Narrativa

CLARISA YA TIENE UN MUERTO, de Guillermo Fadanelli. Mondadori/ Grijalbo. Barcelona. 2001. Distribuye Sudamericana Uruguaya. 203 págs.

COMO YA lo hiciera en Regimiento Lolita y en La otra cara de Rock Hudson, Guillermo Fadanelli dibuja en esta novela el movimiento de prostitutas, travestis, drogadictos y vividores en los locales nocturnos de la gran urbe. La elección de este microcosmos, con su dosis de sordidez, desencanto y sexo, registrados con dureza y cinismo, parece ser la marca de la literatura basura. Desde años atrás viene promoviendo, junto a otros mexicanos nacidos en los sesenta, en revistas underground, fancines, videos y una narrativa prolífica, una supuesta alternativa al boom del realismo mágico.

En una primera lectura la sexualidad parece tener un protagonismo avasallante, puesto que en la mayoría de las páginas hay referencias a los genitales, a su cosmética y a sus placeres solitarios, profesionales o imaginarios. La narración desenfadada y coloquial de los quehaceres sexuales, no configura ni erotismo ni pornografía, puesto que el registro realista exacto y a veces detallista no se detiene en exhibiciones poéticas ni morbosas. Por el contrario ilustra la soledad y las relaciones sociales, marcadas a veces por la camaradería y el respeto y en otras ocasiones por la abyección y la crueldad. Los valores humanos, tan resaltados que Fadanelli ha sido acusado de moralista, se delinean junto con un abanico de códigos estéticos, entre los que se destacan los gustos punk, que introducen el tema de la muerte, y otros más elegantes que pertenecen al mundo de la burguesía.

La pequeña tajada de realidad así elaborada es metáfora de la gran ciudad: es una parte degradada donde sobreviven los que se han apartado de las convenciones sociales y donde esconden sus frustraciones los triunfadores. El mismo narrador es una bisagra entre estos dos mundos. Ha abandonado la rutina sosegada de una oficina y desde su ironía descarnada despliega la nostalgia y el desdén por ese otro mundo del trabajo y la familia, que subyace como un fantasma tentador. Su debate entre dos mujeres. La Clarisa del título es una joven drogadicta que se prostituye y entrega cada día un fajo de billetes a unos padres pasivos y complacientes, que sin embargo desprecia. La otra, Adriana, una bellísima burguesa, se venga de un padre que la mantiene y trabaja como stripper con el fin de escribir una novela.

El narrador, que es un personaje, funciona sin embargo como omnisciente y salta fragmentariamente de un lugar a otro, siguiendo las peripecias y la historia anterior de distintos personajes. Maneja una densa paleta de grises que contrasta con las brillantinas y el kitsch de los locales nocturnos. Los personajes no solo llevan alias y trajes sino que en general poseen una personalidad ambivalente. La incursión de una posible filmación mezcla el espectáculo de prostitutas, travestis, bailarines y actrices insinuando el tema de la representación y la autenticidad.

La reflexión y la memoria del relator, que según él solo contiene basura, hacen del cabaret y la calle un juego social de cajas chinas. Mujeres maduras evocan imágenes de amas de casa, madres, obreras, como si en la noche revivieran un destino distinto. La burguesía y el ejército soportan las denuncias más fuertes. Empresarios y políticos exitosos y arribistas salen de su espacio limpio y planificado con intenciones de mantener el dominio en la lógica de la noche, distribuyendo y sufriendo salvajes humillaciones.

El personaje más entrañable es el capitán, desertor y enamorado de un sargento, casado y en actividad. Parece un personaje secundario, pero poco a poco se va comiendo la narración con su desfachatez y su ingenuidad, de modo que alrededor suyo se anuda la acción y el desenlace. El crecimiento dramático de Gilardo, alias Lola o viceversa, constituye uno de los aciertos del relato, que maneja con tacto el tema del género.

No falta en la novela el linyera predicador que profetiza la muerte, ni las multitudes apresuradas, ni las traiciones y los asesinatos, los tatuajes, las líneas de cocaína, ni el buen oficio de la escritura. Por más hechos históricos que lo justifiquen, quizás la exacta distribución del bien y del mal, que subraya culpas y perversiones de los poderosos, perturba el equilibrio de un relato que fantasea con la transgresión. A pesar de los méritos con que Fadanelli ensaya el realismo sucio, casi expresionista, el relato ágil y entretenido, aún no encuentra cauce definitivo para su afán totalizador.

