Se trata de una sala rectangular, enorme, cuyas paredes laterales están totalmente cubiertas de espejos que se reflejan unos a otros y brindan una inefable sensación de infinito. Los espejos fueron traídos en barco, en la época en que se ornamentó el flamante club —inaugurado en 1888— desde Holanda. No los quebró el cruce del Atlántico.

El frente del Salón Imperio recibe la luz de la Plaza Matriz o Constitución a través de los cristales de las puertas que se abren al balcón: un larguísimo balcón donde es posible asomarse entre columnas que imitan el Renacimiento Italiano. Años atrás, desde ese espacio privilegiado, era posible divisar la bahía, el Cerro, el puerto de la ciudad, como si el Club Uruguay fuera el puesto ideal desde donde dominar la vida urbana. En la depredación que sufrieron la Ciudad Vieja y el Patrimonio Nacional durante los años 60 y 70 —especialmente durante la dictadura militar— el horizonte que se atisbaba desde el balcón del Club Uruguay fue interceptado por horrendos edificios "modernos". Paradójicamente, uno de ellos es el Ministerio de Transporte y Obras Públicas, que deshace la armonía de buena parte de la Plaza Matriz.

El largo balcón sirvió para que durante años la gente se asomara a ver pasar por la plaza desfiles patrióticos: el incipiente país de fines del siglo XIX y comienzos del XX necesitaba de todo aquello para soñarse un país de verdad. Pero también pasaban por la calle Sarandí los corsos con sus carros alegóricos. Es fácil imaginar que adentro, en los años locos, el Club rebosaba de gente dispuesta a hacer en Carnaval todo aquello que en otras circunstancias temía hacer. Claro que las únicas que podían disfrazarse eran las mujeres: en los años 20, los hombres que asistían a los apoteósicos bailes de Carnaval del Club Uruguay debían hacerlo de frac.

FIESTA Y TRAGEDIA. Sin embargo, el granito con que está construida la planta baja del Club no sólo vibró con música y aplausos. El 25 de agosto de 1897 se festejó la independencia nacional con un Te Deum en la Catedral. Más tarde, el presidente Idiarte Borda se dirigía a la Casa de Gobierno: eran unas pocas decenas de metros, e intentó hacerlo, con una comitiva, a pie. Un muchacho, un estudiante llamado Avelino Arredondo, se había apostado entre los comercios que ya entonces ocupaban la planta baja del Club Uruguay. Tenía los brazos cruzados y se hallaba mezclado con el público: en el momento en que pasaba la comitiva delante del Club, Arredondo sacó su revólver y le descerrajó un tiro en pleno pecho al presidente. Una bala permanece aún hoy incrustada en la pared del Club. El magnicidio fue en protesta de la prolongación de la guerra civil, y fue recogido luego por Borges en el cuento "Avelino Arredondo".

El mito dice que en el Club, lugar en donde no se apreciaba a Idiarte Borda por su autoritarismo, las ventanas se habían cerrado para ignorar a la comitiva y al presidente. Pero, aun así, alguien escuchó el tiro. En el Club permanece la historia de que el único socio que percibió el estallido era sordo: fueron las vibraciones las que le revelaron el sonido. Dicen que advirtió: "Algo pasó ahí afuera".

UN PRÓSPERO PAÍS. Uno de los lugares comunes que circulan en torno al mítico edificio del Club Uruguay es su carácter elitista: todo el mundo sabe que desde su fundación, por varias décadas, allí se codeó el patriciado uruguayo con los protagonistas del poder. Sin embargo, su creación respondió más a la mezcla que a la exclusión. Si bien el maravilloso edificio fue terminado de construir en 1888, el Club como tal es anterior: como institución, se gestó en 1878 con la unión del Casino de Comercio, de donde provenía la burguesía más activa de la ciudad, con el Club Libertad, de corte netamente aristocrático. Bautizar el club fue toda una discusión: al parecer, el nombre "Uruguay" fue concebido por el doctor Aureliano Rodríguez Larreta y habla del fervoroso nacionalismo que recorría en las últimas décadas del siglo XIX las venas de la sociedad. No es casual que la creación del Club Uruguay sea contemporánea a la gestación de los grandilocuentes versos de Juan Zorrilla de San Martín.

El lugar elegido para la construcción de la sede no podía ser mejor: la Plaza de la Matriz era el paseo número uno de la ciudad. En el predio elegido como terreno había existido una casa con considerable carga histórica: allí se había reunido, secretamente, el Gral. José de San Martín con Fructuoso Rivera y con Juan Antonio Lavalleja, antes de su partida definitiva a Europa en 1829.

EL GRAN ANDREONI. Quien levantaría en dicho terreno, a partir de 1886, la novísima sede del Club, sería un italiano de treinta y tres años de edad, ingeniero especialista en hierro llamado Luigi Andreoni.

