FERNANDO GARCÍA (desde Buenos Aires)
ITALO CALVINO instaló el concepto de "ciudades invisibles" en un lugar huidizo entre la literatura y la geografía. Bien correspondería pensar si en algún momento de las cinco funciones con las que Caetano Veloso presentó en Buenos Aires su disco Cê, no se abrió en esa coordenada espacio/tiempo del downtown porteño un boquete paralelo hacia alguna de esas ciudades invisibles.
En determinado momento del concierto este hombre de jeans, en un disfraz de flâneur de la costa atlántica, promediaba con sigilo la performance de una de sus canciones más maravillosas: "O homem velho". Con el pulso del grupo reducido casi a la frontera de la arritmia, Veloso exigía al auditorio del teatro Gran Rex su mayor sacrificio de concentración.
Manejando con naturalidad y maestría un módico hilo de voz final, Veloso no requería de ninguna otra espectacularidad que la del silencio ominoso. Las notas descendentes del piano eléctrico abrazaban el momento, presentándose allí como metáforas sónicas de una lluvia interior cuando el exterior, la ciudad visible y furiosa que jamás duerme, se apareció como un demonio en un teléfono celular mal apagado, que interfirió en la alambicada construcción de quietud.
Lo raro es que no interfirió del todo. Es más, le sirvió a Veloso y la banda Cê para demostrar en tiempo real por qué son en 2007 una expresión corregida y aumentada de la antropofagia modernista brasileña. Los últimos estertores de "O homem velho" aspiraron el timbre del celular hasta hacerlo propio. El ringtone se puso misteriosamente al servicio del grupo y, lisa y llanamente, devino un arreglo espontáneo, un pacto indescifrable entre la ciudad invisible de Veloso y el afuera cotidiano, las vicisitudes de la vida del público enmarcadas en el espacio de la gran metrópolis.
FUSIÓN PURA. Unos años atrás, el lúcido crítico inglés Simon Reynolds (a quien cada tanto se puede leer en el diario de centro-izquierda The Guardian) escribió un ensayo en su página de Internet.
Bajo la advocación de una certeza a la que llamó "Pure-Fusion" (fusión pura), Reynolds intentó describir cómo toda una forma de apreciación cultural, basada en la hibridez como valor dominante, podía desmoronarse cuando los elementos contrapuestos no funcionaban con las propiedades de la pureza. Esa "fusión pura", explicaba, debería reunir las potencialidades de la contaminación sin, por eso, dejar de presentarse con una solidez pétrea (o también una fluidez vapórea).
Todo el show 2007 de Caetano Veloso es una puesta en escena de ese concepto. Desde el comienzo cinematográfico, con una voz en off recitando el elenco completo de la banda (de Veloso a los iluminadores), hasta la comunión final con un teatro repitiendo extasiado el coro de "Odeio" -que, como el autor explicó, quiere decir "odio"-. Cê es un disco de divorcio, y se plantó ahí como una verdad estética.
Sensual y de conceptos, la música de Veloso parecía en esa función de despedida recibirse con la forma de aprobación reservada a una teoría que, por su contundencia intelectual, nos embriaga. Lo curioso es que ese entendimiento se vuelva táctil, gozosamente erótico.
Teniendo en cuenta los vaivenes a los que acostumbra cada jugada estética de Veloso, Cê, a los 65 años del artista, es un disco de rock y "Cê" en Buenos Aires, consecuentemente, fue un show de rock.
EL CORTE TRANSVERSAL. La idea de rock en Veloso es un presente continuo de los valores artísticos que entre 1967 y 1972 cortaron transversalmente el planeta en una globalización de los ánimos y las almas antes que de los mercados. Así, su concepción rehúye el problema de la música popular cuando se aggiorna y parece automedicarse viagra en la forma de guitarrazos retóricos o novedades tecnológicas, con destino de maquillaje artísticamente correcto.
Veloso parece concebir al rock como una de las posibles manifestaciones del avant garde y ahí sí se entienden sus recientes declaraciones contra el rock & roll como modelo unívoco de canción juvenil. La raíz del rock de Veloso jamás es Presley sino Lennon, Hendrix y por qué no la pintura de Tarsila do Amaral.
Los músicos entran con devoción en ese paradigma tropicalista. Hay cierta idea del ascetismo instrumental en el rock de Veloso -también plegado a la necesidad de transmitir un sentimiento visceral- que parece explicitada en la escenografía: una suerte de réplica del arte vibrante del venezolano Soto.
Formas puras, geométricas. Guitarra, bajo, batería, a veces piano. La cuestión es hasta qué punto se ha extremado la sofisticación de esa simpleza.
El show empieza con "Outro" (Cê, 2006), una canción tocada a presión que se nos pasa volando. Metáfora y literalidad juegan aquí a las escondidas. Pero también vuela la canción en la cadencia cinética (vuelve Soto, aquí) que la transporta. En ese hipnótico motorik, cualidad que se distinguía en el rock experimental alemán de principios de los 70 y que, luego, pasó al manual de uso (y abuso) del post-punk.
La banda de Cê tiene esa tendencia a las formas puras del post-punk pero las pone en práctica desde un academicismo salvaje. Por momentos, el trío que integran Pedro Sá (guitarras), Ricardo Dias Gomes (bajo, piano Rhodes) y Marcelo Callado (batería) establece fantasías de este tipo: The Strokes en el cuerpo del Cronos Quartet. O el sombrío acompañamiento de "Minhas Lágrimas" (Cê, 2006) -casi un fado sobre el feeling del 11-S-, que se presenta como un puente invisible entre la forma de electrificar la guitarra de De Lío (tango), West Montgomery (jazz) y Airto Lindsay (avant garde).
ARTISTAS MUTANTES. Pero que no se malentienda: la banda Cê no son tanto músicos versátiles como artistas mutantes. Es lo que corresponde a la historia de su líder.
Caetano en jeans -como si asumiera el uniforme de la supuesta informalidad rockera- se ve espléndido y sus movimientos son los de un rockstar un tanto torpe o inadecuado. A veces salta, corre de un lado a otro, ¡hace cuernitos!, deja que el público espíe su ombligo. En fin, es difícil precisar dónde empieza y termina el gesto paródico que, por el contrario, no tiene ni medio centímetro de asomo en la dirección musical. Su performance y esas parrillas de luces asesinas que se encienden sin seguir motivaciones audiorrítmicas pueden referir a cierta maquinaria del rock que ya es inerte, que funciona de manera mecánica y que, extrapolada, da esta suerte de… idiotez.
Como un desvío, sólo por arropar un divorcio, Caetano está haciendo el mejor rock que se pueda escuchar en Latinoamérica junto con el que hacen los mexicanos (también antropófagos, también mutantes) de Café Tacuba. Para medirle el largo, frente a la banda Cê, un grupo notorio como Mars Volta (que busca un punto de inflexión entre el rock progresivo y el punk) se vuelve remanido e histérico.
Lo difícil es recuperar la dimensión de lo que se ha visto y oído en el Gran Rex. Por eso es que el formato disco no le termina haciendo justicia a la experiencia (Cê es un disco por demás atractivo) y se ruega que, Calvino mediante, a esta nueva música de Veloso le corresponda en el centro de Buenos Aires un lugar intermedio entre la geografía y la literatura. Ya hay saudade de su ciudad invisible.