El Festival Internacional de Jazz de Punta del Este cumplió 30 años, algo que las vacas, los caballos y los burros del fin de la sierra de Punta Ballena, allá en medio del campo, han sabido acompañar con sus mugidos, dándole ese toque tan especial. El jazz pertenece a las grandes urbes, al run run de bocinas, motores, sótanos y subterráneos. No es del campo. Todo cobra, entonces, una dimensión diferente. La escucha, intermediada por los silencios, es otra.
El festival ha tenido sus cambios a lo largo de estas décadas, pero siempre con ese motor incansable que es Francisco Yobino, ahora asistido por su familia, y el toque musical de un grande, Paquito D’Rivera (que en esta edición no pudo estar). Se logró consolidar, año a año, un festival que hoy se considera el mejor del mundo en su especialidad. Primero en escenarios al aire libre, y ahora en el gran recinto cerrado que supo ser por muchos años el lugar de las jams pos conciertos, donde los Benny Golson, los Christian McBride, los Emmet Cohen, los Ron Carter y los Popo Romano dieron rienda suelta al placer de jugar con el jazz, de generar improvisaciones infinitas, de disfrutar la música sin inhibiciones.
Un templo pagano. Hay dos tipos de público que dan sostén al festival. Están los fanáticos habituales, capaces de cualquier sacrificio por estar. Y también aquellos que si bien sienten el jazz como algo lejano, intelectual, de unos pocos, perciben que es algo que vale la pena intentar disfrutar. Es el caso de mi amigo Ricardo, que llegó invitado a esta edición por otro amigo. Me confiesa que no sabe de jazz, que lo abruma tanta información, y está algo cauto. Es cierto que los puristas de ese jazz que peca de elitista, académico, han hecho de este festival su nicho. Pero nosotros, los espectadores, los que escuchamos, somos ajenos a esa larga historia de hitos y álbumes y músicos que dan cuerpo e historia al género. Si no lo sabes, quedas afuera. Es un error. Ningún dato extra musical debe ser un obstáculo para la escucha. El espectador, como Ricardo, como este cronista, debe poder sentarse y dejarse llevar por las armonías que vuelan por el aire. Es el derecho al placer de escuchar buena música, de dejarse provocar, para que genere —ojalá— sensaciones que quizá nunca se olviden. De eso se trata, de sentir y disfrutar el lado más lindo de la vida.
El recinto cerrado donde transcurrió esta edición, con una capacidad para unas 200 butacas, puede resultar intimidante para el nuevo espectador. Es como un templo pagano con todos sus iconos colgando de las paredes, fotos de los grandes músicos que marcaron el jazz, y que alguna vez pasaron por allí. Al fondo, en el escenario, y colgado detrás de los músicos, un retrato del druida jefe de este templo: Louis Armstrong. Antiguos afiches de ediciones anteriores, fotos amarillentas o nuevas, alguna foto familiar, y más. Como en los tradicionales clubes de jazz de Nueva York, —como el Village Vanguard en su sótano, por ejemplo— las paredes lucen la historia, esa que da sentido metafísico a una experiencia pagana de vida y alegría, de improvisación y libertad, de rigor y sacrificio, pero también de epifanías poético musicales. Eso es el jazz.
Voces femeninas. La que “rompió todo” en esta 30a. edición fue Brianna Thomas, una de las voces más consolidadas del jazz neoyorquino. La trajo Elio Villafranca, compositor y autor cubano multipremiado, quien se presentó también con el saxofonista, compositor y educador estadounidense Dayna Stephens. Este trío deslumbró, Brianna con la potencia y delicadeza de sus baladas, Dayna con una expresividad que dejó en claro por qué tiene uno de los sonidos más novedosos de la escena actual, tanto con el saxofón como la flauta traversa, y Elio desde el piano armando y desarmando, provocando e improvisando para dejar sin aliento al público. Sus largos dedos se apropiaban del piano Yamaha de cola como si fuera una extremidad más de su cuerpo.
Otro grupo que deslumbró fue el apadrinado por el baterista Duduka Da Fonseca, un mito neoyorquino de cinco décadas. Nacido en Río de Janeiro, deleitó sobre el escenario con varias formaciones. La que más cautivó fue la que tuvo a la cantante Maucha Adnet con clásicos del jazz y la bossa nova, haciendo honor a los años que compartió composición y escenario junto a Tom Jobim (Maucha confesó a este cronista un gran cariño hacia el uruguayo Hugo Fattoruso, “fue el piano de mi primer álbum, que grabamos en Nueva York. Él vivía entonces allí”). Junto a Duduka siempre el contrabajista Guto Wirtti, deslumbrante (también, como Elio, instrumento y ejecutante parecían uno solo, fundidos en un único ser). Para los fanáticos el plato fuerte fue el trío de Duduka, Wirtti y David Feldman en el piano, que lleva grabados cinco álbumes. El conjunto más virtuoso que subió a escena en este Festival.
Todos los días abrió el cuarteto Los amigos del Sosiego. Los uruguayos aplaudieron al mito local, Popo Romano, a Feldman y a Alfredo Jardim al piano, al argentino Juan Chiavassa en la batería (que no pudimos disfrutar como se merece, es un nombre que suena en la escena neoyorquina, y productor del álbum Candombe de Julieta Rada, nominado al Grammy), y a Diego Urcola con su trompeta, que esta vez fue el maestro de ceremonias en sustitución de Paquito.