Los secretos de un narrador

El paladar del norteamericano James Salter

Un libro con lecciones de escritura.

James Salter. Dibujo de Ombú.
James Salter. Dibujo de Ombú

Quizá porque los escritores son (o parecen, la mayoría) seres solitarios y poco dados a hablar de la cocina de su escritura, cuando por fin lo hacen el resultado tiene un sabor especial.Resulta valioso en primer lugar para otros escritores y más para los promitentes escritores, siempre al alpiste de fórmulas, decálogos, tips y todo aquello que tenga la irresistible apariencia de lo fácil. Pero suele pasar que los grandes escritores no tienen fórmulas ni las pueden dar. Transmiten más por ósmosis que por precepto. "Enseñan" en su pura admiración por otros. Hace unos años se publicaba en español Flores en las grietas (2012) de Richard Ford, que recogía conferencias y artículos del creador de Frank Bascombe, personaje ya legendario de la literatura estadounidense, y entre capítulos que hablaban de por qué escribimos, para quién y cómo, había uno dedicado a James Salter y a su novela Años luz (1975) donde se narra la felicidad chata y sin horizontes de un matrimonio de clase media estadounidense. Lo que Ford destaca es el virtuosismo de Salter para hacer de esa historia insustancial "una fiesta de efectos de ficción", el placer sostenido en una pulida combinación de palabras que construyen un mundo. "En las frases de Salter no hay astillas", dice Ford como un elogio (no quita que haya lectores que buscan cortarse y escritores con el instrumental para facilitárselo).

James Arnold Horowitz nació en 1925 en Nueva York y murió ahí en 2015, mucho después de haber cambiado su apellido a Salter. A los 89 años dio tres conferencias en la Universidad de Virginia. Están recogidas en El arte de la ficción (2016) y en el prólogo de su edición española Antonio Muñoz Molina las califica acertadamente de "lecciones de escritura".

PERSEVERA Y TRIUNFARÁS.

James Salter, como Conrad o Hemingway o Quiroga, no parecía destinado a la literatura. Venía de una familia acomodada y siguió los pasos y la voluntad de su padre cuando entró a la academia militar de West Point. Permaneció doce años en la Fuerza Aérea de EEUU y la mitad los pasó en la Guerra de Corea como piloto de combate en misiones de alto riesgo. En su tiempo libre escribía textos sobre la experiencia militar. De ahí vino su primera novela, The Hunters (1957). De ahí y de una sensación confesa de envidia cuando descubrió en la vidriera de una librería un libro titulado La ciudad y el campo (1950). Estaba firmado por un tal John Kerouac, que en realidad era Jack Kerouac y había sido un compañero de instituto de Salter. Lo reconoció por la foto en la solapa: "me había topado con la imagen de una vida distinta a la que yo vivía". Lo movió el estímulo de esa otra orilla aunque no tuviera ni el apoyo de su primera esposa (de la que se divorciaría para casarse con la escritora Kay Eldredge) ni guía alguna en el mundo de la escritura. Salter se fue metiendo en solitario, leyendo a su aire hasta que topó con un mentor, el profesor Robert Phelps, que le acercó autores como el ruso Isaac Bábel, del que adoptó una sentencia antológica: "no hay hierro capaz de atravesar el corazón humano con la fuerza de un punto colocado en el lugar preciso".

Con el tiempo construyó su propio canon y de eso habla en El arte de la ficción, deteniéndose en pasajes de sus escritores preferidos. Destaca la maestría en el detalle de Balzac, el genio de perseverancia y concisión de Flaubert, el aguante solitario y oneroso de Céline. En lengua inglesa señala a Faulkner, Nabokov, Saul Bellow y Hemingway, y en yiddish a Isaac Singer, y cuenta algunas anécdotas que lo vinculan a los tres primeros. Con Bellow compró a medias una cabaña en las montañas, un refugio para escribir tranquilos, que jamás usaron. De Faulkner relata, de segunda mano, un episodio de la frustrada carrera de piloto del autor sureño. Con Nabokov tuvo una charla intrascendente en el bar de un hotel. Son puntos apenas, pero diseñan el mapa de la verdadera patria del escritor, que es la escritura misma, donde lo real converge y sigue existiendo aunque haya desaparecido.

DECÁLOGO TÉCNICO.

También en este libro están las preguntas a través de las cuales un escritor avanza. Dice: "Necesitas la historia. Necesitas, si me permiten decirlo así, la forma: ¿Qué extensión va a tener el libro? ¿Estará escrito en párrafos largos? ¿Cortos? ¿En qué persona narrativa? ¿Mantendrá un hilo conductor o se dispersará en todas direcciones? ¿Cómo será de denso? Cuando tienes la forma, puedes escribir la novela. Cuando tienes el estilo. El estilo. Dónde te sitúas como escritor. Tus prejuicios. Tu posicionamiento moral. El modo en que ese libro debería leerse. Y después necesitas un comienzo". Estas y otras sugerencias pues Salter advierte que no se enseña a escribir- arman un implícito decálogo técnico que consta de mucho más de diez puntos. Define la escritura novelística como una cuestión de aguante, de resistencia. Por el mismo camino andaba el maratonista Haruki Murakami cuando señaló en un libro de 2015 (De qué hablo cuando hablo de escribir) que "casi nadie se ha quedado demasiado tiempo en el ring de los escritores".

En cuanto a la pregunta de por qué y para quién se escribe hay que convenir que como inigualable y difícil de cumplimentar está la respuesta de Juan Carlos Onetti, de no escribir para la crítica, ni amigos ni esposas ni lectores hipotéticos sino "para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar". Salter es en extremo honesto cuando reconoce que escribe por placer pero después de todo no es un placer tan grande y que lo hace en realidad para ser admirado, querido, elogiado y reconocido, sin vueltas. Sabe o intuye que en pocos casos escribir "paga", y que lo más frecuente es que cobre, quizá por eso vendió guiones al cine, sin demasiada repercusión (Downhill Racer en 1969, con Robert Redford protagonista, fue lo más visible).

El costo no solo puede traducirse en rechazo, anonimato u olvido. A veces tiene que ver con concesiones que no se querían hacer (cita la presión editorial para cambiar un título, por ejemplo), o con distanciamientos de gente que se sintió ofendida al verse retratada. Pero al final nada pesa tanto como la frustración de no haber hecho algo bueno (el engaño del que hablaba Onetti). Salter defiende el estilo y la elección precisa de la palabra justa aun aceptando que no siempre se la encuentra. Entonces tira una sentencia que tiene el valor relativo de la intuición pero resulta reveladora de muchos tropiezos que un escritor podría evitar: "Has de tener paladar para lo que estás escribiendo. Has de ser capaz de reconocer cuándo se ha echado a perder". Si es genético o se aprende, no lo dice.

EL ARTE DE LA FICCIÓN, de James Salter. Salamandra, 2018 Barcelona, 110 págs. Trad. de Eugenia Vázquez Nacarino. Distribuye Gussi

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