G.S.

LA REVOLUCIÓN EN LA ÉTICA. Hábitos y creencias en la sociedad digital, de Norbert Bilbeny, Ed. Anagrama, Barcelona, 1997 (distribuido en 2002). Distribuye Gussi, 204 págs.

EL FILÓSOFO catalán Norbert Bilbeny (Barcelona, 1953) es un caso atípico en la reflexión académica sobre los hábitos y creencias de la sociedad contemporánea y en especial sobre las transformaciones tecnológicas y culturales de las últimas dos décadas. Más cerca de las ciencias sociales que de su propio campo de investigación, la ética, se diferencia de la mayoría de los pensadores contemporáneos sobre filosofía política y moral al revelar un interés especial en la elucidación de los cambios éticos de las sociedades metropolitanas actuales, a partir de las transformaciones del conocimiento y la tecnología.

La estrategia de reflexión de este profesor de ética de la Universidad de Barcelona, pese a su impronta kantiana, no descansa tanto sobre una tradición escolástica determinada sino que busca legitimidad en otros campos del conocimiento como la biología, la sociología, la antropología o la psicología, y en particular en los intersticios y fronteras de todos ellos. Este movimiento transdisciplinario bastante habitual en el mundo de la ciencia no resulta nada frecuente en la discusión de la filosofía política y moral de raíz moderna que mantienen autores como Nozick, Dworkin, o Rawls.

Este último libro de Bilbeny presenta tres zonas de argumentación. La primera es una exploración de los efectos morales de lo que él denomina la revolución cognitiva contemporánea, aludiendo a la acelerada producción de conocimientos y nuevas tecnologías que se ha verificado en el último tramo del siglo XX. Tanto las transformaciones técnicas de la vida doméstica como la circulación global de flujos de capital e información hacen que las personas respondan moralmente en forma muy diferente frente a los dilemas vitales a como lo hacía en épocas anteriores.

En las sociedades primitivas las creencias morales se basaban en la adaptación de individuo al medio: lo bueno era lo "conocido". En las sociedades agrourbanas posteriores se impuso el criterio de perfección: lo bueno era lo ajustado a la naturaleza de las cosas. Siglos después, en la sociedad industrial lo bueno se tornó equivalente a lo justo, lo que hacía compatibles los diversos intereses en pugna. En la actualidad reina una plasticidad de valores mucho mayor siendo lo bueno aquello que es formalmente "justificable" bajo el reinado de la autonomía individual.

Luego de definir las transformaciones éticas contemporáneas Bilbeny se aboca a un análisis de las modificaciones técnicas de los sentidos y su relación con la moral (especialmente el tacto y la mirada), en un mundo en el que todo se puede ver en pantalla y se puede telecomandar mediante teclas, perillas u otros instrumentos. Esta zona de su indagación, novedosa, sugerente y original, es probablemente la que más haya pesado a la hora de otorgarle el XXV Premio Anagrama de Ensayo garantizando a este libro una proyección editorial internacional.

La tercera zona de este texto —y la más débil argumentalmente del conjunto— está constituida por un intento de definición de una ética del mínimo común moral adecuada a los tiempos actuales. Ética que según Bilbeny debería sustentarse en tres principios simples: pensar por uno mismo, imaginarse en el lugar del otro a la hora de pensar, y pensar de forma consecuente con uno mismo.

Para ser el corolario de su esfuerzo teórico, Bilbeny despacha demasiado rápido la cuestión sin profundizar en los criterios normativos que propone. También se le puede reprochar que su mirada, pretendidamente universal, revela excesivamente su raigambre europea, tanto en sus referentes teóricos (Sartre, Elias, Freud, Piaget, etc) como en sus preocupaciones sobre los cambios culturales. Perspectivas que ya había desplegado en su libro anterior Europa después de Sarajevo. Claves éticas y políticas de la ciudadanía europea.

Dejando de lado esas debilidades, las demás facetas de este ensayo brillan con luz propia iluminando desde ángulos novedosos los cambios cualitativos de ciertos valores como la solidaridad, el deber, o bien sobre el lugar del deseo en la vida social contemporánea.

J.E.F

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar