Un joven poeta de Tacuarembó

 cultural Washington Benavides y Eduardo Darnauchans 20070824 250x282

JUAN DE MARSILIO

PARECIDO no es lo mismo: seudónimo y heterónimo son cosas distintas, aunque se las confunda. Un autor puede firmar con otro nombre que el de la cédula, sin que ello implique más de una personalidad (por lo menos poética). Cierto que el seudónimo puede comerse a la persona que viene con el poeta: en cierto punto de su vida, no se veía que a Pablo Neruda le quedase un rincón para Neftalí Ricardo Reyes. Habrá que estudiar la relación entre Washington Atahualpa Benavídez y Washington Benavides (su seudónimo como poeta), pero esa tarea excede a este artículo.

DESLINDES. El heterónimo, según Pessoa, o complementario, según Antonio Machado, es otra personalidad que le surge al poeta. Le surge: no es sólo una ficción, sino también un modo de sentir y pensar, una temática, un estilo y un punto de vista. Escribe, siente y piensa diferente que ese otro por cuyo cuerpo anda de a ratos.

Lo anterior no impide que haya semejanzas y coincidencias entre el poeta inicial y sus heterónimos, que por algo salen de él, es decir, de sus vivencias y lecturas. Pero se diferencian y no poco: basta leer lo que Pessoa firma y lo de sus heterónimos, o comparar a Machado con Abel Martín y Juan de Mairena, para darse cuenta. Es que tenemos materia psíquica para muchas vidas pero oportunidad para una sola: nuestros heterónimos son lo que podríamos haber sido.

La heteronimia debe también diferenciarse del escribir, en son de tributo o de parodia, "a la manera de" tal o cual poeta, que cuando quieren lo hacen muy bien Agudo y Benavides, sin dejar de ser quienes son ni ocultar a quién le piden prestado.

EL OTRO. Pedro Agudo Erramuspe no es Washington Benavides, ni es tampoco su único heterónimo. Nació en Paso Bonilla, Tacuarembó, en 1932, vivió tímido y alcohólico, y murió en 1958, en la capital del departamento, de una enfermedad "terminal" dormida. Aparte de Amarili y El infierno, de este volumen, escritos entre 1950 y `54, le guarda Benavides varios inéditos (por confusión entre seudónimo y heterónimo, han sido publicados algunos poemas de Agudo, pero atribuidos a su amigo y paisano). Esto dice la breve biografía, puesta luego del prólogo de Ricardo Scagliola, que orienta bien sobre qué es un heterónimo, las diferentes poéticas entre ambos autores y las líneas maestras de estos poemarios. Veamos esas diferencias y esas líneas.

EL UNO Y EL OTRO. Benavides ha madurado y envejecido. Agudo no. La obra del primero, tanto en el acuse de influencias, como en sus temas y estilo (o mejor estilos, porque Benavides es capaz de pulsar "la guitarra de Gabino /y el arpa del Rey David", además de buena parte de lo que haya en medio), puede estudiarse comparando las etapas de su desarrollo. La del segundo es y será toda ella juvenil, hasta incluso si se descubren más originales suyos. En segundo lugar, los tonos y actitudes son diferentes. El primer libro de Benavides, Tata Vizcacha, de 1955, es poesía militante, sátira fiera de la hipocresía de los notables de su ciudad, denuncia pública de la injusticia, escrita con versos como pedradas. Estos textos de Pedro Agudo, influido, como su paisano, por Machado, pero mucho más por Sartre, Camus y Kierkegaard, son más intimistas, tanto en los poemas de amor desesperado, carnal y espiritual al mismo tiempo, de Amarili, como en los sonetos, cargados de angustia y soledad, de El infierno, que ya no son los otros, como en A puerta cerrada, de Sartre, sino un nosotros en el que el poeta se incluye primero que nadie ("Llevo el infierno oculto y te sonrío").

