Nabokov antes de Nabokov

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Carina Blixen

VLADIMIR Nabokov (San Petersburgo, 1899) fue el mayor, y el más mimado, de los cinco hijos de una pareja de aristócratas rusos. El padre, Vladimir Dmitrievich Nabokov fue jurista, estuvo intensamente vinculado a la política y practicó el periodismo como una forma más de incidir en la lucha de las ideas. Fundador del Partido Democrático Constitucional, en 1906 fue elegido diputado del Primer Parlamento Ruso. En 1908 fue condenado por el zar a tres meses de prisión. Durante 1917 dimitió del gobierno de Kerenski. En 1919 se exilió de la Revolución Soviética con toda su familia. Murió en Berlín en 1922, víctima de un atentado fascista del que no era el blanco original.

Vladimir hijo, niño talentoso, tuvo desde temprano intereses muy definidos: el ajedrez, las mariposas, la literatura. Estos aparentes pasatiempos fueron en realidad intensas pasiones que persistieron a lo largo de una vida mucho más sacudida por los vaivenes de la historia de lo que cualquier persona con sentido común podría haber previsto. Hizo numerosos viajes de coleccionista. Contó con orgullo que fue el primero en describir algunos tipos de mariposas, que después fueron bautizados con su nombre. Escribió 17 novelas, además de poesías, cuentos, ensayos, crónicas, obras de teatro. Esas exclusivas actividades alimentaron su rigor, su ansia de juego, su deseo de soledad. Tal vez fueron sólidos refugios que le permitieron insistir con sangre fría en su indiferencia ante los problemas sociales.

"Mi antigua (desde 1917) querella con la dictadura soviética no tiene relación alguna con asuntos de propiedad. Mi desprecio para el emigré que "odia a los rojos" porque "le robaron" su dinero y sus tierras no puede ser más absoluto. La nostalgia que he estado acariciando durante todos estos años no es el dolor por los billetes de banco perdidos sino una hipertrofiada conciencia de infancia perdida", escribió Nabokov en su libro de recuerdos, Habla, memoria (1967).

Puntilloso, por momentos irritante, Nabokov se queja poco. Pasa sus cuentas con el tono desafiante de un aristócrata que sabe que ya no puede ser complacido. Murió en 1977 en Suiza sin haber vuelto a Rusia. Supo siempre que esa pérdida era definitiva. Se dedicó a recuperar a través de la memoria y el arte esos años rusos vividos en plenitud. Aquella fue una vida opulenta, no solo porque lo material era lo suficientemente importante como para no ser tenido en cuenta, para crecer "naturalmente" rodeado de instructores y criados dedicados a complacerlo; también lo fue por el profundo bienestar de ser querido. Luego de abandonar Rusia no se afincó en ningún lugar. Nunca compró casa. Vivió la mayor parte del tiempo en pensiones y hoteles. En la etapa final, cuando ya tuvo el dinero que la fama derivada de Lolita (1955) le reportó, vivió con su familia en un hotel en Suiza.

TODOS LOS CUENTOS. "Onetti antes de Onetti", llamó Jorge Ruffinelli a su trabajo sobre las narraciones anteriores a El pozo, la obra fundacional del universo del escritor compatriota. Si se traslada la fórmula a las obras de Nabokov previas a Lolita (1955) habría que hacer en seguida algunas salvedades: la obra de Nabokov es mucho más cuantiosa y variada en género que la del uruguayo y, la mayor parte fue escrita en otra lengua. Durante más de veinte años, mientras su horizonte fue Europa, Nabokov escribió en ruso; después cuando cambió de vida y de continente, lo hizo en inglés. La excelente edición de los Cuentos completos al cuidado del hijo de Nabokov, Dmitri, permite acercarse a una zona de la escritura de este maestro de escritores hasta ahora casi desconocida por estar dispersa en diversas publicaciones o simplemente no traducida. Solo nueve de los 65 relatos del volumen fueron escritos después de Lolita. Ordenados en forma cronológica por la fecha de escritura, con notas sobre la edición de cada uno y precisiones de Nabokov padre o hijo, este libro abarca treinta y siete de creación (1921-1958). En general los cuentos de Nabokov son más sencillos que sus novelas, la mayor parte son realistas y tienen como protagonistas a los exiliados rusos en Berlín en las décadas del veinte y treinta. A pesar de estas puntualizaciones, el lector va a reencontrar en ellos los temas y el estilo que distinguen al "sello" Nabokov.

Es posible rastrear en algunos cuentos, gestos, atisbos, antecedentes fugaces de la situación de Lolita, aunque esto sea un ejercicio menor de trabajo con unos relatos que valen por sí, independientemente de la novela que fuera llevada al cine y se transformara en una manera de designar la perversa pasión del hombre adulto por la ninfa púber. Una imagen instantánea que es un nítido antecedente de la relación de Humbert Humbert con la jovencita aparece en "Un cuento de hadas" escrito en Berlín en 1926. Lolita es la expresión extrema de la pasión prohibida, absorbente, desigual, imposible en la realidad, que transporta a sus protagonistas a una zona de delirio y frenesí. Ninguno de los relatos plantea una situación similar, del conjunto de ellos se desprende una atmósfera particular en la que el amor y el éxtasis tienen un lugar privilegiado. Un tema y una manera que se expresarían con rotundidad en otra gran novela de la madurez del escritor: Ada o el ardor (1969)

FUERA DEL PARAÍSO. Antes de irse de Rusia Nabokov había publicado dos libros de poemas. En 1919 cuando la familia huyó de la Revolución, él y su hermano Sergey, un año menor, fueron becados para estudiar en Cambridge, en donde se graduó sin ningún entusiasmo. Dice que en las noches "escribía bruñidos y notablemente estériles poemas en ruso". Estos versos eran elogiados por los literatos del lugar que miraban con disgusto sus otras actividades: "la entomología, las bromas, las chicas, y, sobre todo, el atletismo". Cuenta Nabokov que le apasionaba jugar al fútbol de golero, y que ese puesto, rodeado de "un aura de singular luminosidad" en los países latinos y en Rusia, era menospreciado por los ingleses en ese entonces. Cuando en defensa del arco, el partido se estaba definiendo en el área contraria, apoyaba la espalda en el poste izquierdo, y "me veía a mí mismo como un fabuloso ser exótico disfrazado de futbolista inglés, que componía versos en un idioma que nadie entendía, acerca de un país que nadie conocía" (Habla, memoria). Anota una situación de extrañamiento que persiste a lo largo de toda su vida.

Mientras está en Cambridge pasa las vacaciones en Berlín, ciudad en la que se instala una vez terminados los cursos. Siguió escribiendo poesía y haciendo experiencias en el teatro. Su primer cuento "El duende del bosque" se publicó en 1921 en Rul, una revista creada por los exiliados rusos. Continúa escribiendo cuentos y en 1926 aparece su primera novela, Mashenka. Con su tercera novela La defensa (1930) se gana el reconocimiento entre los escritores emigrados. En 1937 huyendo del ascenso del nazismo se trasladó con su familia a París. Se había casado con Vera Euseyevna Slonim en 1925 y su único hijo Dmitri había nacido en 1934. En 1940 consiguió los papeles que les permitirán irse hacia EEUU. Nabokov había aprendido a leer y escribir antes en inglés que en ruso, pero había perfeccionado su estilo en esta lengua. Lo primero que escribió en EEUU en el invierno-primavera de 1945-1946 fue Banda Siniestra, publicada un año después.

ESPASMOS DE FELICIDAD. A pesar de que Nabokov sufrió directamente a causa de algunos de los procesos más convulsos del siglo XX y de que por lo tanto en su biografía hay materia más que suficiente para una literatura testimonial, de denuncia o de crítica, no es esa la veta fundamental de este autor. Una y otra vez la vida y el mundo aparecen en su obra como una "dicha trémula", una "dádiva" que no tiene un sostén religioso.

Este hombre difícil, irónico, distante, peleador, de opiniones molestas y de pasado imposible manifiesta en su escritura una especial sensibilidad para los estados de beatitud cósmica. En el cuento "Beneficencia" (Berlín, 1924) un hombre abandonado por su amante, se vuelve a citar con ella y la espera en una esquina a la que la desdichada nunca llega. Mientras tanto observa a una vieja que tiene un quiosco e intercambia silenciosos, discretos gestos de solidaridad con el soldado de una cabina contigua. Anota el amante narrador: "Y entonces me di cuenta de la ternura del mundo, de la beneficencia profunda de todo lo que me rodeaba, del dichoso lazo existente entre mi ser y toda la creación, y me di cuenta de que la alegría que había buscado en ti no era algo que se produjera dentro de ti, sino que respiraba a mi alrededor y por todas partes..." Iluminaciones similares le ocurren a los personajes de "Una carta que nunca llegó a Rusia" o "Detalles de una puesta de sol", por ejemplo.

Lo mejor de Nabokov, lo más sutil y deslumbrante es la captación de los estados de felicidad. Aquellos en los que la literatura es en general avara y su obra y estos cuentos en particular son muy pródigos. Si a esta exquisita sensibilidad para el goce gratuito sumamos la distancia, la ironía, la contención inteligente del caballero aristócrata y un poco maniático que no pierde el control de sí, que observa hechos y personajes como un científico impecable, tendremos algo de esa original combinación que forma a su obra. Este vocacional coleccionista tiene hacia la creación la misma actitud —golosa, apasionada, obsesiva— de acumulación de datos, sensaciones, imágenes, recuerdos. El amor por los detalles, la notable capacidad de hacerlos vívidos y significativos que se ha señalado una y otra vez como una virtud de la prosa de Nabokov se nutre de esa felicidad ante las pequeñas cosas de la existencia que ninguna calamidad política, ningún legítimo dolor, parece capaz de empañar.

El cuento "Navidad" fue escrito en Berlín en 1924. Cercana la muerte de su padre, el argumento parece invertir a los protagonistas del duelo familiar. En el cuento muere el hijo y el padre lo entierra la víspera de Navidad. Una crisálida que el niño había dejado se transforma en mariposa. La vida sigue y en forma esplendente: "Y entonces, aquellas poderosas alas negras, cada una con su mancha vidriosa y su vello púrpura enganchado al polvo de sus bordes, respiraron a fondo bajo el impulso de una felicidad tierna, devastadora, casi humana".

El narrador observador de "La pelea" siente una "sensación maravillosa de alegría y de bienestar" al contemplar la mirada amorosa que la muchacha que atiende en el mostrador dedica a su amante, un hombre bastante siniestro. El hermosísimo cuento "Reclutando a un cómplice", escrito en la convulsa Berlín de 1935, es un ejemplo de destreza en el manejo de técnicas de narración y de conmovedora fuerza comunicativa. El protagonista, un viejo solo, enfermo y pobre que espera a la muerte es capaz de sentirse feliz sentado en un banco de un parque después de un entierro. "Me gustaría entender sin embargo, de dónde procede esa felicidad, ese espasmo de felicidad, que inmediatamente transforma nuestra alma en algo inmenso, transparente y precioso".

UN NARRADOR HIPERCONSCIENTE. En un siglo en el que la influencia de Freud y el psicoanálisis en el arte y la cultura ha sido apabullante, Nabokov no ha dudado en declararse enemigo acérrimo —en realidad transforma todo en un problema personal—del vienés ilustre y las consecuencias de sus estudios. Dice en el capítulo primero de Habla, memoria: "He saqueado mis sueños más antiguos en pos de llaves y claves, y permítaseme que declare inmediatamente que rechazo por completo el vulgar, raído y en el fondo medieval mundo de Freud, con su chiflada búsqueda de símbolos sexuales (algo así como buscar acrósticos baconianos en las obras de Shakespeare) y sus rencorosos y diminutos embriones espiando, desde sus escondrijos naturales, la vida amorosa de sus padres".

