Jorge Lafforgue
A MEDIADOS DE LOS años cincuenta de la pasada centuria vine a Buenos Aires a estudiar en su Universidad. Paralelamente a mi errática asistencia a clases, logré trabajo en el medio editorial. Así, tras ser corrector externo y lector de originales en Losada, hacia fines de la década siguiente entré a esa empresa para desempeñarme como director editorial. Durante esos años tuve un contacto frecuente con las mayores figuras del ámbito cultural latinoamericano. Cualquiera que conozca la trayectoria de Losada, desde sus inicios en 1938 hasta las inmediaciones del boom, puede darse una idea de esa privilegiada iniciación en el campo editorial. Quiero recordar ahora un caso que excedió ciertamente ese marco.
Leí Los ríos profundos de José María Arguedas no bien se publicó. Decir que esa novela me sobrecogió profundamente es sin duda decir muy poco. Al comentarle mi conmoción a Javier Fernández, diplomático que acababa de finalizar su mandato en Lima y que conocía muy bien al autor peruano, me instó a que le escribiera. Entre su insistencia y mi audacia, le envié unas líneas; mi sorpresa y alegría fueron mayúsculas cuando a vuelta de correo recibí una esquela muy afectuosa, junto con ejemplares de dos de sus libros anteriores dedicados: Diamantes y pedernales, "con gratitud", y Yawar Fiesta, "con cordial afecto". Yo tenía entonces escasos 24 años y garrapateaba poesías y notas endebles; sin preámbulos me respondía uno de los grandes narradores del continente, ya cercano a sus 50, con una obra narrativa fuera de serie.
Un par de años más tarde de aquel desigual intercambio, con los auspicios de la OEA, se realizó en la Facultad de Derecho de la UBA un Festival del Libro de América. La colaboración de Losada y la Embajada peruana logró que la delegación de ese país fuese la de mayor peso. Hubo dos invitados de honor: Ciro Alegría, autor de El mundo es ancho y ajeno, y José María Arguedas. Recuerdo el contraste entre ambos escritores: Alegría, expansivo y dicharachero; Arguedas, apocado y de palabra escasa. Uno con pose de divo, el otro apenas visible. Una tromba y un arroyo. Recuerdo vagamente la cena que don Gonzalo ofreció a sus autores y también vagamente algunas reuniones de prensa; en cambio, sí recuerdo con nitidez dos breves encuentros con Arguedas, donde su suave cordialidad y su notoria antisolemnidad aventaron toda incomodidad e hicieron que, por mi parte, sellara un pacto de gratitud hacia el entonces mayor escritor vivo del Perú.
Los vientos de la memoria suelen ser esquivos, a veces ingratos, pues desgastan nuestros mejores recuerdos hasta dejar solo tenues huellas del pasado. Tal vez por eso, de aquellos fugaces encuentros en los amplios salones de Derecho, no conservo más que un lejano eco de nuestros diálogos, apenas reminiscencias; pero de aquel admirado interlocutor permanece sí su afable predisposición para soportar mi juvenil asedio inquisitivo sin un ápice de fastidio ni menos de soberbia.
Como don Gonzalo había establecido una buena relación de amistad con Arguedas, me fue fácil impulsar la edición del conjunto de su obra literaria en esa editorial que, cabe señalarlo, mucho contribuyó al reconocimiento continental del autor peruano. Desde el lejano 1958, esa empresa argentina ha seguido publicando la obra de Arguedas. Y hoy, en consonancia con la celebración de los cien años del nacimiento del escritor, ha reeditado en su Colección Aniversario e impresos en Barcelona Los ríos profundos, Relatos completos y El zorro de arriba y el zorro de abajo.