Periodismo y cultura: una alianza necesaria

Angeles Blanco

EL SIGLO VEINTE tuvo como marca indeleble el protagonismo de los medios masivos de comunicación. Como nunca antes el hombre vio ampliados sus sentidos; los diarios, la radio, la televisión y el cine se encargaron de provocar una revolución definitiva en nuestra forma de entender el mundo. Junto a los medios masivos irrumpe la figura del periodista como nuevo tipo profesional. Su campo de acción será múltiple, surgiendo paulatinamente la especialización en áreas concretas.

La cultura fue una de esas áreas, y el periodista cultural se consolidó junto a la aparición de los suplementos culturales en los periódicos. Pero el necesario diálogo entre periodismo y cultura no ha estado exento de ruidos. A los problemas propios del quehacer periodístico se suman los inherentes a la vida cultural de cada sociedad. Los condicionamientos del mercado, el acceso a las nuevas tecnologías, el rol de la ética profesional, las relaciones con el poder o el compromiso con la sociedad, son algunos de los tópicos ineludibles a la hora de abordar este complejo panorama.

Desde aquellos pioneros de la máquina de escribir a las nuevas generaciones que se codean con Internet, muchos cambios han surgido en el camino. Un seminario organizado por el Centro Cultural de España el pasado mes de mayo, congregó a especialistas del periodismo cultural procedentes de Argentina, Chile, España y Uruguay, brindando una visión caleidoscópica para analizar los alcances de tanto impacto.

CALIDAD SÍ, ELITISMO NO. "Tratamos de seducir al lector, no ahuyentarlo", observa Ezequiel Martínez, editor de la revista Ñ de Clarín. Desde el comienzo, los suplementos culturales han tenido que optar por uno de estos criterios: escribir para el lector común, o hacerlo para un lector culto o más específico. El lenguaje está en el centro de la discusión. La disparidad es claramente visible en las reseñas literarias, al punto que en los últimos años, se ha llegado a hablar de la muerte de la crítica literaria desde los medios masivos. Martínez cita a Mario Vargas Llosa, que en el diario El País de Madrid, en 1998, expresaba su preocupación ante la falta de una crítica literaria rigurosa enfocada a un público masivo. Por un lado, abundan las críticas de libros que se regodean en un lenguaje academicista, hermético. Por el otro, las reseñas periodísticas son más informativas, pero demasiado superficiales. Los primeros apuntan contra los segundos, pero se niegan a perder su espacio en los medios masivos. Rigor más claridad parece ser una fórmula que muy pocos suplementos culturales han logrado aplicar. "El crítico que escribe para un diario, jamás puede olvidar que se está dirigiendo a un público masivo. Muchos colaboradores no encajaban en el suplemento porque pertenecían a esa suerte de clan literario donde un estilo de escritura que no sea entendido por más que ellos mismos, aparentemente atentaba contra su prestigio intelectual", observa Martínez. Una errónea interpretación supone que dirigirse a un público heterogéneo en edades, gustos y ocupaciones implica rebajar la calidad. La amenidad de la forma parece ir en perjuicio de la profundidad de contenido.

"No somos una revista literaria ni una publicación académica. No podemos contar con que nuestro lector sepa de antemano qué es la semiótica o quien fue Marcel Proust o qué fue el cubismo en la pintura. Debemos ganar a un posible nuevo lector, dándole temas que puedan interesarle y escribiendo con claridad, con amenidad y con rigor", señala Alsina Thevenet, que en la reunión representó a este suplemento. La observación apunta hacia un objetivo vital en todo suplemento cultural: despertar la curiosidad del lector, tender un puente hacia páginas más especializadas. De nada servirá una prosa erudita rica en conceptos teóricos si termina confundiendo a quien la lee. Tampoco es útil si elude información básica como el nudo del argumento, o juzgar si el libro es bueno o malo. Es aquí donde el trabajo del periodista se vuelve clave, porque "más de una vez el trabajo de comentar un libro de manera clara y eficiente en cincuenta o sesenta líneas puede ser mucho más arduo que un ensayo académico de cien páginas" (Martínez).