Andreoni se hallaba entonces en pleno esplendor profesional, aunque su larga vida (vivió hasta 1936), lo llevaría a ser uno de los creadores más prolíficos del Uruguay, país que adoptó como lugar permanente de residencia y por el cual se felicitó al haberlo escogido. Cuando Andreoni comenzó a construir el Club, se hallaba en plena obra del Hospital Italiano. La lista de edificios y obras emblemáticos de este pequeño país sudamericano firmados por Andreoni es asombrosa. Además del Club Uruguay y del Hospital, fue el autor de la Estación del Ferrocarril Central; fue también quien creó el Teatro Stella d’Italia, la actual Embajada de Francia, la casa Vaeza (sede del Partido Nacional), la antigua sede de la Scuola Italiana que hoy alberga (despojada de sus estatuas) a la actual Facultad de Humanidades, y además, majestuosos edificios para bancos en plena Ciudad Vieja. Pero no todo se limita a Montevideo: Andreoni trabajó también en la creación de la red de vías de tren del país, y construyó el tantas veces fotografiado faro de Cabo Polonio. Si a ello le sumamos su trabajo como descubridor de la Fuente del Puma e iniciador de la empresa Salus, cualquiera puede tildar a este italiano, si no de padre de la patria, sí al menos de padrino.

Luis Andreoni nació en el Piamonte en 1853, en un pueblito entre Milán y Turín. Estudió en las Escuelas Reales de Aplicación para Ingenieros de Turín y Nápoles, por supuesto, como alumno ejemplar. Realizó una especialidad en Francia sobre minas de hierro. De hierro debía ser también la personalidad de su padre, otro ingeniero de ferrocarriles que al parecer pretendía digitar la vida de su talentoso hijo. Con poco más de veinte años, el joven Andreoni decidió tomarse un barco hacia América, dudando entre desembarcar en un puerto brasileño o continuar hasta Montevideo. Finalmente, prefirió finalizar su viaje aquí, adonde viviría hasta su vejez y su muerte, en la casa cercana al Hospital Italiano que él mismo construyera. En un reportaje, cuando ya era toda una personalidad en el país, Andreoni recordaría la primera impresión que le causó Montevideo: "Viendo tan grande desconcierto, me había hecho la ilusión, apenas pisé tierra y recorrí varias calles de Montevideo, de que yo estaba llamado a poner equilibrio en el evidente mareo de los alarifes. Así, mi viaje resultaba providencial. ¡Ah, sueños juveniles!".

ARTE Y DISEO. Tan sólo diez años más tarde de su llegada, el principal club del país encomendaría a Andreoni la suma de ciento veinticinco mil pesos para que construyera ese edificio con toda la magnificencia posible. Pero el lujo no se limitaba a la arquitectura de esa construcción eclecticista que evocaba los palacios del Renacimiento avistados por Andreoni en su tierra natal durante su adolescencia: para decorar todas aquellas grandes salas se llamó a concurso a las principales casas de decoración de París. La flamante sede, en 1888, se inauguró con la decoración abigarrada con que se ornamentaban los espacios en aquellos tiempos. Espejos, jarrones, cuadros, lámparas, arañas de cien brazos, mullidas alfombras, estatuas de bronce y de mármol, relojes, pesados cortinados...

El Club fue creado en un momento de prosperidad, pero durante sus ciento veinticinco años fue sin duda testigo de sucesivas debacles económicas.

Actualmente continúa funcionando, aunque la cantidad de socios ha ido mermando con el paso del tiempo. Su belleza arquitectónica sigue prácticamente intacta: no así sus decorados y la numerosa variedad de objetos de arte que lo adornaba en otras épocas, aunque todavía le queden valiosas piezas.

El presidente actual de la Comisión Directiva es un anestesiólogo de 62 años. Se llama Andrés Preve, y ocupa dicho puesto desde 1994. Cuando se le inquiere acerca del rumor de que años atrás, el Club fue saqueado —vendidas sus obras de arte a diestra y siniestra— el Dr. Preve contesta con la escueta frase "faltan muchas cosas que deberían estar". Explica que hubo épocas en que para pagar los sueldos se vendía un cuadro: así se perdió un Dalí, un Miró, entre otras varias piezas de primer nivel. Con pesadumbre reconoce que hubo gente que abusó del Club Uruguay, pero prefiere pensar que "hay que tratar de mirar hacia delante". Considera que el Club debe tener como prioridad el mantenimiento del edificio y el patrimonio. Todo superávit se invierte en la conservación de este lugar que es Monumento Histórico Nacional. Cada año, el Club debe hacer no pocos trámites para obtener una exoneración de la Contribución Inmobiliaria de la Intendencia: así, debe justificar este beneficio realizando constantemente obras. En los últimos tiempos se han arreglado las arañas del Salón Imperio, así como el yeso de su techo. Quienes realizan este trabajo artesanal, son los propios empleados que, según el Dr. Preve, conocen bien su delicado trabajo, "no son albañiles cualesquiera". El médico reconoce que al Club no le vendría mal contar entre sus restauradores con un relojero: efectivamente, en varios salones hay, detenidos enigmáticamente en el tiempo, unos increíbles relojes, de pared y de pie. Uno de ellos al parecer tiene cerca de quinientos años. Otro es una verdadera curiosidad: es también calendario y una aguja marca los días del mes.

