por Ramiro Sanchiz
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En un artículo publicado en su cuenta de Substack, el escritor estadounidense Blake Butler reflexionó sobre Shadow Ticket, la más reciente novela de Thomas Pynchon. Dados los tiempos manejados por la crítica periodística —la necesidad de dar cuenta de los libros en tanto novedades y el flujo incesante de nuevos textos— hacen que el tiempo que se le pueda dedicar a cada obra pueda resultar desproporcionado para las exigencias literarias implícitas. Si, pensando ya en novelas de Pynchon como El arcoíris de la gravedad o Contraluz, sumamos al problema una prosa de complejidad laberíntica, un impulso enciclopédico y la desbordante o incluso saturadora excentricidad de la lógica narrativa, las tramas y los personajes, queda claro que dar cuenta de un libro de Pynchon en cuestión de semanas es una tarea que parece de antemano condenada a la producción de banalidades.
Partiendo de esa idea y haciendo las paces con ella, Butler sostiene que la dificultad de Pynchon puede resultar un punto de partida, no tanto un freno sino un aliciente para el pensamiento, e invita a sus lectores a preguntarse qué tanto de esa complejidad cabe detectar en Shadow Ticket. Así, lo primero que salta a la vista sobre esta novela es que pertenece al subconjunto más accesible de la obra de Pynchon, en el que encontramos también La subasta del lote 49, Vicio propio, Al límite y Vineland, novelas notoriamente más breves que las maximalistas El arcoíris de la gravedad, Mason & Dixon, Contraluz y V. A partir de aquí, entonces, la interrogante siguiente es si un Pynchon breve equivale a un Pynchon más “sencillo” (en el sentido de ofrecer una experiencia de lectura menos trabajosa a los lectores no acostumbrados a sus recursos), y si puede haber algo así como un maximalismo (es decir una narrativa proliferante, de imaginación desbordada, enciclopédica, anómala) de novela corta; quizá, en esa línea de pensamiento, Shadow Ticket no sea tanto un “Pynchon breve” como un “Pynchon a escala”, ya que, a la manera de los fractales —esas estructuras matemáticas en las que cada parte es tan compleja como el todo—, aquello que puede alienar lectores en, pongamos, El arcoíris de la gravedad, está presente también en esta última novela, solo que dosificado de otra manera, espaciado con otra pauta, otro ritmo.
Noir, pero no. La primera mitad de la novela sigue las aventuras en 1932 de Hicks McTaggart, un detective al mejor estilo noir (en cierto modo la versión de los tiempos de la depresión y la prohibición del investigador privado hippie y drogón de Vicio propio). En una especie de zigzag panorámico en torno a los lugares comunes de la novela negra, estas páginas de Shadow Ticket parecen asumir que todavía hay cientos de páginas disponibles para describir este mundo de crimen organizado, prohibición, locales clandestinos y detectives privados que aluden permanentemente al “manual” de su profesión como si realmente existiera algo así. Pero esa sugerencia —que equivale a pensar que toda la novela dará vueltas a esas variaciones sobre el noir— de pronto se ve cancelada por un golpe brutal de timón. Porque ya cerca de la mitad sentimos que hemos pasado a leer un libro completamente distinto: la acción se traslada a Hungría y en vez de mafiosos y detectives damos con gólems, vampiros, músicos klezmer dedicados al espionaje, sociedades secretas y más pynchoniana. Sospechamos entonces que hay dos novelas unidas quizás caprichosamente —es lo primero que parece venir a la mente a esta altura de la lectura—, pero si seguimos adelante (y es concebible que un buen número de lectores no lo haga) llegamos a adivinar todavía otra vuelta de tuerca. Quizá toda la novela sí propone un tema coherente: el establecimiento estético, narrativo y conceptual de un contraste entre dos mundos, el de los Estados Unidos tras el crack de la bolsa, y la vieja Europa con sus mitologías ancestrales y su lógica distinta; ambos mundos, sin embargo, tienen algo en común: están a punto de ser arrasados, así sea de distinta manera, por la Segunda Guerra Mundial.
Fascismo de siempre. Volvamos al principio: por ahora, de Shadow Ticket —novela engañosamente breve, que juega a parecer tan caprichosa—, solo cabe tomar notas y hacer preguntas. Una de ellas se resumiría en lo que sigue: quizá la novela, a su manera, “trate” del fascismo. Pero no solo del fascismo histórico, del que ya lo cundía todo a principios de la década de 1930, sino del renovado, recurrente. Así, con los gestos de un noir ambientado en los años de la Prohibición, la novela nos habla de nuestro presente; o, más allá todavía, no tanto del “nuevo fascismo” actual sino del fascismo de siempre, que se manifiesta en oleadas para cambiarlo todo y, más que disiparse en una vuelta a una pretendida “normalidad”, termina por hacer emerger un mundo distinto con nuevas subjetividades y sensibilidades. Un mundo en el que las cosas parecen empezar a enmendarse (a “progresar”) hasta que una nueva ola o tsunami vuelve a desbaratarlo todo.
Si pensamos que así se ensaya una suerte de pauta o forma de la historia, viene al caso recordar que virtualmente todas las novelas de Pynchon son narrativa histórica; a la vez, todas y cada una de ellas se las arreglan para tensar ese género. Así, entendemos que contando historias de 1945 —como El arcoíris de la gravedad— en las que abundan las alusiones a JFK, a Nixon y a Vietnam, ante todo se nos habla del presente (en ese caso, de 1973). Thomas Pynchon, a sus 88 años, tras haber recorrido buena parte del siglo XX y ya dos décadas y media del XXI, habla de 2025 y de cómo llegamos hasta aquí. Advierte sobre los ecos y las rimas de la historia, tan ficcionales como reales, tan legendarias como un gólem e históricamente certeras como la jerga que hablan sus personajes. Habla de la resistencia y de la mutación, del, por parafrasear a David Lynch, “absurdo misterio de las fuerzas extrañas de la existencia”.
SHADOW TICKET, de Thomas Pynchon. Penguin, 2025. New York, 293 págs. Primera edición en inglés.