Poéticas de Milán

Rimbaud, más que el autor de su poesía, es un mito que se sostiene en su ausencia

Es un discurso creado para trascender una situación, un modelo de vida, la imaginación de un momento

Eduardo Milan
Eduardo Milan
(foto Leonardo Mainé/Archivo El País)

por Eduardo Milán
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Rimbaud, el joven. Dicho así tiene una solemnidad legendaria la frase que a veces se anticipa a sí misma y se dice: Rimbaud, el niño. Y nadie piensa en el poeta francés más moderno que pasó a la historia siendo tan joven. Piensa mejor en un niño que escribe poesía y es recordado de tanto en tanto a través de la acumulación más escandalosa de sucesos de vértigo.

Se repiten casi sin querer, como por sonámbulos o hipnotizados: “Hay que ser absolutamente modernos”, “Este es el tiempo de los asesinos” o “La verdadera vida está en otra parte”, una frase que abortada sirvió de título a Milan Kundera para abonar su candidatura al premio Nobel, que ganó: La vida está en otra parte, sin importarle demasiado si es la verdadera, la falsa, la común o la insoportable. Rimbaud pobló la memoria semiculta con slogans que funcionan como divisas o advertencias a los recién llegados a la existencia. Es más que el autor de su poesía. Es un mito, es decir, un discurso creado para hacer trascender una situación, un modelo de vida, la imaginación de un momento, más corto o más extenso, de una existencia que ya no está. El mito, en efecto, se sostiene en la ausencia. De manera que Rimbaud —el joven, el niño, el autor de Una temporada en el infierno y de Iluminaciones— es una figura que está y no está al mismo tiempo. Eso lo convierte en un personaje histórico, en un paso más allá del existente real: participa del acontecimiento como un ser imbuido de tiempo, casi inmaterial pero también de la noción de acontecimiento que maneja Alain Badiou: algo cuya existencia ha servido para modificar situaciones, algo que desestabiliza la anterioridad de su propio contexto. Pierre Michon (Rimbaud el hijo, 1991) e Yves Bonnefoy (Nuestra necesidad de Rimbaud, 2013) tratan de una manera personalísima el mito de Rimbaud. Michon desconcentra la figura del poeta francés en un género híbrido mezcla de ensayo, biografía, ficción (una suerte de “pudiera haber sido que…”) y está a la altura de lo inclasificable genérico que hace careo mimético con el ser humano. Bonnefoy no abandona la dimensión poética y como tal su retrato es un “retrato de aventura” del personaje. Ambos son textos de creadores. No es posible, según creo, ser fiel a ningún tipo de moral académica —y eso que la Academia está metida en todas partes— en el caso de Rimbaud.
En cuanto a nosotros, lectores de Rimbaud de mediados del siglo XX hasta el día de hoy, nos encontramos ante una figura muy de mediados-fines de siglo XIX, muy a la altura de la ruptura que anunció Baudelaire para la poesía, un espacio consagrado a la casi irrealidad que bordea siempre su opuesto: la contundencia de un Real tan devastador como es posible imaginar.

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