por Juan de Marsilio
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Ser padre es experiencia en la que el hombre prueba su valía, a costa de trabajos, culpas y angustias. Cuando el hombre es poeta, como el español Abraham Gragera (Madrid, 1972), pone la experiencia en palabras, a las que otros pueden recurrir como mapa, espejo o voz de aliento, que no es poco. Sobre esto trata La domesticación.
Es un libro melancólico, pero también esperanzado. En textos dirigidos a la hija, ya desde que es embrión, el yo lírico aborda la tarea de presentarle el mundo a quien recién llega sin engañar —porque la vida, más temprano que tarde, muestra sus aristas crueles— pero sin paralizar con miedo a quien debe crecer.
Esa actitud es amor, y engendra la esperanza que permite cumplir y disfrutar el oficio paterno: la mirada en los hijos y en los ancestros ayuda a superar, sin negarla, la angustia existencial. Sirva el siguiente fragmento del poema “NAVIDAD”:
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El cuarto está en penumbra, pero mira
cómo beben los peces en el río
y vienen a adorarte
las ventanas sin ojos de los pisos
de enfrente, porque ningún ser humano podría
soportar mucho tiempo,
tal como es la visión de su obra,
pequeña humana mía a la que nada
de lo que no lo es, le es, aún, ajeno,
que duermes bella y pura, tras temblar
anoche, entre nosotros,como la hierba anónima que crece
en las grietas, las juntas, los escombros
de una vida más alta,hecha a medida de lo que el amor
nos debe, de cuanto amor nos falta.
Son interesantes las alusiones a otros textos, como el villancico y la frase de Terencio en el ejemplo citado, en especial el diálogo con “Ed è subito sera” de Salvatore Quasimodo. Gragera es poeta de amplio registro sonoro: domina el verso libre, la prosa rítmica y el verso medido y rimado (hay un par de muy buenos sonetos). Vale la pena este libro agridulce y esperanzador.
LA DOMESTICACIÓN, de Abraham Gragera. PreTextos, 2025. Valencia, 74 págs.