EL TRISTE Y LA BELLA. Los poemas de Amarili, los más en verso endecasílabo, tienen una música fluida con notas de aspereza (algún cambio de ritmo o algún verso más breve) a tono con el amor que cantan, a la vez tormento y consuelo del amante, que se siente tierra enamorada de un sol rubio. Esto recuerda en algo a los poemas de Miguel Hernández en El rayo que no cesa y también a la poesía amorosa del Siglo de Oro. Hay también un lado metafísico (o antimetafísico) en este amante que ve en el cuerpo que ama también un alma, "...que es dolor intenso/ Hilo rojo torcido, que alguien teje/ En el cáñamo heroico de los huesos", y cree en un Dios que con él vive y morirá con él. Destacan los textos en que se plantea el tema del alcohol, así como también los dos intervalos, sobre todo el segundo, "Delirios por Salomé", poema juguetón escrito a la manera modernista.

EL INFIERNO. El tono del segundo poemario es más doloroso y desesperado. Desde el inicio aparece la soledad como centro. El poeta se siente sin salida: la vida es un rápido viaje a la nada y él un don Nadie, un cero a la izquierda. Pero esta soledad e insignificancia, rodeadas por las de los otros, hacen el infierno. En este marco es que se llega a dudar del amor como experiencia de sentido ("¿Será mentira la verdad de amarnos / Y borborigmo lo que fue un arrullo?"). Y aunque sobre el final afirme que habrá un compañero y que ama a su pueblo cuanto más le duele, Agudo no diluye el clima de angustia y soledad (verso final: "Somos nosotros El Infierno. Claro.").

EL LENGUAJE. Agudo maneja un lenguaje castizo y rico, con términos poco frecuentes en el habla cotidiana (vayan para ejemplo grima, alacridad, borborigmo y recoleto, entre otros) incluso para su tiempo y su pago. Los combina con vocablos y giros más propios de nuestro lenguaje: yuyo, amargo (por mate amargo), que granizan parejo. Hace también un uso peculiar de la palabra crencha, que suena rara al referirse a la cabellera amada. Este manejo del lenguaje emparenta al poeta con Benavides (pero no es mengua de su autonomía: puede observarse también en su coetáneo y compaisano Walter Ortiz y Ayala, poeta bien de carne y hueso). La sintaxis es llana: si bien hay frases que se encabalgan entre varios versos o alteran el orden usual de sus miembros, el lector puede seguir el discurso poético sin tener que pararse a desatar nudos sintácticos.

Los juegos de palabras y la repetición de sonidos contribuyen a armonizar la música del texto y su sentido. Así, sobre el cabello de la amada, dice: "Ilustre llama, lustre de madera/ De naranjo amarillo o limonero". O refiriéndose a la belleza corporal de Amarili: "Por tus ojos que molerá el molino/ y que no ven lo que nosotros vemos..., entre otros muchos casos".

Esperemos que pronto se publiquen los inéditos de este joven poeta de hace medio siglo, así como la obra de los demás heterónimos que han acompañado, aunque sea por algunos trechos, las andanzas poéticas de Washington Benavides.

AMARILI Y OTROS POEMAS, de Pedro Agudo. Ed. de la Banda Oriental (Serie: heterónimos de Washington Benavides), 2006. Montevideo, 96 págs.

Un poema de Pedro Agudo

DEL PORRÓN de cerámica holandesa

Agua con brasas, en la tarde vierte

Un almacén paisano en mi cabeza.

Un rostro débil y otro rostro fuerte

Me cercan, conocidos, fraternales;

Ojos de ojales, dedos como tallos.

Serenos somos, somos animales

Que guardamos palenques y caballos.

La baja luna, el polvo que la muestra

Cuando un sulky chillón las desenrolla

De su pálida esfera de cebolla,

Oscureciendo van la vida nuestra.

"Nuestra" -parece que los tres dijimos.

Algo efervorizó la propia nada - ,

Y a la aventura personal volvimos

Como rayos de rueda descentrada.

( Amarili, 11)

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar