por Gera Ferreira
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En Hasta el sol y todas las ciudades en el medio, la escritora y traductora uruguaya Rosario Lázaro Igoa (Salto, 1981) reúne un conjunto bien logrado de crónicas que recorren geografías diversas: de la playa al desierto, de la nieve al cemento; desde Cabo Santa María hasta Minas Gerais, paseando por rutas brasileñas hasta llegar al centro de algunas ciudades europeas, no sin antes detenerse en las paradisíacas locaciones australianas. Es que en este recorrido los paisajes cambian, al igual que la escribiente, que evoluciona con la maternidad, el movimiento migratorio y los recuerdos (si acaso fueran algo más que “imágenes esquivas”, dirá ella), que en realidad giran siempre alrededor de una misma pregunta, cómo se habita un lugar cuando el origen ha quedado atrás. Son veintitrés piezas breves pero intensas que reflejan una existencia itinerante, una mirada aguda y poética que atraviesa continentes, estaciones y vínculos.
Paisaje y conciencia. Como si se tratara de aguas fuertes, estos textos inyectan a la obra de Lázaro Igoa una energía creativa potente, que por un lado refuerza su zona ensayística (llamémosle académica), al tiempo que complementa muy bien sus ficciones. Desde las primeras páginas aparece uno de los ejes centrales del proyecto: la relación entre paisaje y conciencia, tópico desde el cual la autora formula un propósito creacionista, inaugural: “En el principio, la escritura y el mar fueron uno solo”. Al asumir una posición cenital sobre su planisferio vital, la cronista observa y mapea territorios íntimos, discursivos, sobre los que luego aterriza, escribe y despega, como si fuera un dron dirigido de forma remota por su pluma, para abordar el pasado con atención casi microscópica —las variaciones de color del mar, la vegetación que cambia según la latitud, los ritmos de la marea, o la recuperación/evocación de las palabras de alguien (o las propias)—, para luego convertir esas percepciones en una forma de pensamiento narrativo. El resultado es una prosa fragmentaria que avanza con la precisión documental y descriptiva de la crónica y la respiración conjetural, poética, de la literatura.
Así, varias escenas del libro se despliegan como una deriva. Una playa de La Paloma que ya no es exactamente la de la infancia, un jardín botánico australiano donde la vegetación parece reinventar el mundo, una carretera brasileña en la que el horizonte se abre como una promesa. Y a través de estos desplazamientos, la narradora indaga sobre experiencias afectivas y culturales. Pero el viaje no es solo geográfico, o para el caso, cartográfico, sino también (y más que otra cosa) literario. A lo largo del libro, dialoga con una constelación de citas textuales, de traducciones, de lecturas, de autores y autoras que la acompañan en cada peripecia; William Carlos Williams, Octavio Paz, Marlene van Niekerk, Juliana Spahr, Sérgio Medeiros, Mário de Andrade, Guimarães Rosa, Clarice Lispector, Anne Carson, María Gainza, y más. La lectura y la escritura se convierten aquí en formas complementarias de desplazamiento.
En ese sentido, Hasta el sol y todas las ciudades en el medio confirma algo que ya estaba presente en los libros anteriores de la autora: su capacidad para construir imágenes duraderas. Es que su escritura tiene un fuerte componente visual, una manera de fijar escenas que quedan suspendidas en la memoria. Esa materialidad descriptiva encuentra en la crónica un espacio especialmente fértil. Al final del libro, lo que queda es la sensación de haber recorrido un mapa personal del mundo, en el que las ciudades, las playas, las canciones y los caminos no se organizan según una lógica geolocacional, sino a partir de la memoria, del deseo y la palabra poética.
Vale para ello leer un extracto del libro:
“Estridencias. En las semanas que antecedieron al viaje, hasta soñé (o primero soñé y después lo anduve ventilando) que estaba por abordar un tren imponente rumbo al fin del mundo. Ya había creado sueño con trenes atravesando extensiones congeladas, hacia el mismísimo hielo, con derecho a inmersión mortal entre cuchillos de glaciares. Pero en este sueño antes del viaje lo curioso era que alguien me empujaba a subir, como los padres de aquella desventurada chiquilina. No sé quiénes eran los padres en este caso. (...)
Claro que no pasó nada raro. Una vuelta sin sobresaltos. No hubo túneles extensos ni soles anaranjados. Tampoco dolores a los que acostumbrarse. Una extraña noche nos acunó en pleno espacio. Comidas anodinas. Ganas de lavarse los dientes. Películas por doquier. Nubes de todas las texturas. Por razones desconocidas, que ahora reconstruyo, vi el edificio antiguo del aeropuerto de Carrasco, hoy abandonado. Ahí esperamos a mis primos en los tempranos ochenta, recuerdo mientras escribo, al tiempo que nos veo saludando con la mano atrás del mítico vidrio o incluso alcanzo a escuchar los balbuceos, imitando el inglés, con los que intenté comunicarme con mi primo el extranjero, a quien recién conocía. Más tarde, nos hamacamos en el jardín de mi abuelo y, detalle al verdadero margen, una mosca se metió en esta misma boca, abierta de la emoción.
Secarse los ojos. Brotar del avión. Buscar valijas. Atajar a un niño que quiere salir corriendo y pasar la lengua por cuanto cartel se le cruza. Verbos, verbos, verbos. Puerta de salida. Abrazos. Lo que me olvidé de ejecutar. Estamos iguales o no quisimos decir lo contrario. Emprendimos otro viaje, ahora en auto. La ruta se desvaneció como si en vez de haber aterrizado a tres horas del balneario, hubiéramos caído derecho al mismísimo Cabo Santa María. Solo recuerdo la llegada al portón de la casa de ladrillo, el ladrido de los perros, una noche inusualmente cálida, la Cruz del Sur con su estridencia de siempre. Y la glotonería con los libros que no había podido leer hasta entonces”.
HASTA EL SOL Y TODAS LAS CIUDADES EN EL MEDIO, de Rosario Lázaro Igoa. Criatura, 2024. Montevideo, 108 págs.