JORGE ABBONDANZA
FRITZ HABER (1868-1934) no ha pasado a la historia como una de las celebridades científicas del siglo XX, pero ese olvido es injusto. Nacido en una familia judía de comerciantes acomodados de Silesia, Fritz vino al mundo en Breslau tres años antes de la creación del Imperio Alemán, estudió química, fue un joven discreto y obtuvo sus primeros puestos de trabajo gracias a las vinculaciones de su padre. Con el tiempo, los rasgos distintivos de Fritz serían su entusiasta capacidad laboral, su don de mando, su ambición y su maestría para organizar grandes equipos de colaboradores en torno a un proyecto. Esas cualidades lo llevarían a presidir uno de los descubrimientos decisivos para la economía de la época moderna, la síntesis industrial del amoníaco a partir del nitrógeno, sin lo cual no existiría la inmensa fuente de fertilizantes agrícolas capaces de alimentar hoy a una tercera parte de la humanidad.
Antes de esa hazaña, Haber ya había ascendido en su carrera profesional hasta ubicarse como director del Instituto Kaiser Guillermo de Berlín, posición que lo convirtió en uno de los científicos más influyentes y poderosos de Alemania. Esa vida, con su espectacular apogeo y luego su caída, es lo que cuenta el inglés Daniel Charles en el libro Between Genius and Genocide. The Tragedy of Fritz Haber, Father of Chemical Warfare (Pimlico, 2006). Allí se describe no sólo la condición personal de Haber, un judío que se convirtió al cristianismo y mostró ser un fervoroso patriota como científico al servicio de la causa alemana, sino su habilidad para asociarse a la mayor empresa química del país (la BASF) como respaldo para llevar adelante sus descubrimientos.
Sin ellos, Alemania no habría podido sostener el esfuerzo bélico durante la Primera Guerra Mundial, porque el nitrato necesario para la fabricación de municiones ya no podía llegar desde las minas de Chile a causa del bloqueo naval británico y pudo obtenerse mediante el proceso industrial creado por Haber y financiado por BASF. Pero Haber hizo algo más en esa guerra: desarrolló antes que nadie los gases asfixiantes que inauguraron una nueva arma, luego imitada por ingleses y franceses a lo largo de las trincheras. El dilema moral de proveer un producto mortífero no perturbó a Haber, convencido de que los combatientes morían igualmente bajo las balas o las bombas.
OTROS GASES. Cuando la Primera Guerra Mundial quedó atrás, el enturbiado prestigio de Haber como impulsor de la guerra química no le impidió obtener el Premio Nobel (en 1919) ni moverse en la primera línea del mundo científico a escala internacional, con amistades tan destacadas como Albert Einstein, una relación que sobrevivió a pesar del sionismo de uno y la germanofilia del otro. El encumbramiento no mejoró empero la vida personal de Haber, cuya primera mujer se suicidó y cuyas segundas nupcias desembocaron en divorcio, experiencias de las que quedaron tres hijos. La fama y sobre todo la riqueza personal (anulada luego por la bancarrota alemana de 1922) tampoco compensaron la ambigüedad del científico, cuyas investigaciones lograrían por ejemplo el desarrollo del gas Zyklon, que a través de uno de sus derivados (utilizado inicialmente como pesticida en el campo) se emplearía desde 1942 para exterminar seres humanos en las cámaras de los campos nazis de concentración. Al morir en 1934, ya repudiado como judío por el régimen hitleriano, Haber no llegó a conocer el espanto de Auschwitz, pero su nombre queda flotando por detrás de los usos bélicos y genocidas de los gases que fabricó en el laboratorio.
Esa es la tragedia a la que alude Daniel Charles en el título de su libro, y tal vez la causa de que el nombre de Fritz Haber no ocupe el sitio que le corresponde entre los científicos mayores del siglo pasado. Varios de esos colegas han recibido mejor trato de la posteridad, a pesar de haber intervenido en otro emprendimiento horroroso, el de la energía atómica con fines militares. Para tener una idea de la magnitud de los descubrimientos de Haber, conviene saber por ejemplo que un millón de toneladas de nitrógeno se extrae anualmente del aire, se convierte en amoníaco y se esparce sobre la superficie del planeta como fertilizante. "Un tercio de toda la población del mundo, es decir 2.000 millones de personas, no podrían sobrevivir sin el proceso que Haber descubrió". Claro que esa maravilla tiene su reverso en los residuos de nitrógeno que contaminan terrenos y ríos luego del tratamiento industrial, con una consecuencia tan desastrosa como el efecto invernadero causado por la quema de petróleo y carbón. Pero así es el progreso, diría Chaplin.
Acorralado entre sus deslumbrantes conquistas científicas, su colosal aplicación industrial y el problema de conciencia que implicaba una parte de esos descubrimientos, Haber fue una figura dramática y llena de claroscuros. Murió de una crisis cardíaca en Basilea y puso así un punto final a esa existencia que Daniel Charles explora con una envidiable lucidez, un ojo crítico permanente y un manejo de copiosas fuentes de información que convierten su libro en un acceso tanto más rico al hombre que la historia del siglo pasado borró de sus registros y homenajes.