La objetividad también está en la mira. La crítica literaria no es aséptica, está imbuida de pasiones e ideologías. Es frecuente encontrar críticas totalmente opuestas sobre un mismo libro. Pero la literatura misma no es una ciencia exacta; "la objetividad no existe porque no existe una lectura que sea única y verdadera". El tema de la objetividad pone en cuestión otra punta del problema: el del escritor-crítico. Muchas veces, los recelos o amiguismos con colegas, cargan las tintas, alterando la objetividad de un juicio. "...Umberto Eco lo explicó claramente: los lectores deben saber que el mundo de la crítica también es un mundo hecho de gente que se ama o que se odia. Es preciso leer las críticas sabiendo que se está asistiendo a un teatro de pasiones"(Martínez).

PODER VS. COMPROMISO. La parafernalia del marketing editorial tiene hoy incidencia directa en la decisión de un lector potencial, "las opiniones desfavorables de un crítico poco pueden hacer frente a una campaña de promoción bien orquestada" (Martínez). Las gigantografías de autores, las curiosas distribuciones de los libros en las librerías, los premios o las giras promocionales, son elementos que deciden mas allá de cualquier apreciación crítica. En muchos casos, existe la presión de las casas editoriales para que el suplemento comente este o aquel libro, condicionando el ejercicio periodístico. Ante esta avalancha de ofertas editoriales, y de una propuesta cultural que corre el serio riesgo de confundir arte con novedad, cabe plantearse qué puede hacer el crítico.

Para Osvaldo Quiroga, director del programa El Refugio de la Cultura, (Argentina), el papel del crítico en este contexto es vital; tiene la obligación de distinguir qué es arte y qué no lo es, orientando así al espectador o al lector. Estar formado e informado es parte del compromiso. Opina Osvaldo Quiroga.

— Ante una oferta cultural tan variada en formas y contenidos, ¿se hace hoy más necesaria la tarea del crítico?

— Creo que hay muchas propuestas en el campo de la literatura, del cine, del teatro, y que es un momento en que el periodismo cultural tendría la oportunidad de tomar nuevos bríos. Esto puede cumplirse si se forman críticos que puedan analizar esos productos. Si esos productos no son analizados, el público va a recibir una justificación teórica muy pobre. Creo que la crítica crea un puente entre el espectador y el producto; un puente muy rico, que ofrece la posibilidad de hacer revistas, foros, debates. Lo que hoy ocurre es que existe una gran variedad de propuestas, pero escasez de críticos—.

El periodista sabe que su trabajo tiene como fin formar a la opinión pública. Fin que otorga poder pero también conflictos con el poder. José Ribas, uno de los fundadores de la revista Ajoblanco, de España, resume lacónicamente los riesgos de la profesión: "el periodista es fuego"; la ética profesional se juega en cada artículo, en cada frase. La puja ante los lineamientos del poder, sea este económico, político o de otra naturaleza, también se manifiesta en el periodismo cultural. Hace pocos meses, la prensa argentina informaba que el programa El Refugio de la Cultura, emitido por un canal público, era levantado del aire. "El martes me llama el jefe de gabinete y me dice que se equivocaron, pero que no pongamos en el aire el programa que se había grabado el lunes, un programa absolutamente en contra del gobierno. El gobierno quería que no emitiéramos ese programa a cambio de seguir en el aire"(Osvaldo Quiroga). El episodio tuvo un buen final, pero ilustra las tensiones con el poder que también se viven en el periodismo cultural. Muchas veces el trabajo del periodista cultural es visto al margen del mundo real, como si la cultura no fuera parte del entramado social, y por tanto, supeditada a intereses. Un ejemplo más cercano refuerza esta idea. La fama del Uruguay como país culto no parece tener su confirmación por estos días. "La economía en Uruguay tiene un pie encima de la cultura uruguaya", observa Alsina Thevenet. Los magros sueldos de maestros y profesores, la falta de mantenimiento edilicio en escuelas y liceos, las interminables refacciones del Teatro Solís y el Estudio Auditorio del SODRE, son ejemplos irrevocables de una fallida gestión estatal, capaz de destinar mayor dinero oficial al ejército que a la cultura. Por otra parte, los sueldos de los periodistas culturales no alcanzan para hacer frente a su formación, que implica mantenerse al día en materia de libros y revistas. No es mejor la situación de los "colaboradores externos", que ocupan puestos muchas veces mal remunerados en la enseñanza o los ministerios.

Desde siempre la cultura fue campo fértil para la manifestación de ideologías hegemónicas. También para la denuncia social. El periodista cultural tiene la responsabilidad de discernir, explicar, alertar, "tiene que ser ese filtro, que establezca lo que es valioso y lo que no lo es, explicando por qué", señala Nuria Azancot, redactora jefa de El Cultural, suplemento cultural de El Mundo, España. En entrevista con El País Cultural, Azancot habla de la ética periodística y sus riesgos.

— En un contexto mundial tan negativo, con ataques terroristas, guerras, hambre.... ¿qué importancia puede tener la práctica del periodismo cultural? ¿El periodista cultural debe ser alguien comprometido con su tiempo?

NA— No tiene más remedio que serlo. Ahora mismo todos nosotros, periodistas y no periodistas recibimos una enorme cantidad de información constantemente. Información tergiversada, información manipulada. Sin una buena filtración, sin ponerla en contexto, sin consultar con la gente que realmente pueda interpretar bien lo que está pasando, podemos acabar más confusos. Y cuanto más confusos estemos, más fácilmente manipulables. Es fundamental entonces que el periodista esté cada vez mejor formado, que cada vez tenga más información.

— ¿Cómo se puede ser un periodista comprometido en un marco de intereses creados?

NA— Creo que la libertad, aunque te pague una empresa, la tienes tú. Si tú no te vendes, si tú no aceptas la versión oficial, si tú no aceptas lo que están contando, si investigas por tu cuenta, sobre todo si no te conformas con lo que te están dando, tienes que ser capaz de responder. Nosotros en nuestro Cultural, tenemos la enorme ventaja de que siempre hemos sido muy libres. Primero, porque cuando trabajábamos en ABC, no teníamos ninguna editorial, ningún grupo. Ahora que estamos en El Mundo, sí tenemos una editorial pero no nos imponen ningún contenido. Nadie controla lo que decimos o dejamos de decir. A veces podemos estar dando informaciones que van en contra de la línea del periódico, pero nadie ha intervenido en eso. Esto permite que contrastemos opiniones y que hagamos un trabajo más plural, que le demos al lector cuanta más información, mejor. La libertad tiene que nacer de ti mismo. Y la forma de combatir las manipulaciones, y la forma de ser comprometido es informándote más, investigando más, no aceptando versiones oficiales y mantener una curiosidad enorme, leer muchísimo, lo que aparece en tu país y fuera de él. Leer El País, La Nación, El Mercurio, Clarín, pero también ver las publicaciones alternativas, contactar las organizaciones no gubernamentales, y contrastar su información con la que te da el gobierno, pedir ayuda a los especialistas, a catedráticos que nada tienen que ver con el poder, intentar encontrar más información, y de esta manera, ser más libres—.

No todo el periodismo cultural es blanco de intereses negativos. Es justo rescatar las excepciones. Sin publicidad que financie su existencia, El País Cultural no sufre presiones del mercado editorial. "Nos corresponde agregar que a esa generosidad del diario El País se agrega otra. En catorce años la empresa nunca nos dijo lo que debíamos publicar o lo que no debíamos publicar." (Alsina Thevenet).

GÉNEROS HÍBRIDOS: Una arraigada concepción académica ha ubicado al periodismo en las antípodas de la literatura. Género inferior el primero, superior el segundo, esta idea entra en crisis durante el pasado siglo. "Literatura y periodismo forman parte de una misma tradición lingüística por lo menos desde que el periodismo se convierte en una industria cultural", observa Daniel Swinburn, coeditor del suplemento Artes y letras de El Mercurio (Chile), tomando ideas de Albert Chillón. Ambos espacios han sufrido una mutua influencia, al punto que en el siglo XX surgen como grandes innovaciones, la novela de no ficción en la literatura, y el reportaje novelado en el periodismo.

Esta suerte de relaciones promiscuas entre periodismo y literatura no sólo replanteó las bases del canon literario, sino también el perfil de los suplementos culturales. Éstos, nacidos en general como suplementos literarios, incorporan en su desarrollo, además del ensayo, la memoria y la crónica literaria, géneros típicamente periodísticos, como la entrevista, el reportaje y el artículo. La cultura de masas, con el cine, la televisión, o la música popular, también influye en ese devenir. Por otra parte, la incorporación de periodistas egresados de las universidades, potencia la generación de noticias culturales, acotando el espacio para la opinión y la crítica en columnas y editoriales. Tales cambios, han propiciado mayor claridad y calidad informativa.

