Sin ropa

LOS TÍTULOS de los libros pueden conducir a equívocos, como Cuerpo vestido, cuerpo desvestido. Antropología de la ropa interior femenina, de Daniel Vidart y Anabella Loy, donde la ropa interior ocupa en realidad un espacio marginal.

Ameno y muy informado, como es habitual en los textos de Vidart, el libro abre perspectivas visuales hacia el erotismo, la desnudez, la historia del pudor, la moda, el piercing y el tatuaje. Pero a la vez esquiva el tema que forma parte del título: la ropa interior femenina.

No expone un sistema, no hace descripciones, es tímido en la exposición de obras de arte en las que se muestra ropa interior. Al mismo tiempo, es arriesgado al suponer que muchas figuras que se encuentran en el acervo de nuestra cultura (u otras) tienen algo que ver con la ropa interior, más allá del parecido formal: las estatuitas de diosas cretenses de larga falda y pecho desnudo, por ejemplo, o los frescos egipcios en los que figuras femeninas visten ropas parecidas a una tanga, o los taparrabos que visten ciertas mujeres sudanesas. O bien no se trata de ropa interior o bien no sabemos de qué clase de atuendo se trata.

El libro no define el concepto de ropa interior, pero en cambio abunda en hipótesis como éstas: "Existen dos figuras femeninas cuyos cuerpos desnudos, salvo el bajo vientre cubierto por una especie de tanga, con rayas verticales intensamente modeladas en arcilla, nos hacen pensar en la posible existencia de prendas semejantes a la ropa interior, si es que dicha ropa íntima existía". Se trata de suposiciones de los autores, que podrían servir de punto de partida para una investigación que el libro no incluye.

La estrategia parece ser la de postular conclusiones como si se tratara de hechos demostrados: "En la actualidad los diseñadores de ropa masculina apuntan a las apetencias narcisistas de un público cautivo de la propaganda, así como explotan las expectativas igualitaristas de las mujeres de hoy". En esta frase, muy densa en axiomas, se evidencia una hipótesis de autocelebración femenina que, según los autores, habría estado ausente de los intereses masculinos hasta la oportunista aparición de los diseñadores de ropa actuales. Para los autores, la vanidad es un atributo exclusivamente femenino: "[la lencería] tiene un valor singular para la mujer como un atributo que contribuye a su regocijo personal, a los diálogos con el espejo, a sentirse íntimamente atractiva e incrementar su autoestima, y por tanto, el desempeño -el juego- erótico".

Como se ve, la mirada del texto es androcéntrica. El tema "ropa interior femenina" está naturalmente unido al tema "ropa interior masculina", pero Vidart y Loy suponen que la ropa interior masculina es neutral, una atalaya desde la que se domina el paisaje, y por lo tanto no se la menciona. El androcentrismo que domina el libro impide la simetría y da por sentado que la mirada sólo es posible desde lo masculino.

La elección arbitraria de causas y efectos se extiende también a algunas observaciones de apariencia científica. Por ejemplo, se cita al zoólogo Desmond Morris para explicar el surgimiento del taparrabos como consecuencia del efecto que produciría la visión de los órganos sexuales desde que los homínidos adquirieron una postura erecta. Esta afirmación completamente arbitraria es tan válida como su opuesta: que el efecto de la visión es una consecuencia de la posibilidad de exhibición de los órganos sexuales. Como se trata de asuntos opinables, el libro dejará muy satisfechos a algunos y muy irritados a otros, dependiendo de las convicciones con las que vaya provisto cada lector a la lectura.

El libro tiene sin embargo interés por la variedad de asuntos que aborda, todos relacionados con el cuerpo y con el erotismo, aunque la ropa interior no tenga el lugar que promete el título.

CUERPO VESTIDO, CUERPO DESVESTIDO. ANTROPOLOGÍA DE LA ROPA INTERIOR FEMENINA, de Anabella Loy y Daniel Vidart. 168 págs. Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo. 2008.

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