Un pensador vigente

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Agustín Courtoisie

SI ALGUIEN dijese hoy que el progreso es ilusorio, que la gente común sabe lo que es bueno, y que ciertas estructuras sociales son las que echan a perder a los seres humanos, no resultaría nada novedoso. Si a eso se le agrega un elogio de la vida sencilla, en medio de paisajes agrestes, el resultado parece ser el credo más actual. Pero esa doctrina no es nueva. Hace trescientos años nació en Ginebra la persona que formuló por primera vez, con la mayor claridad, esas y otras ideas, tan removedoras como propensas a la banalización: Jean-Jacques Rousseau (1712-1778).

Claro que no puede sostenerse que toda la irritación que siempre han provocado su vida y su obra, se deba solamente a la incomprensión de sus críticos. Por ello es apasionante indagar en la historia de este gran pensador, músico, copista de partituras, botánico y colaborador de Diderot en la Enciclopedia. Autor de La nueva Eloísa (1761) y del Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1754) entre otros peculiares textos, la fama de Rousseau se debe en buena medida a sus apelaciones emocionales y su elegancia expresiva -sin duda, fue alguien que supo seducir hasta con sus contradictorias posturas-.

PERIPECIAS VITALES. Su madre había muerto a pocos días del parto y por ello Jean-Jacques fue criado por familiares. En Las Confesiones declara que "había nacido moribundo". "Un vicio de organismo en la vejiga me hizo experimentar durante los primeros años de mi vida una retención de orina casi continua; y mi tía Susana, que me tomó a su cargo, pasó increíbles trabajos". Hasta sus treinta años logra sobrellevar el trastorno pero la necesidad de orinar frecuentemente le complica el resto de la vida. Se queja en esas mismas páginas de dolores nefríticos y del molesto uso de sondas.

Consigna también el despertar precoz de su sensualidad, a los ocho años, ante los castigos de una joven mujer, la señorita Lambercier: "Hallarme a los pies de una mujer imperiosa, cumplir sus mandatos y verme en trance de pedirle mil perdones eran placeres inefables para mí".

En 1728, Jean-Jacques huye de Ginebra y encuentra refugio en casa de Madame de Warens, mujer decisiva en su vida, amiga y amante. De esta etapa proviene su afición a las letras, aunque era un imaginativo lector desde su niñez. Artesano grabador, hijo de un modesto relojero, Rousseau llega a ser camarero en Turín. En 1741 fija su domicilio en París, donde su carácter huraño, pese a sus futuros éxitos literarios, no le facilitará la vida social glamorosa propia de la ciudad. Amigo de Diderot, luego se convierte en enemigo de los enciclopedistas. En 1745 conoce a Thérèse Levasseur, mujer de condición social baja, que será la madre de sus hijos.

En 1755, Voltaire le escribe a Rousseau una carta a propósito del Discurso de la desigualdad: "Señor mío, he recibido vuestro nuevo libro contra el género humano. Nunca se había empleado tanto ingenio en querer volvernos tontos; al leer vuestra obra dan ganas de andar en cuatro patas". En todas partes parecen rechazar las doctrinas expresadas en sus obras y es perseguido por la justicia. En 1762 en París y en Ginebra se condenan y destruyen las dos obras publicadas ese mismo año: Emilio y Del Contrato Social. Por esto Rousseau escapa a Inglaterra hacia 1766. Allí conoce a Hume, con quien también termina por distanciarse. Regresa a Francia, protegido por el marqués de Girardin y muere el 2 de julio de 1778.

Por cierto, se trata de un autor que nunca tuvo buena prensa. Por ejemplo, una edición de la Enciclopdia Britannica afirmaba que "Rousseau no fue un pensador sistemático, lúcido ni riguroso" y que a lo sumo logró expresar con elocuencia las ideas de otros autores. Por su parte, en su Historia de la filosofía occidental, Bertrand Russell asegura que Rousseau fue "el inventor de la filosofía política de las dictaduras pseudo democráticas" y que "en nuestros días, Hitler ha sido consecuencia de Rousseau; Roosevelt y Churchill, de Locke". Si bien es cierto que la ambigüedad democrática del autor de Del Contrato Social o principios del derechos político (1762) se presta a muchos equívocos, quizás algunos tramos de sus obras admitan lecturas más entusiastas. Pero sobre Rousseau suele ser difícil argumentar, separando verdades de excesos. Enciende enseguida los ánimos.

