por Eduardo Milán
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Si uno fuera justo debería decir: Siempre Baudelaire. Desde que descubrí la “curiosa coincidencia” en un punto del año 1848: la publicación de Las flores del mal de Baudelaire y del Manifiesto del partido comunista de Marx y Engels, se me iluminó algo esencial. No hay tal cosa. “No hay coincidencias. Hay nexos peligrosos”, dice Jacques Ranciére. ¿Cuáles serían? Las evidencias de malestar en la vida social (y en todas las esferas de la existencia según el Manifiesto...). Pero lo que no era tan notable era la puesta en evidencia de una figura hasta ese momento espectral dentro de la esfera poética: el lector. En la apertura del libro, en el texto al lector, Baudelaire lo llama, simplemente, “hipócrita lector-mi semejante-mi hermano”. La semejanza o la hermandad no constituyen novedad en literatura como figuras conceptuales. Lo que sí es notablemente nuevo es la hipocresía colgada como un sambenito al que lee. El nivel de anticipación de una clave de la literatura moderna es notable en este verso de Baudelaire. Primero y definitivo: coloca al lector en el lugar donde la Edad Media poética —poesía provenzal, Dante, Cavalcanti— colocaban al poema. Es decir, como entidad dialógica presente. Del mismo modo que Dante o Cavalcanti contaban con el poema como materia viva presente, Baudelaire cuenta con el lector, más que como un destinatario, como un testigo. Habría que preguntarse tal vez: ¿testigo de qué? En el caso de Baudelaire aclarar ese testimonio es mucho. Baudelaire sabía como pocos poetas modernos cuál era la verdadera situación de la poesía —europea, en su caso: la situación del descreimiento que sobreviene al estrepitoso fracaso del ideal romántico que no transformó —aunque cimbró a la modernidad— al mundo como quería. La caída del romanticismo es lo que permite la emergencia de esos “poetas malditos” —como los llamó Paul Verlaine— que resultaron ser Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé y Verlaine mismo. El malditismo no es otra cosa que el punto del renegar de la propia práctica y del contenido simbólico de lo que es la poesía. Ese malditismo no es ni está en la poesía misma. Está en un tercero excluido que ahora aparece para definir la orientación de la práctica poética. Ese, y no otro, resultó ser el “hipócrita lector” de Baudelaire.
(Leonardo Mainé/Archivo El País)
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