Notas sobre un experimento inacabado

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EN 1842 Dickens y su esposa Catherine dejaron a sus hijos en Londres e hicieron un viaje de seis meses por Estados Unidos y Canadá. Dickens había planeado el viaje con ilusión y una meticulosidad casi obsesiva, y trazado un itinerario típico del que visita un país por primera vez: pocos días en cada lugar y muchos traslados. El matrimonio partió de Liverpool en un paquebote a vapor de 1200 toneladas y ruedas de paleta y llegó a Boston al cabo de dieciocho días, durante varios de los cuales padeció los furiosos temporales de invierno del Atlántico Norte.

Dickens era joven (cumpliría 30 años durante el viaje) y pensaba, con objetividad, que su vida era "libre, próspera, feliz, rodeada de ventajas, comodidades, buena suerte". Había publicado numerosos trabajos literarios, entre ellos novelas como Oliver Twist y Nicholas Nickleby en el nuevo formato de entregas mensuales, que aumentaba notablemente la difusión de libros, que de otra manera hubieran sido demasiado caros para la mayoría de los lectores. Su vívido estilo picaresco, su rechazo a la inhumanidad en cualquiera de sus formas y su inclinación por el sentimentalismo lo habían convertido en un best seller y una figura pública querida en todo el mundo de habla inglesa, de modo que, salvando las distancias, fue recibido en Estados Unidos con el mismo entusiasmo multitudinario con que Los Beatles fueron recibidos 122 años después. La mayor parte del tiempo estuvo rodeado de personas que querían saludarlo, agasajarlo o simplemente verlo de cerca ("no puedo bajarme en una estación de ferrocarril a tomar un vaso de agua sin verme rodeado de cien personas que no apartan los ojos de mi garganta cuando abro la boca para beber"). En Filadelfia, en contra de sus deseos, tuvo que salir a saludar a la multitud que lo esperaba en el hotel y sus alrededores porque le advirtieron que, en caso de no hacerlo, podía desencadenarse un tumulto.

Los Estados Unidos que visitó Dickens ocupaban aproximadamente dos terceras partes del territorio actual (el cuadrante suroeste aún pertenecía a México, a la República de Texas o estaba en disputa). Era un país joven, a medio hacer, pletórico de optimismo, que se expandía con brutal decisión en todas direcciones, pero sobre todo hacia el oeste. Dickens lo consideraba un experimento democrático e igualitario que la civilización inglesa estaba llevando adelante al otro lado del Atlántico. Representaba la frontera, y su símbolo físico era el Lejano Oeste, más precisamente las grandes praderas. Dickens, que era un reformista social, quería verlo con sus propios ojos, sacar enseñanzas y comunicar lo que viera y aprendiera a sus lectores.

Si imaginamos el territorio actual de Estados Unidos como un rectángulo dividido en sextos, Dickens recorrió el sexto noreste. Por el sur llegó hasta Richmond (no quiso ir a Charleston porque le llevaría demasiado tiempo, por el calor y por "el dolor que supone vivir contemplando constantemente la esclavitud"), por el oeste hasta Saint Louis (considerada en esa época el Lejano Oeste, aunque ya existía un "muy Lejano Oeste") y por el norte hasta Quebec, en Canadá. Cuatro meses después de volver a Inglaterra publicó Notas de América.

EL ESTE. Las primeras 188 páginas de la edición castellana de Notas de América están dedicadas principalmente a Boston, Nueva York, Filadelfia y Washington y, excepto por algunos pasajes, deben estar entre lo menos inspirado que escribió Dickens. En esas ciudades se concentraba buena parte de las instituciones que se había propuesto visitar y estudiar: hospitales, cárceles, orfanatos, centros para desamparados, tribunales y la sede del gobierno nacional. El "problema" fue que casi todo era tan flamante y estaba tan bien inspirado y organizado que no podía conmover profundamente a una persona como Dickens. La narración de esta etapa del viaje es desangelada, por momentos de guía turística: "New Haven, también conocida como la Ciudad de los Olmos, es un hermoso lugar. En muchas de sus calles (…) hay plantadas hileras de magníficos olmos centenarios; y los mismos ornamentos naturales rodean la Universidad de Yale, institución de considerable eminencia y reputación". No resulta sorprendente que el creador de tantos personajes memorables haya fracasado en darle vida a casi todos los individuos que conoció en el Este. Sólo cuando se topa con la extravagancia, la sordidez, la suciedad o la hipocresía, aparece el buen Dickens. Entre las cosas que lo irritaron o indignaron, hay tres que merecen mencionarse: 1) el difundido hábito de masticar tabaco y escupir el jugo, 2) la inescrupulosidad de muchos políticos y 3) la esclavitud. Las tres confluyen en Washington y el Congreso, ciudad y poder de estado a los que dedica algunas de las páginas más duras del libro. Al tiempo que los honorables legisladores salivan incesantemente las magníficas alfombras del Capitolio (sin hacer uso de las escupideras que les facilitan), se insultan, se gritan amenazas (incluso de muerte) y reprenden severamente a los colegas que se atreven a proponer la abolición de la esclavitud. "Y mientras tanto, en la misma ciudad se exhibe públicamente, dorada, enmarcada y acristalada (…); mostrada a los extranjeros no con vergüenza, sino con orgullo; sin volverla de cara a la pared, ni bajarla ni quemarla, la Declaración Unánime de los Trece Estados Unidos de América, que afirma solemnemente que todos los hombres son creados iguales".

EL OESTE. El verdadero viaje comenzó para Dickens cuando, en Washington, decidió bajar sólo hasta Richmond y de inmediato dirigirse hacia el Lejano Oeste. A partir de este momento, liberado de las multitudes y de las inspecciones institucionales que él mismo se había impuesto, cuando se adentró en regiones menos civilizadas y más riesgosas ("las explosiones en los barcos de vapor y los accidentes en las diligencias se hallaban entre los avatares de menor importancia"), Dickens comenzó a sentirse pleno. En consecuencia, la calidad literaria de Notas de América se dispara y hasta la página 303 no hay desperdicios. Dickens no necesita ahorrar palabras ni desatar torrentes de ellas para despertar visiones y emociones claras (y a menudo sutiles) en el lector de su época y de la nuestra. Su estilo tremendamente visual y animado, que se alimenta de un profundo interés por el comportamiento humano y las situaciones, hace que todo cobre vida y tenga gracia, incluso la conducta de dos cerdos (animales por los que "siempre he tenido cierta predilección") que ve en el camino.

Haciendo conexiones entre diligencias, carruajes, trenes y barcos o barcazas a vapor, bajó hasta Richmond y desde allí, parando en varias ciudades intermedias, se dirigió a Saint Louis, su destino más occidental. Los caminos solían ser pésimos, las diligencias grandes y toscas en comparación con las de Inglaterra y los cocheros hábiles pero completamente indiferentes a lo que les pasara a los pasajeros. Pero Dickens la pasaba bien. En los barcos caminaba enérgicamente por la cubierta o se tendía sobre ella a mirar el cielo, y en las diligencias trataba de sentarse junto al cochero aunque lloviera.

"Había muchas cosas que por aquel entonces me hicieron disfrutar de verdad y que ahora recuerdo con enorme placer. Hasta el subir corriendo y a medio vestir del compartimiento sucio a la cochambrosa cubierta (de la barcaza), a las cinco de la mañana, para recoger con el cazo el agua helada, sumergir en ella la cabeza y sacarla después, fresca y radiante a causa del frío, hasta eso era algo bueno; (...) el quedo deslizarse de la barcaza por la noche, junto a ceñudas colinas ensombrecidas por oscuros árboles, que a veces mostraban su enfado por un punto rojo y ardiente allá en lo alto, donde hombres invisibles estaban agazapados alrededor de una hoguera (…) todo ello era un auténtico placer".

No sabemos bien cómo vestía en esa etapa del viaje, pero al menos en ciertos tramos ya no parecía un caballero. Sabemos que usaba unas botas con suela de corcho, "demasiado calurosas para las ardientes cubiertas de un barco de vapor", y que en los abrasadores y húmedos alrededores de Saint Louis fue mirado con cierto desdén por otro inglés porque "llevo un blusón de lino, un enorme sombrero de paja con una cinta verde, y la cara y la nariz profusamente decoradas con las picaduras de chinches y mosquitos; y encima voy sin guantes" . Finalmente, a 50 kilómetros de Saint Louis, se cumplió su sueño: ver las grandes praderas. Fue una decepción. "Allí estaba, un mar tranquilo, o un lago sin agua (…) Era un panorama salvaje y solitario, pero agobiante en su árida monotonía".

CONCLUSIONES. Desde Saint Louis, Dickens viajó rumbo al norte, hasta las cataratas del Niágara (de las cuales ofrece una hermosa descripción), y luego cruzó a Canadá, una posesión británica en la que no había puentes peligrosos, barrizales en los que las diligencias se hundían o inclinaban hasta la altura de las ventanillas, mortales explosiones de las calderas de los barcos de vapor, gente confianzuda ni, al parecer, el hábito de escupir. Como era de esperar, Dickens se apaga y describe Canadá con la misma apatía y falta de gracia que al Este de los Estados Unidos ("el viajero que vaya a Canadá se hallará tan bien atendido como en cualquier otro lugar que conozco"). El libro termina con un lapidario capítulo sobre el sistema esclavista y unas conclusiones sobre el modo de ser del pueblo estadounidense, por un lado "franco, valiente, cordial, hospitalario y afectuoso" y por el otro excesivamente materialista y amante del dinero (califica a Estados Unidos de "nación comerciante"), así como benevolente con cualquier hombre de negocios deshonesto siempre que sea "un tipo listo".