Nabokov rechaza de plano la idea del inconsciente. El miedo por el desvanecimiento de la conciencia, transitorio en el sueño, definitivo en la muerte, aparece una y otra vez en algunos de los personajes de estos cuentos. En "Mademoiselle O" el insomnio del niño se retroalimenta por la angustia de perder la conciencia en el sueño. Esa sensación omnipresente parece explicar también algunas de las características del narrador o los narradores que construye Nabokov: se hace visible, le gusta mostrar que es él quien guía los hilos de la historia. Lo hace con gracia e inteligencia. Por lo general impone un tono burlón, distante y cómplice. Sin embargo la reiteración del recurso a veces hace pensar en cierta esterilidad, en cierta desconfiada incapacidad de abandonarse y dejar que el lector lo haga.

El ordenamiento cronológico de los cuentos permite percibir cómo se intensifica, a medida que se suman años y palabras, el artificio de la literatura. En "El pasajero" juega con la construcción de la historia. En el "El círculo", perfecto y sofisticado, el narrador comienza abruptamente: "En segundo lugar, porque de pronto..." El relato se muerde la cola, y las últimas frases cierran con el principio: "Se sentía así por varias razones. La primera de ellas.."

ADIÓS A BERLÍN. Este hombre que ha proclamado y practicado la independencia del arte y de la vida, que ha insistido en su desinterés por los problemas sociales, en su aburrimiento ante todo lo que sea un más allá de la literatura, es en estos cuentos un muy sutil cronista de la emigración rusa después de la revolución. Nabokov ha contado que su familia ocupaba "uno de esos enormes, sombríos y eminentemente burgueses pisos en los que he instalado a tantas de las familias de emigrados que aparecen en mis novelas y relatos.." (Habla, memoria). Estas necesarias especificaciones son las que Nabokov odiaba —en actitud por demás contradictoria— que se aplicasen a la literatura. El maniático erudito, el prologuista y anotador minucioso que había en él, fijaba fechas y datos, y establecía con claridad los límites y condiciones de producción de las obras. El creador consideraba denigrante toda literatura que necesitara justificaciones, puestas en lugar, explicaciones. Sus cuentos sobre emigrados rusos responden a una realidad concreta y a partir de ella hablan del amor, del desarraigo, de la muerte, del destino.

Entre "la abigarrada mendicidad del exilio" Nabokov es implacable con sus congéneres letrados: "Los literatos fallidos, los periodistas de segunda y los corresponsales especiales de periódicos olvidados se mofaban de él con voluptuosidad salvaje..." ("El elfo Patata"). En "En memoria de L.I. Shijaev" anota al pasar: "...nuestra intelligentsia (la raza más poco observadora del mundo). Uno de los que le tiende la trampa al cándido e incompetente Borisovich, en "Labios contra labios", "era un periodista exiliado" "con cierto nombre" o más bien, con una docena de seudónimos. En este último cuento da una imagen humorística y cruel de lo que son capaces de hacer algunos intelectuales para solventar una revista literaria. Un grupo de ellos conspira y adula, para sacarle dinero a Ilya Borisovich, un hombre rico, maduro e ingenuo que quiere ser escritor.

Este relato que comienza con un fragmento de la novela —llamada "Labios contra labios"— que Borisovich está escribiendo, es también una parodia del estilo romántico, pomposo, y una reivindicación del valor de los detalles en el relato: "El autor estaba terriblemente impaciente por lanzar a su héroe y heroína a los brazos de la noche estrellada. Pero antes había que ir por los abrigos y aquello interfería en el encanto de la escena". La percepción de cada instantánea captación de alguna de las realidades del mundo como una despedida, sostiene esa manera ardiente y precisa de decir lo concreto, por lo general pequeño. El narrador del citado "En memoria de L.I. Shigaev" concluye: "Mi vida es un perpetuo adiós a los objetos y a la gente, que a menudo no prestan la más mínima atención a mi saludo, breve, intenso, amargo".