Es frecuente, pongamos por caso, el reproche por haber enviado a sus cinco hijos a un orfanato. El acusado expresa en Las Confesiones: "Me contentaré con decir que, entregando mis hijos a la educación pública, por serme imposible educarlos, al destinarlos a ser obreros y campesinos mejor que aventureros y caballeros andantes de la fortuna, creí hacer un acto de ciudadano y de padre. Desde entonces, más de una vez, el pesar me ha indicado que me equivoqué; pero mi razón, lejos de decirme lo mismo, a menudo ha bendecido al cielo por haberles librado así de la suerte de su padre y de la que les amenazaba cuando me viese obligado a abandonarlos".

La idea del "buen salvaje" y el retorno a la Naturaleza es otra equívoca condensación de su camino intelectual. En el Emilio el autor despeja ese otro trillado lugar común que se le endilga. La formación del ser humano debe partir del trabajo manual y tolerar el desarrollo de las tendencias naturales del joven: "No quiere decir hacer de él un salvaje que se ha de abandonar en medio de los bosques, sino una criatura que, viviendo en medio del torbellino de la sociedad, no se deje arrastrar por las pasiones, ni por las opiniones de los hombres; que ve con sus ojos y siente con su corazón, y que no reconoce otra autoridad fuera de su propia razón". El "buen salvaje" y la vida primitiva, tal como los concibe Rousseau, siempre deben constituir una referencia segura para advertir cuánto ha perdido el hombre civilizado, pero no hay que malinterpretar esas ideas reguladoras. En el final de la nota 7, al culminar el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad, no sin ironía, manifiesta: "¿Qué ocurre entonces? ¿Hay que destruir las sociedades, aniquilar lo tuyo y lo mío y volver a vivir en los bosques con los osos? Conclusión característica de mis adversarios, la cual prefiero prevenir a dejarles la vergüenza de sacarla a la luz".

POR LA IGUALDAD. Si en un hipotético tiempo remoto cada ser humano debió ceder parte de lo suyo en favor de la comunidad con el propósito de vivir más protegido, el tránsito a la sociedad civil no necesariamente supone decadencia, si ese pacto apunta a un perfeccionamiento del estado de Naturaleza. Según Del Contrato Social: "Únicamente entonces la voz del deber sustituye al impulso físico, el derecho sustituye a la apetencia y el hombre, que hasta entonces había tenido en cuenta su propia persona, se ve obligado a actuar según otros principios y a consultar la razón antes de escuchar sus tendencias". Ese "contrato social" no es un acuerdo leonino entre un siervo y un señor. En una democracia a la Rousseau los gobernantes vivirían inquietos, porque "no son los amos del pueblo, sino sus empleados, y el pueblo puede nombrarlos y destituirlos cuando guste". Otro concepto vinculado a este circuito de ideas es el de "voluntad general" que con buen tino Philipp Blom ha señalado como análogo al de Diderot. En cierto sentido, parece haber un contraste flagrante entre, por un lado, el radicalismo de los sentimientos de cada individuo en los dos Discursos y en La nueva Eloísa, y por otro, el sometimiento a la "voluntad general" en Del Contrato Social. La contradicción puede disolverse si se toma en cuenta que, según Rousseau, las sociedades humanas que conocemos son opresivas y distorsivas de la espontaneidad y los instintos. Por ello tampoco son razonables. Deberían buscarse instituciones que permitieran despuntar las mejores simientes humanas: "Todo es bueno cuando sale de las manos del Autor de las cosas; todo degenera entre las manos del hombre".

Es oportuno aquí el comentario de Nicolás Abbagnano: "La naturaleza humana no es razón; es instinto, sentimiento, impulso, espontaneidad. La misma razón se extravía y se pierde, si no tiene por guía el instinto natural". Esa conciliación de lo racional y lo natural debiera conducir al diseño de instituciones más coherentes y de efectos menos perversos. De ahí la enorme vigencia de Rousseau al buscar las raíces de la pérdida de sociabilidad de los seres humanos. Una de ellas es el respeto irrestricto de la propiedad privada y, más en general, la desigualdad, causa de todos los males.

Sorprende advertir que investigadores sociales contemporáneos, como Richard Wilkinson y Kate Pickett en The Spirit Level (2009), con métodos cuantitativos basados en la desigualdad de renta y el índice de Gini, hayan confirmado en gran parte las intuiciones básicas de Rousseau, y hoy exijan abatir la desigualdad para reducir la mayoría de los problemas sociales. También que psicólogos como Philip Zimbardo, de la Universidad de Stanford, hayan sugerido que las estructuras y los roles institucionales puedan sacar lo mejor y también lo peor de los individuos (conclusiones obtenidas a partir del célebre experimento de "presos y guardianes", en la década del 70, donde participaron estudiantes universitarios). Esas y otras llamativas coincidencias -por ejemplo, la del liberalismo igualitario de John Rawls- son motivos adicionales para volver a Rousseau.

LIBERALISMO HUMANITARIO. En un tramo notable del libro Problemas del hombre, John Dewey explica que "el liberalismo, como movimiento consciente y militante, surgió en Gran Bretaña como confluencia de dos corrientes diferentes". Una de esas corrientes, la más conocida, fue la del "liberalismo económico". La otra corriente, el "liberalismo humanitario", estaba integrada entre otros aportes por "el gran influjo ejercido por Rousseau, el verdadero autor de la doctrina del hombre olvidado y de las masas olvidadas". Y agrega que la influencia de Rousseau "fue casi tan grande en literatura como en política, y contribuyó a crear en Inglaterra, en el siglo XVIII, la novela del hombre común, influencia literaria que en el siglo XIX encontró tan vivaz expresión en las novelas de Dickens".

Un primer fragmento para mostrar la pertinencia de las afirmaciones de John Dewey sobre Rousseau, pertenece al Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres. Dice así, en lo referido a la propiedad privada como fundante de las diferencias entre los seres humanos y de la desigualdad, madre funesta de todos las crueldades, en fecha tan temprana como 1754: "El primer hombre a quien, cercando un terreno, se le ocurrió decir esto es mío y halló gentes bastante simples para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, asesinatos, cuántas miserias y horrores habría evitado al género humano aquel que hubiese gritado a sus semejantes, arrancando las estacas de la cerca: guardaos de escuchar a este impostor, estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y la tierra de nadie!".

En páginas anteriores a la citada, Jean-Jacques Rousseau postula a la piedad como la matriz generadora de todas las virtudes sociales: "En efecto, ¿qué es la generosidad, la clemencia, la humanidad sino la piedad aplicada a los débiles, a los culpables o a la especie humana en general? La benevolencia y la amistad incluso son, bien miradas, producto de una piedad constante, fijada sobre un objeto particular; porque desear que alguien no sufra, ¿qué es sino desear que sea feliz?".

Luego siguen párrafos donde muestra las fortalezas y a la vez las miserias de la razón, si se la aplica en forma puramente argumental, discursiva, vacía en definitiva. Importa reivindicar, pues, "la conmiseración", es decir, "un sentimiento que nos pone en el lugar del que sufre, sentimiento oscuro y vivo en el hombre salvaje, desarrollado pero débil en el hombre civil", que debemos presumir por "civilizado". He aquí el elogio de las masas olvidadas de que hablaba el comentarista estadounidense, en este remate pleno de respiración callejera típica del estilo del ginebrino: "En los disturbios, en las disputas callejeras, el populacho se congrega, el hombre prudente se aleja: la canalla, las mujeres del mercado son las que separan a los que están peleando y las que impiden que las personas honradas se degüellen mutuamente".

Por último, en Las Confesiones retorna de esta manera el dolor por la desigualdad y la injusticia, a raíz de un episodio de maltrato cuando niño. Ocurre que Jean-Jacques había sido acusado y castigado, sin merecerlo, por la rotura de una peineta. En esta ocasión, lamentablemente, no fue la señorita Lambercier la encargada de reprenderlo, sino su preceptor y la hermana, con toda su prepotencia adulta: "Cuando leo las crueldades de un feroz tirano, las sutiles falacias de un cura trapacero, acudiría de muy gustosa gana a hundir un puñal en su pecho ruin, aunque ello una y mil veces me costase la vida. Con frecuencia he sudado a mares persiguiendo a la carrera, o a pedradas, a un gallo, a una vaca, a un perro, a un animal cualquiera que, sólo por sentirse más fuerte, atormentaba a otro. Quizás este arranque sea ingénito a mi naturaleza y así lo creo; pero durante tan largo tiempo estuvo enlazado al recuerdo de la primera injusticia sufrida, que ésta debe haber contribuido a arraigarlo en mi alma".

No se equivocaron los revolucionarios franceses, por cierto, cuando decidieron el traslado de sus restos al Panteón, en 1794.

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