El espacio cultural de los periódicos ha sido tradicionalmente más permeable a una escritura artística, de corte literario, alterando la división eterna entre géneros periodísticos informativos y de opinión, inalterable en áreas como política o economía. Es así que en la década del sesenta, surge en la prensa underground de Estados Unidos, la corriente del Nuevo Periodismo que con su escritura facticia, que utiliza la ficción para retratar la realidad, es tempranamente adoptada por las secciones culturales. En América Latina, un caso arquetípico de este periodismo literario es el de Gabriel García Márquez, o el de Tomás Eloy Martínez. En la llamada era de la postficción, esta hibridación entre periodismo y literatura, ha dado lugar al concepto de alto periodismo (Steiner), en el cual novela y reportaje se funden en un mismo género. En esta nueva etapa, la subjetividad del periodista es un elemento constitutivo, alterando una vieja regla de oro del periodismo: la búsqueda de objetividad.

PERIODISMO Y UNIVERSIDAD: Entrada la segunda mitad del S.XX, germinan en todo el mundo las carreras universitarias en ciencias de la comunicación. La antigua brecha entre Universidad y medios de comunicación masivos, se vio superada ante la influencia determinante de los fenómenos comunicacionales en la vida de las sociedades. Sobre sus efectos, observa Nuria Azancot.

—¿Cambió el panorama del periodismo español con las carreras universitarias de periodismo?

—Sí, ha cambiado. En España las carreras de comunicación son muy jóvenes. Existía una escuela de periodismo desde los años sesenta, pero no universitaria. Como universitaria, la carrera existe desde hace unos treinta y cinco años. Ya han habido muchas promociones de periodistas universitarios. Hace diez años no existía el periodismo especializado, ahora sí. Existen también diplomaturas universitarias como gestión cultural, que hace quince años no existían. El interés en la carrera es muy grande, y la gente se está haciendo cada vez más profesional.

MÁS INTEGRADOS QUE APOCALÍPTICOS. El impacto de las nuevas tecnologías en el manejo de la información no es un tema nuevo. Internet es hoy la gran vedette en el acceso a la información. Sabido es que el exceso de información, también desinforma. Pero Internet es también hoy una herramienta valiosa para el periodista. Responde Nuria Azancot.

— Internet es fundamental, una revolución que te permite entrar en contacto con periodistas que por línea telefónica a veces es imposible comunicarte. Ahora los puedes localizar en un plazo increíblemente corto. Con esta ventaja, podemos crear una red cómplice de gente que se pasa información constantemente. Esto también tiene que ver con el compromiso. Un ejemplo es lo que ocurrió en España después del 11 de marzo, donde el gobierno inmediatamente interpretó lo que había ocurrido como un ataque terrorista del grupo vasco ETA. Toda la población estaba completamente traumatizada por lo ocurrido, y aceptamos la versión oficial. Inmediatamente, los periódicos europeos y sudamericanos, empezaron a decirnos que no, que por la forma de actuar, que nosotros no conocíamos, podía haber sido Al Qaeda. Cuando el gobierno seguía saliendo seis, ocho horas después del atentado, dando esa versión oficial de que todo apuntaba a ETA, aunque no se descartaran otras líneas, si tú conectabas los periódicos franceses, ingleses o La Nación, ya te estaban diciendo que había sido el terrorismo islámico. Eso provocó en la población una indignación tal que días después cuando se celebraban las elecciones, el partido en el poder que según las encuestas iba a ganar por mayoría absoluta, perdió. Esa es la importancia de la información, y es responsabilidad del periodista. Esto significa que el periodista no se debe conformar con informaciones oficiales, tiene que seguir trabajando cada vez más duro, porque a más información, también más confusión. Definitivamente soy integrada—.

El desarrollo de las nuevas tecnologías no sólo ha revolucionado el acceso a la información, sino que de alguna manera, ha democratizado la expresión. Es el caso de las librerías virtuales de Internet, donde cualquier lector puede transformarse en crítico. Lo atendible de la situación es que este ejercicio de la crítica amateur tiene poder sobre las ventas de libros. No se trata de críticos ni de periodistas, sino de lectores comunes, que utilizan frases tan coloquiales como "este libro me partió la cabeza". El fenómeno, tan curioso como desconcertante, plantea los nuevos desafíos de un futuro que ya es presente.

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