ESCRIBIR Y RECORDAR. "Uno siempre se encuentra como en casa en el pasado" dice sencillamente el narrador de "Mademoiselle O" (1958). Y en otro momento: "El hombre que hay en mí se rebela contra el creador de ficciones y este relato no es sino el intento desesperado de salvaguardar lo que queda en mí de la persona de la pobre Mademoiselle". "Más detalles y más precisos, por favor": se pide a sí mismo al recordar una habitación. La maravillosa evocación de la institutriz pasó a formar un capítulo de Habla, memoria (1964). Marcar el pasaje de la forma cuento a la de fragmento de una realidad pasada, pues Habla, memoria es una parcial autobiografía, resulta útil para describir las características y las fuentes de buena parte de estos Cuentos completos. Si uno se toma el trabajo de leerlos y en seguida volver a Habla, memoria, podrá divertirse en multiplicar los cruces entre la realidad y la creación. Nabokov ha señalado que a veces la literatura lo libera de la obsesión del recuerdo. Una vez que personajes y situaciones del pasado alcanzan la forma escrita, el narrador puede desprenderse de ellos y continuar su camino.

Nabokov niño se enteró leyendo una revista de actualidad que su padre se iba a batir a duelo. La situación es recreada en el cuento "Amaro" en el que el silencio que rodea al niño, lo desvalido de su situación, hacen más duro su miedo. Cuando su padre, un patriota ruso, se dio cuenta de que su hijo escribía y leía en inglés pero no en ruso, sumó a las institutrices encargadas de su educación la presencia del maestro del pueblo, el primero de una serie de preceptores rusos. Fue una figura importante en su infancia y por ello está registrado en Habla, memoria: "A lo largo de los lánguidos paseos que acompañaron la redacción de mi primer poema, tropecé con el maestro del pueblo (vuelvo a darle la bienvenida a esta imagen), siempre con un ramillete de flores silvestres, siempre sonriente, siempre sudoroso". En el cuento "El círculo" aparece su figura: "...caminaba de puntillas, con un manojo húmedo de lirios del valle..."

Los dos grandes temas de la literatura de Nabokov, el arte y el recuerdo, aparecen entrelazados en el cuento "Guía de Berlín" (1925). El narrador le cuenta en una taberna a un amigo los sucesos del día. Al fondo de un pasillo mira al hijo del tabernero que lo mira a él y a lo que sucede en el bar. Se da cuenta que integra el escenario de un futuro recuerdo del que ahora es niño: "Sea cual sea su vida, siempre recordará la escena que veía todos los días de su infancia desde la pequeña habitación donde se comía la sopa..."

Un muchacho mira a su padre inclinado sobre un mapa de Berlín. Es un ruso que ha tenido el día anterior una pelea con otro sobre el camino más corto a seguir para llegar a un lugar de la ciudad. En realidad un lugar que no interesa y al que ninguno piensa ir. Al mismo tiempo, el muchacho protagonista de "Humo tórpido" vislumbra que esa imagen es un "recuerdo futuro": "me sobrevino la certeza de que de la misma forma exacta en la que yo recordaba aquellas imágenes del pasado como la de mi madre con una expresión lacrimosa llevándose las manos a las sienes cuando nuestras trifulcas en las comidas elevaban demasiado el tono, así un día futuro yo habría de recordar, con despiadada claridad, irreparable, el aspecto de mi padre mientras se inclinaba sobre aquel mapa roto..." Esos estados especiales de percepción están ligados a la experiencia de la creación. Palabras, versos rusos, surgen en la mente del muchacho y lo hacen llorar de emoción. La creación es otro estado de felicidad.

Hay algunos cuentos fantásticos, maravillosos o extraños en el conjunto. "El elfo Patata", "Escenas de la doble vida de un monstruo", "La visita al museo", "Un cuento de hadas", "El dragón, "La Veneciana", entre otros. El afán experimentador del narrador no se pone límites, pero no parece ser esa la veta fundamental de Nabokov. "... si yo fuera escritor, limitaría el reino de la imaginación al ámbito del corazón dejando que la memoria, esa alargada sombra crepuscular de nuestra verdad personal, ocupara el espacio restante": dice el celoso narrador de "Primavera en Fialta", al juzgar al marido escritor de una amante tan esporádica y circunstancial como persistente.