LAS CUENTAS. Aunque a menudo algunos galeristas vienen a intentar comprarle cuadros al Club, la actual comisión directiva desecha las ofertas. El Club paga los sueldos el 31 y no tiene deudas. Sus socios abonan $ 165 pesos por mes: en general son gente mayor que viene a los silenciosos salones —sobre todo al Salón Inglés— a jugar al bridge, al ajedrez, o a la canasta. También a menudo saborean un whisky o un coñac y, en invierno, leen la prensa uruguaya o argentina arrellanados en unos enormes sillones de cuero frente a las siempre encendidas estufas a leña. Las chimeneas, que funcionan perfectamente, son parte de la belleza paradigmática del edificio: algunas son de mármol de Carrara, otras están ornamentadas con madera labrada representando hojas o frutos.

Preve —que como anestesiólogo presencia constantemente operaciones quirúrgicas— no puede ocultar su adoración por el Club como "remanso de paz". "Este es un club donde nunca hubo timba, si jugamos al bridge, el que gana, lo hace como para pagarse el cortado y el sandwich caliente, no va a ser más pobre ni más rico, la timba nunca surgió como elemento. Aquí nunca vas a ver una discusión fuerte —agrega— es un ambiente tan grande, hay tanta cantidad de salas con tanto espacio, que no queda margen para la pelea. Todo el mundo tiene su lugar, hay una mesa por allí que juega al ajedrez, a otro le gusta leer el diario, otro juega la canasta, otro mira tv, a otro le gusta tomar una copa de champagne, se arman diferentes grupos y ninguno interfiere con el otro".

El Club, que es el más antiguo del Uruguay, tiene proyectos de incorporar otro tipo de servicios, tales como sauna: para ello habría que hacer reformas. Sin embargo, no se plantea la asimilación de Internet, porque necesitaría un personal especializado con el que no cuenta.

Preve reconoce el problema del sucesivo envejecimiento de la masa de socios, aunque un logro importante, ha sido el reciente cambio de estatutos por el cual ahora las mujeres sí pueden ser socias del Club: en efecto, desde su fundación hasta el año pasado, las mujeres sólo podían concurrir como invitadas. Ahora sí, en el siglo XXI, tienen derecho a ser socias.

EL MUNDO DE AFUERA. Los grandes ingresos del Club son los alquileres de los locales de la planta baja y del local de Juan Carlos Gómez que ocupa la Librería El Galeón. Hasta hace poco, durante sesenta años, estuvo en los bajos una casa para señoras elegantes, Acle. Un tira y afloje por el precio del alquiler llevó a que finalmente el local se desocupara, con el consiguiente susto para la directiva del Club. Preve cuenta que, sin embargo, luego de la ida de Acle, les llovieron ofrecimientos. Finalmente, se están haciendo obras para la instalación de un restaurant impactante. Es que el Club Uruguay está instalado en plena zona de revitalización de la Ciudad Vieja.

La otra gran fuente de ingresos es el alquiler de sus salas para fiestas. Casamientos con mil invitados, cumpleaños de quince con orquestas... el Club sigue siendo un lugar honorable para agasajos entre la sociedad uruguaya. Claro que el edificio debe, paradójicamente, sufrir los embates de los fiesteros. Una hermosa estatua de mármol de Venus complementada por niños y peces presenta unas groseras rajaduras que la restauración no pudo ocultar: durante un cumpleaños de quince, la bella fue empujada hasta rodar por los suelos. Asimismo, en el salón comedor, de paredes recubiertas por madera, un gran cuadro del siglo XIX firmado por Falchetti representa una escena de caza, con liebres y faisanes. En el centro, un desgarro delata que durante una fiesta le tiraron un cuchillo. La vigilancia del personal es atenta pero a veces se siente impotente ante la multitud que acude a las fiestas a bailar, comer y beber alcohol.

En el Club Uruguay se presentan libros, se realizan exposiciones, conferencias, reuniones del Rotary y conciertos. Preve insiste en el carácter abierto de la institución, en donde pueden celebrarse muchos tipos de actividades. Aunque reconoce que el ensayo de un grupo de rock, por ejemplo, resultaría incompatible.

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