Un maestro de Alemania

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Hugo Burel

DE SOLO MIRARLO exteriormente el volumen de los cuentos completos de Thomas Mann amedrenta: más de 950 páginas en edición rústica que pesan sus buenos 400 gramos. El libro incluye treinta y dos textos que oscilan entre el cuento breve de apenas dos carillas, los relatos de veinte o más páginas, varias novelas cortas y hasta un esbozo de guión cinematográfico para una película muda, Tristán e Isolda, sobre el poema épico de Gottfried von Strassburg, que nunca llegó a rodarse.

De ese conjunto heterogéneo lo primero que se infiere es la parcialidad de su título, que induce al encuentro de narraciones concebidas bajo la difícil exigencia del cuento. En realidad el grueso volumen alberga todo aquello que Mann escribió por fuera de las novelas que cimentaron su prestigio y que sirvió para que el autor de La montaña mágica ensayara o anticipara algunos de los temas que el desarrollo de largo aliento de su obra después concretaría. Para el caso de esta edición de Edhasa, hay que valorar también que es la primera vez que aparecen estos relatos en español agrupados por orden cronológico y el conjunto aspira a lo total y definitivo sobre esa parte de la producción del autor alemán premio Nobel de 1929.

Hijo de una acaudalada familia de comerciantes, Mann nació en Lübeck, Alemania, en 1875. Tras estudiar en un instituto de dicha ciudad, marchó con su familia a Múnich, en cuya universidad, y con la idea de ser periodista, estudió historia, economía, historia del arte y literatura. Comenzó su carrera como escritor colaborando con la revista Simplicissimus. La primera historia de Mann, "El pequeño señor Friedemann" se publicó en 1898, pero, curiosamente, en el libro aparece en sexto término y contiene quizá una de las historias más crueles del autor.

La fama le llegó a Mann a una edad temprana ya que con 25 años publicó Los Buddenbrook, que describía la decadencia de una familia burguesa. Ese tema -la decadencia como destino ineluctable y cifra de la existencia- se reiterará en la obra de Mann, junto con otros, como la imposibilidad del amor, el yugo de la sexualidad y el divorcio entre la aristocracia intelectual y la vida externa. Más allá de la reiteración o el anticipo de temas -de hecho muchos relatos fueron escritos en paralelo con la gesta de alguna de sus historias noveladas- leído el conjunto, queda claro que las formas breves no le sentaban a Mann y que su escenario preferido estaba en la arquitectura monumental de sus novelas.

LO ESCRITO Y LO DICHO. A propósito de la obra de Mann el filósofo Theodor W. Adorno escribió: "El verdadero despliegue de su obra sólo comienza cuando uno atiende a lo que no está en la guía [...] Mejor examinar tres veces lo escrito que una y otra vez lo simbolizado". Al leer a Mann de ese modo se descubre su aguda novedad, la manera en la que prefigura a autores tan diversos, y opuestos en ocasiones a su poética, como Franz Kafka o Thomas Bernhard. Como afirma Marisa Siguán, lo fascinante y nuevo en el modo narrativo de Mann era que hacía fracasar las formas transmitidas del siglo XIX en su contacto con la realidad del nuevo siglo. El medio que encuentra Mann para abrir esas formas narrativas a una nueva experiencia es la ironía que permite desbaratar las certezas de la lectura. Lo que se lee puede ser lo que se lee y también lo contrario. Nada más irónico que el desengaño amoroso de "La caída" (1894), que con sus intrincadas y fallidas relaciones amorosas -un poco melodramáticas- proyectaron a Mann como escritor de interés. Lo mismo sucede en "Venganza" (1899) o en "Sangre de Welsungos" (1905), donde cuenta en clave decadente y operática la saga de su familia inspirándose en el primer acto de La Valquiria de Richard Wagner: el incesto entre los hermanos gemelos Sigmundo y Siglinda.

LO LATENTE Y LO MANIFIESTO. Los diarios personales de Mann, que salieron a luz en 1975, revelan su lucha interna contra una homosexualidad siempre latente que se insinuó en sus libros, en especial en la nouvelle Muerte en Venecia de 1912, en la que el envejecido protagonista Gustav Von Aschenbach se enamora de un muchacho de 14 años llamado Tadzio. Esta novela breve es sin dudas una de las tres o cuatro obras maestras del género, junto con La metamorfosis de Franz Kafka y La muerte de Ivan Ilich de Leon Tolstói; el hecho de haber sido llevada al cine por Luchino Visconti en 1971 dio al texto una fama imperecedera. Es uno de los mejores del conjunto, pero su tema -el del amor homosexual o su imposibilidad por represión o convenciones sociales- sobrevuela también otros relatos. Lo autobiográfico latente o manifiesto impregna muchas narraciones del conjunto. Inclusive con aspectos de humillación o sumisión por diferencias, no solo de clase, sino inclusive vinculadas a la raza. En Tonio Kröger, la melancolía, la intelectualidad y el carácter reflexivo y sensible de Tonio, moreno y de ojos oscuros, se opone a la vitalidad de los rubios de ojos azules que son sus amigos Inge y Hans.

LO APOLINEO Y LO DIONISIACO. Tanto en estilo como en pensamiento, Thomas Mann experimentó mucho más atrevidamente de lo que comunmente se supone. Pero su experimentación fue más notable y lograda en las novelas que en los cuentos. Dentro de la maestría de su estilo y desde la diversidad de perspectivas con las que aborda sus temas, da cabida al tono melancólico, la tragedia existencial -la vejez, la enfermedad, el desgarramiento ante el amor equívoco o imposible- o la exaltación de la vida. Mann evoluciona en sus relatos hasta que en el último, "La engañada", de 1953 -escrito dos años antes de morir- narra un enamoramiento que es una prefiguración de la muerte. Une la pasión a la enfermedad y con ello elabora un canto a la vida que se erige a pesar de la muerte. Mann es el típico escritor que oscila entre lo apolíneo y lo dionisíaco y el personaje de Von Aschenbach de Muerte en Venecia sintetiza esas pulsiones que apenas subliman un caso de pederastia no consumada que adquiere en el final ribetes patéticos.

Estos relatos abruman si se acomete su lectura en plan continuo y se puede colapsar de agotamiento si uno no dosifica el ritmo. Muchos de sus temas lucen hoy superados porque el mundo en el que fueron concebidos ya no existe. No obstante demuestran el dominio narrativo de Mann y su elegancia para construir atmósferas ambiguas, decadentes o sofocantes espacios mentales constreñidos entre una mirada aristocrática y una necesidad de abismo moral, de secreta y entrevista decadencia y acaso de muerte. Pero a veces, sus argumentos no están a la altura de su factura. También, en el conjunto, como definió Pablo Gianera en un artículo para La Nación, "la felicidad y el arte se anulan y traicionan mutuamente. El arte promete la felicidad, pero su realización, incluso a escala doméstica, vuelve inútil a aquél".

Como en todo conjunto que aspira a incluir la totalidad de la obra de un autor, hay diferencias de madurez y de destreza. Por momentos se sufre un cierto agobio ante descripciones minuciosas y registros abrumadores del mundo interior de los personajes. Pero como suma constituye un material inevitable para acceder a una porción importante de la obra narrativa de este autor canónico. No en vano el exigente Harold Bloom ha declarado que Thomas Mann es el último gran escritor que surge de Goethe y que, al igual que él, se ve relegado a las sombras. Quizá esta edición arroje un poco de luz contemporánea sobre este maestro de Alemania.

CUENTOS COMPLETOS, de Thomas Mann. Edhasa, 2010. Buenos Aires, 952 págs. Distribuye Océano.

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