DE HAMLET AL NAVAJA. Programática y visceralmente apolítico, Nabokov se deja llevar por sus odios. Lenin, Stalin, Hitler están en la mira de su ojo exasperado. En "Destruid al tirano" (1938) sintetiza rasgos de todos ellos en un monólogo apasionado y delirante en el que una conciencia obsesiva no puede dejar de hurgar en el pasado el momento perdido en que fue posible detener la rueda de la historia. El tirano es un enemigo personal y un castigo: "El es mi enfermedad, mi obsesión, y al mismo tiempo algo que de alguna manera me pertenece y que me ha sido confiado solo a mí para que lo juzgue. Desde mi primera infancia, y ya no soy joven, la maldad en la gente siempre me ha parecido particularmente odiosa, insoportable casi hasta asfixiarme, algo que exige el desprecio y la destrucción inmediatas..." El personaje que monologa en este cuento dice de sí: "Soy gordo y aburrido como el príncipe Hamlet". La referencia literaria es iluminadora de esa manera personal, turbulenta, y poco práctica de sentir el odio. Como Hamlet el personaje de "Destruid al tirano" duda y no es capaz de cometer el homicidio necesario para que su deber sea cumplido, para que su conciencia sea satisfecha. La violencia de sus sentimientos se diluye en la parodia y la burla.

Otros cuentos aluden en forma más indirecta al clima violento, opresivo y cruel que imponen los totalitarismos. La sombra de Hitler se cierne sobre "El Leonardo", escrito en Berlín en 1933. Dos brutos molestan, persiguen, acosan y terminan matando a un ser débil y excéntrico, que no es lo que parece ser. Un relato muy posterior "Nube, castillo, lago" (1958) puede leerse como una metáfora del nazismo. Un exiliado ruso gana un viaje en excursión. La vulgaridad y la crueldad del grupo estrictamente organizado para disfrutar según un cronograma inamovible, que no tolera la más mínima alteración está dada en contraposición al idílico lugar vislumbrado aludido en el título.

El enfrentamiento político se dirime en un duelo personal en el estupendo cuento "El Navaja" (Berlín, 1926). A un excapitán ruso exiliado en Berlín, convertido en peluquero, se le presenta la oportunidad de afeitar, solo en la peluquería, a un enemigo político. La situación genera una condensación explosiva de una violencia que no estalla, pues tiene su límite en el control y la dignidad del personaje. Es imposible no recordar dos eficaces variantes latinoamericanas de esta situación. En la de Gabriel García Márquez "Un día de estos" (1962), el dentista del pueblo tiene que sacarle la muela al alcalde. Lo hace sin anestesia. Cuando termina dice: "Aquí nos paga veinte muertos, teniente". En "Diego Alonso" (1956) de Mario Arregui el núcleo del conflicto es una mujer, no la política. Diego Alonso se hace afeitar, con la peluquería vacía, por el peluquero que horas antes trató de matarlo por celos. En cada uno de los casos hay un mano a mano que es una prueba de dominio y valor. Una épica que se resuelve en combate individual, sin que en ninguno de los casos se derrame sangre.

FINAL EN BORRADOR. El narrador de "Guía de Berlín" que se afana en trasmitir sus experiencias con tuberías y tranvías a un amigo que se aburre escuchándolo, se da tiempo para explicar en qué radica el sentido de la creación literaria: "en la descripción de objetos ordinarios tal y como quedarán reflejados en los espejos amables de los tiempos futuros; en encontrar en los objetos que nos rodean la ternura fragante que sólo la posteridad podrá discernir y apreciar en los lejanos tiempos venideros en los que cada minucia de nuestra aburrida vida cotidiana se convertirá en algo exquisito y festivo por derecho propio..." Este es el desafío con el que sí pudo cumplir el hombre escritor.

CUENTOS COMPLETOS, de Vladimir Nabokov. Buenos Aires, Alfaguara, 2001. Distribuye Santillana. 788 páginas.

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