Notas de América ofendió a los estadounidenses. Dickens escribió el libro con plena conciencia de que su imagen se vendría abajo entre los habitantes de un país que lo había tratado muy bien y que podía convertirse en una importante fuente de beneficios económicos si sus obras dejaban de ser pirateadas (algo que los editores estadounidenses hacían sistemáticamente). Más aún, en los dos años siguientes publicó Martin Chuzzlewit, que contiene una ácida sátira de algunos aspectos de la sociedad estadounidense. A Dickens le importaba tener buenas ventas, pero más le importaba enfrentar a un pueblo al que creía una esperanza para la humanidad con la hipócrita contradicción entre sus intenciones declaradas ("¡arre!, siempre elogiando la libertad") e ideas y conductas desconsideradas y brutales que, en lo referente a los esclavos, adquirían dimensiones bestiales.

NOTAS DE AMÉRICA, de Charles Dickens. Zeta, 2010. Barcelona, 379 págs. Distribuye Ediciones B.

En América

Charles Dickens

Cárcel

A LAS AFUERAS (de Filadelfia) se levanta una enorme prisión, llamada Eastern Penitentiary (…) En cuanto el preso llega a esta casa de la melancolía, le colocan una capucha negra sobre la cabeza y el rostro, y con este velo oscuro, emblema de la cortina que se interpone entre él y el mundo de los vivos, se le conduce hasta la celda de la que jamás volverá a salir hasta que todo su periodo de encarcelamiento se haya cumplido. Nunca recibe noticias de su esposa e hijos, de su pueblo o de los amigos, del nacimiento o la muerte de una sola criatura. Con la única excepción de los funcionarios de prisión, no ve ningún semblante humano, ni oye una voz humana. Es un hombre al que han enterrado vivo; que será desenterrado al cabo del lento transcurrir de los años; y mientras tanto es un hombre muerto para todo lo que no sean angustias torturadoras y terrible desesperación.

Su nombre, delito, y período de sufrimiento son desconocidos hasta para el funcionario que le lleva cada día la comida. Hay un número sobre la puerta de su celda, y también en un libro, del cual el director de la prisión posee una copia, y el instructor de moral otra: ésta es la ficha de su historial. Más allá de estas páginas la prisión no tiene constancia de su existencia; y aunque llegue a pasar diez pesados años en la misma celda, no tiene manera de conocer, hasta la última hora, en qué parte del edificio está situada su celda, qué clase de hombres lo rodean, si durante las largas noches de invierno hay personas vivas en su proximidad, o si por el contrario se encuentra en alguna esquina solitaria de la enorme prisión, separado por paredes, pasillos y puertas de hierro del más cercano copartícipe de sus horrores solitarios. (Págs. 152-155).

Saliva

PUESTO QUE a Washington se le podría considerar la sede de la saliva teñida de tabaco, es hora de declarar sin tapujos que esas dos prácticas odiosas de mascar y escupir empezaron entonces a parecerme todo menos agradables (…). Este repulsivo hábito se consiente en todos los lugares públicos de América. En los tribunales de justicia, todos tienen su propia escupidera: el magistrado, el pregonero público, el testigo y el preso; incluso los miembros del jurado y el público asistente están bien provistos de tales recipientes, pues se considera que, por su naturaleza humana, sienten el deseo de escupir constantemente (…). A bordo (del barco en el que Dickens fue de Filadelfia a Washington) iban dos jóvenes caballeros, con el cuello de la camisa vuelto como de costumbre, y armados con bastones muy gruesos; pusieron dos sillas en la parte central de la cubierta -a unos cuatro pasos de distancia la una de la otra-, sacaron sus petacas y se sentaron el uno enfrente del otro, a masticar. En menos de un cuarto de hora, estos jóvenes optimistas habían cubierto las tablas limpias con una abundante lluvia amarilla, y por este medio crearon una especie de círculo mágico cuyos límites ningún intruso osaba traspasar, y que ellos se apresuraban a rellenar añadiendo un nuevo esputo antes de que el anterior se secara. (Págs. 172 y 173).

Indios

DIO LA CASUALIDAD de que a bordo de este barco viajaba, además de la habitual y aburrida multitud de pasajeros, un tal Pitchlyn, jefe de la tribu india choctaw, que me hizo llegar su tarjeta de presentación y con quien tuve el placer de entablar una larga conversación.

Hablaba un inglés perfecto, pese a que, según me explicó, había empezado a aprenderlo cuando ya era adulto. Había leído muchos libros; y la poesía escocesa parecía haberle causado una fuerte impresión (…). Iba vestido al estilo occidental, con un traje holgado, que no ceñía su esbelta figura y que llevaba con indiferente elegancia. Cuando le dije que sentía no verlo vestido con su propio atuendo, levantó un momento el brazo derecho, como si blandiera un arma pesada, y, al dejarlo caer, respondió que los de su raza estaban perdiendo muchas cosas además de la indumentaria y que pronto dejarían de verse sobre la faz de la tierra. (Págs. 249 y 250).

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