Letras de Corea

Siete relatos de Park Min-Gyu en el libro "Aspirina": el surcoreano que anestesió el suicidio

Son piezas de un realismo delirante, con un humor mordaz que corre en la superficie

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Park Min-Gyu
(Malas Tierras)

por Mercedes Estramil
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Como parte de un estilo, algunos escritores despliegan en exceso recursos tipográficos distintivos o poco utilizados. Por ejemplo, uso de onomatopeyas, expresiones en mayúscula, paréntesis. Cuando no es por distracción o torpeza, esas elecciones quieren decir algo. El surcoreano Park Min-Gyu (1968) emplea puntos suspensivos y el recurso es coherente con sus historias de personajes en suspensión, hiperpensantes, aletargados por un mundo incomprensible y en acelerado cambio.
En los últimos años, de Corea del Sur llega un viento artístico e intelectual que no pasa desapercibido. El cine de Park Chan-wook, Kim Ki-duk, Bong Joon-ho; la exportable filosofía de Byung-Chul Han; o la asignación del Nobel de literatura a Han Kang, dan buena muestra. Park pasó por varios “trabajos forzados” antes de meterse de lleno en la escritura, ya con cuarenta años. Fue un perfecto buscador de dinero, en consonancia con la pujanza económica de su país, y escribe sobre eso: individuos infelices y solitarios dedicando el tiempo precioso de la vida a una carrera laboral extenuante que ganarán otros, o nadie. Sus novelas y relatos exponen un realismo delirante y un humor mordaz en su superficie, pero rascando apenas se ve el pozo de tristeza y angustia existencial que contienen. Los siete relatos de Aspirina traducen al español parte del libro Double, una recopilación de dos volúmenes publicada en 2010.

Pobres criaturas. La imaginación de Park es crítica y brinda parte del placer de leerlo. Si no es novedoso lo que plantea, sí lo es la forma de plantearlo. El relato que abre y da título es un ejemplo. En “Aspirina”, narrado en primera persona, un oficinista vive la cotidianidad de su trabajo en una empresa de publicidad (presentar y debatir ideas, salir a comer, mandar y recibir mensajes de celular, etc.) cuando se descubre suspendido en el cielo un OVNI gigante. Aunque las autoridades salen a hacer anuncios televisivos, nada es hollywoodense. Es decir, no se altera el trabajo ni se sale corriendo ni se llama a los héroes a repeler la amenaza. Las catástrofes ya no son catástrofes sino apenas minutos de información. La vida sigue su curso, con eso ahí arriba, hasta que se descubre qué cosa es, y en ese descubrimiento —bombardeo de acidez al sistema —brilla el ingenio de Park. “Las catástrofes naturales de los nuevos tiempos se caracterizaban por el hecho de que no lo eximen a uno de seguir sentado y sacando adelante el trabajo. Desplegué el material de marketing para el lanzamiento de la ropa interior contra la incontinencia (…). Como siempre, el trabajo me sirvió para olvidarlo todo”, dice el protagonista.
El final de estos individuos encadenados (familia de esa “sociedad del cansancio”, devota del rendimiento, que analiza Byung-Chul Han) no puede ser otro que un (in) confortable geriátrico que controle sus esfínteres y anestesie su alma. Así ocurre en “Siesta”, donde un viejo insomne e incontinente reflexiona: “Desvelarse por la noche es como perder el autobús que te lleva al trabajo”. En ese desvelo entra una biografía de equívocos: el matrimonio concertado, la crianza de hijos que lo heredaron y lo olvidaron, la llegada tarde a un nuevo intento de felicidad y, claro está, el trabajo, la ocupación permanente de ganarse la vida para no caer en la temida pobreza o en la solución rápida de quitarse de en medio. Los personajes de Park son creíbles y queribles, aun en la incomodidad que provocan. A muchos los define el no haber sabido vivir y un cierto estigma de tibieza, y se sabe que lo tibio es ambiguo.

Trabajo, violencia, sexo. La contracara de ese vegetar aburrido viene en ráfagas de violencia cuya explosión no se ve, pero está. Uno de los relatos más crudos, “¿Es que vamos a seguir así hasta el final?” está ambientado en Estados Unidos en la víspera de una hecatombe por el impacto de un cometa contra una Tierra vandalizada y sin gobierno. Dos vecinos, Adams y Chang, resignados a su suerte, tienen un altercado (Adams hace ruidos con un balón de fútbol americano y el asiático Chang no puede dormir y lo encara, armado) pero comienzan a conversar, comer y beber y terminan despidiéndose como gente civilizada. Sin embargo, uno de ellos oculta un crimen atroz. En esa sutil mención el relato redobla su apuesta: la humanidad está detonada y quizá merece ser pateada fuera de juego como una pelota.
La prosa de Park, fluida y descontracturada, con metáforas insólitas y divertidas, con mucho cinismo expuesto, también explora la intertextualidad con ingenio. Park se licenció en escritura creativa en Seúl, en la especialidad lírica (que no siguió), aunque luego hizo trabajos en el campo naviero y publicitario, y si bien por momentos su narrativa parece exquisitamente amateur —en el sentido de poco pulida, nada perfeccionista— en otros logra ensamblar sus historias con títulos de ligas mayores. Es el caso de “Adiós, Zepelín”, claramente inspirado en el Moby Dick de Herman Melville. Aquí no es el capitán Ahab buscando a la ballena blanca, sino un joven empleado que mientras sueña con llegar a jefe de sección y casarse con la chica equivocada, debe perseguir y alcanzar a un zepelín que perdió su jefe. El resultado, loco y triste, se camufla en la adrenalina de la persecución.
Aspirina se cierra con otro homenaje. El Samuel Beckett de Esperando a Godot (1952) resuena en “¿A usted también lo creó el creador de la oveja?”, relato tragicómico y absurdo en el que dos sujetos, Ko y Do, defienden una fortaleza sin saber cómo ni cuándo ni por qué o para qué llegaron ahí. En medio de recuerdos falsos, sexo sanitario y depresión generalizada, estos ya no esperan a Godot (como Estragon y Vladimir) sino que reaccionan con violencia hacia el afuera y hacia sí mismos. Imposibilitados de ampararse en los sueños, la realidad los alcanza. Ese es el drama, sin escapatoria posible, en las ficciones de Park, esa velocidad de lo real para imponerse y destruir el sueño y la esperanza. Puede camuflarse en la vejez, la demencia, la guerra, la invasión, la soledad, la enfermedad, el enemigo, pero avanza hasta alcanzarnos.
ASPIRINA, de Park Min-Gyu. Malas Tierras, 2025. Buenos Aires, 247 págs. Traducción de Luis Alfredo Frailes Álvaro.

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