Sartre maldito

Felipe Polleri

JEAN-PAUL SARTRE no está de moda. En lo que a mí respecta, El ser y la nada es un trabalenguas interesante y la teoría del "escritor comprometido" una vieja, viejísima, bola de naftalina. Su obra literaria es muy respetable y digna de ser leída; claro que en el siglo de Céline, Malraux, Saint-Exupéry, Michaux, etc., poco y nada tiene que hacer. Por otra parte hay un Sartre que me sigue pareciendo, sin reservas, genial. Se trata de un Sartre escondido por razones no muy difíciles de desentrañar. Ese Sartre, todavía hoy incómodo, todavía hoy contestatario, todavía hoy "repulsivo", escribió San Genet, Comediante y mártir. Desde Jean Genet, tal vez el mejor prosista del siglo XX, cuyo estilo solo puede compararse al de Proust, ese hijo del orfanato, ese mendigo, ese ladrón, ese marica, ese traidor, Sartre escribió el mejor y más venenoso ataque a la burguesía de todo el siglo. Porque Genet, existencialista sin saberlo, se elige traidor, marica, ladrón, mendigo, excremento de la sociedad burguesa para erigirse en su contra, enemigo hasta el fin, valiéndose de su infinita malicia y retorcida perversidad. El análisis existencial, económico, político, etc., de Sartre tiene una claridad y una virulencia que el propio Genet no desaprobó. Como la amistad de Boswell y Johnson, el encuentro de Genet y Sartre fue uno de esos aciertos del destino que se dan una vez por siglo. Esta obra maestra de 700 páginas es uno de mis libros de cabecera. Pero también releo a menudo otros libros de Sartre, como el autobiográfico Las palabras, Literatura y arte: Situations IV, donde hay un soberbio estudio sobre el Tintoretto en lucha con su Venecia natal y unas diez páginas sobre Wols, pintor maldito, cuya influencia sobre el arte moderno es tan secreta como fundamental. Lo que consigue Sartre con Wols, su amigo, es además un retrato químicamente puro del artista maldito de todos los tiempos y lugares. "La Belleza, prueba silenciosa, unidad cósmica de las partes y del todo, es siempre el mundo o, al menos, un mundo posible que se realiza por su propia densidad y su rigor. (…) no hay una sola de sus gouaches (de Wols) que no sea bella. Mas este fin absoluto le sirve de medio o, más bien, si admite en secreto que La Belleza es un fin, es que la ha rebajado primero y que se vale de ella, es que ha hecho de ella la verosimilitud del horror".

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