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Reedición de "Los adioses", la novela de Juan Carlos Onetti que ha sido puerta de entrada a su obra

Al cuidado de Pablo Rocca, con introducción, notas, bibliografía y estudio biográfico

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Juan Carlos Onetti resiste a Montevideo
(Archivo El País)

Los adioses, por Juan Carlos Onetti
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Porque es una de las joyas del maestro indiscutido de las letras uruguayas, novela que ha sido puerta de entrada para muchos jóvenes al rico universo onettiano. Esta nueva edición de Cátedra está al cuidado de Pablo Rocca, que la acompaña de un extenso estudio biográfico, un estudio sobre Los adioses, una explicación de las razones que llevaron a esta edición, y una profusa bibliografía de ocho carillas de ediciones, recopilaciones y estudios sobre la novela. Una obra que marca para siempre al lector, porque su cadencia narrativa genera en él un estado de gracia peculiar, y una sensación de felicidad absoluta cuando descubre, como en una epifanía, que el maestro le está susurrando la novela al oído. (Cátedra/ Letras Hispánicas)
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Comienzo de la novela:
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Los adioses
a Idea Vilariño
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Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada. Hizo algunas preguntas y tomó una botella de cerveza, de pie en el extremo más sombrío del mostrador, vuelta la cara —sobre un fondo de alpargatas, el almanaque, embutidos blanqueados por los años— hacia afuera, hacia el sol del atardecer y la altura violeta de la sierra, mientras esperaba el ómnibus que lo llevaría a los portones del hotel viejo.
Quisiera no haberle visto más que las manos, me hubiera bastado verlas cuando le di el cambio de los cien pesos y los dedos apretaron los billetes, trataron de acomodarlos y, en seguida, resolviéndose, hicieron una pelota achatada y la escondieron con pudor en un bolsillo del saco; me hubieran bastado aquellos movimientos sobre la madera llena de tajos rellenados con grasa y mugre para saber que no iba a curarse, que no conocía nada de donde sacar voluntad para curarse. (...)
(comienzo de la novela Los adioses)

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