por Laura Chalar
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Nadie sabía de dónde venía Guillermo Martínez: la palabra “Paraguay” no le daba una historia personal, una proveniencia específica ni una motivación para estar en un campo cordobés, trabajando para una mujer a la que llamaba “la vieja”, aunque es posible que él fuera más viejo que ella. Quizá huía de la ley o de un matrimonio agriado. El hachero nunca hablaba de su vida. “No sabía leer, no sabía escribir, no sabía nada”. Era un hombre de escasas palabras y menos vínculos, que “se vestía perfecto, bien perfecto, zapatos, camisa” para ir al prostíbulo y tenía la costumbre poco edificante de querer “agarrar a todas las mucamas que iban para allá en la temporada. A Petrona, a Rosa. A Vicky directamente se la quería comer cruda”.
El hachero es un libro que desafía los géneros; una construcción coral, tejida en base a testimonios, recuerdos, fotografías —de la propia Paz Crotto, que es también fotógrafa— y hasta “los sonidos con los que convivía Guillermo”, los pájaros, el fuego, la lluvia, que se pueden escuchar con un código QR. El hecho de que las anécdotas y reminiscencias no se atribuyan a ninguna persona en particular da a la obra un carácter ligeramente neblinoso, irreal, como si se tratara de una fábula o una historia transcurrida hace muchísimo tiempo.
Es, en última instancia, una narrativa atravesada por la distancia que media entre Guillermo y la familia de su empleadora. Una distancia social, cultural, idiomática, esta última redimida apenas por la traducción al guaraní, a cargo de Adriana Dejesús, que espeja el texto en castellano.
Y ello a pesar de que el hachero viniera siempre a las obras de teatro que los nietos de “la vieja” ponían en escena (“qué lindo eso que hacen los chicos”), o se negara a ir a un programa de televisión de esos que buscan parientes perdidos diciendo “que él no quería saber nada de su familia, que no le interesaba, que nosotros éramos su familia”, frase que repetirá en su lecho de muerte.
Frente a la soledad de quien no aceptó preguntas, compañía ni caridad, sólo queda el silencio: “Cada tanto visito su tumba. Para llegar hay que agarrar el camino de ripio que va de Los Reartes a Villa Berna, meterse en el viejo camino hacia la escuelita rural, pasar dos tranqueras y un guardaganado, y caminar un poco más siguiendo el arroyo que en la temporada seca desaparece”.
EL HACHERO, de Paz Crotto. Ninguna orilla, 2024. Argentina, 89 págs.