CON EL ESCRITOR FELIPE PALOMEQUE

"Me desalienta la cultura Tinelli"

La literatura uruguaya se renueva, y lucha por un espacio.

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Foto Darwin Borrelli

UN JOVEN despierta confundido sin recordar qué pasó la noche anterior y, vagando por Montevideo, va descifrando algunas claves para reencontrarse. Así da comienzo La tercera persona (Estela editora, 2016), el último libro de Felipe Palomeque. Contiene la novela La tercera persona y culmina con cuatro relatos independientes: "Concierto para piano no. 101", "Equilibrios", "Paloma" y "Transparencias". Se trata de un conjunto que fluctúa entre lo cotidiano y lo absurdo, el sosiego y la incertidumbre.

Palomeque (n. 1985, Montevideo) devoró todos los cuentos de Raymond Carver y asistió a los talleres de Gabriela Onetto, discípula de Mario Levrero. En 2013 ganó el Primer Premio Narrativa Joven de la Casa de Escritores del Uruguay con Uñas, su primera novela editada, y en 2014 publicó Un viaje para toda la vida (Ediciones B). Ahora, junto con la escritora Lorena Giménez, impulsa Estela editora y brinda a nuevos escritores la oportunidad de publicar. Se encuentra, según él, en la difícil tarea de compaginar el oficio de escritor con el de editor, que en el panorama actual supone un gran reto.

Felipe desplaza sus manos de un lado a otro de la mesa, y las cierra, las abre, como quien tiene mucho por decir y no sabe por dónde empezar.

LEER CAMINANDO.

—¿En qué momento surge La tercera persona?

—Hacía tiempo que tenía inquietudes sobre la memoria, sobre cómo uno forma sus patrones éticos, cómo uno se preocupa por descubrir qué pasó en la noche. Todo esto me venía rondando y fue el disparador de ese evento que narro en el libro.

—¿Un evento tuyo concreto o un evento abstracto, imaginado?

—Surgió como una mezcla de cosas que siento, cosas que viví, pero no las podría pensar como un día determinado. Y con esa inquietud fui forjando la historia, como quien despierta sin tener muy claro lo que ha pasado la noche anterior.

—¿A causa de los efectos del alcohol?

—No, no, intento que se entienda que no es una borrachera. El protagonista mismo se cuestiona “¿por qué si tomé sólo una cerveza me pasa esto, que no recuerdo nada?”. Hay algo interno en él que hace que bloquee determinados momentos de su vida.

—La novela avanza entre lo onírico y lo real.

—Sí, es una realidad deformada. Quería que estuviera al borde de lo absurdo. En la novela hay muchas coincidencias, y la vida real está llena de ellas.

—Y el amor obsesivo y la idealización de éste están presentes.

—Me parece muy interesante este tema. El protagonista no descubre que está enamorado desde un principio, sino que se va enamorando por sí mismo, por una construcción de esa persona que no está. Y esto pasa en la vida real: todo lo que uno deposita en el otro tiene más que ver con lo que uno decide ver del otro que con lo que realmente le muestra. Y eso le pasa a él. Se va enamorando en base a sus pensamientos y ella no aparece nunca.

—También hay un voyeur que rompe los esquemas…

—Sí, la figura del vecino, el voyeur, es la clave. Me gustaría que el lector, igual que el protagonista, se vaya encontrando en la novela mientras va deambulando por la vida. Es la versión humana de alguien que tiene deseos no tan permitidos. Quiero retratar esa doble personalidad que tenemos todos. ¿Quién no tuvo alguna vez deseos que le han sorprendido?

—¿Qué lugar ocupa Montevideo en la novela?

—Está presente en todo momento. Yo doy la clave de algunos sitios: el bar, la plaza, la avenida. No quería explicitarlo para que cada uno pueda sitiar el lugar que prefiera. Alguien decía “leer es escribir”, y es cierto, porque lo que uno puede adicionar a la historia es impresionante. Yo te ubiqué el bar, pero después, con toda tu imaginación, le pusiste todo lo demás. Evito el celo de querer decirlo todo para permitir que el otro lo complete.

—¿Antes de ponerte a escribir no tienes idea del desarrollo ni del desenlace?

—Ah, no, nada. No hay plan. Sí que hay mojones: estaba el inicio, estaban mis preocupaciones. Pero yo lo pongo a caminar por la ciudad y empiezan a aparecer cosas… ¡y a veces me sorprendo!

—¿A qué alude el título 'La tercera persona'?

—Me encantaba que fuera en primera persona. Yo siempre lo hago así y me gusta leer cosas en primera persona: te pones en el traje del personaje. Cuando algo está narrado en tercera persona te sientes como al lado de ese director de cine. En primera persona se genera una experiencia donde me permiten ser el personaje. Por eso el protagonista, aquí, es un "yo" sin nombre. Parece que sea yo, Felipe, pero me encargo de dejar claro que no. Creo que la tercera persona es la mirada ajena de uno mismo. Es otro "yo".

—¿Por qué decidiste incluir los relatos después de la novela?

—Queríamos experimentar con la publicación. Tenía estos relatos escritos y pensamos que incluirlos estaría bien, aunque el resultado no me convence porque la novela se sostiene por sí sola.

—¿Dónde te sentís más cómodo, en el relato corto o en la novela?

—Necesito soltar la historia rápidamente. Tiene que ser algo breve, no pueden pasar años, aunque puede ser una novela, pero corta. Vuelco las cosas que me ocurren y eso requiere soluciones, desenlaces a corto plazo.

—¿Eso es porque te cansas rápido de la trama?

—Sí, porque me aburre, pierdo el interés. Ya que soy un tipo ansioso en la vida real, me permito que en las novelas pasen muchas cosas rápido.

—En la descripción sobre ti que se encuentra en el libro afirmas ser famoso por "leer mientras caminas". ¿La necesidad de devorar los libros deprisa tiene que ver con tu ansiedad?

—Sí, eso es cierto. (Ríe) No lo hago todos los días. Ahora por ejemplo escucho música también. Antes la lectura era mi diversión en el ómnibus y cuando me bajaba sentía que disponía de cinco minutos más para leer hasta llegar a mi trabajo, ¡y el libro seguía! Así que apuro al máximo siempre.

—¿No te golpeaste nunca?

—No, tengo una metodología específica que, de hecho, expliqué en un relato. Voy a un paso más lento y más elaborado para no tropezarme. Si piso algo, bueno, es una lástima, pero no me voy a caer ni nada… miro para atrás y espero que no haya sido nada grave.

FELIPE EDITOR.

—¿Cómo nace Estela editora?

—Lorena Giménez y yo decidimos impulsar una editorial que no focalizara tanto en el autor, sino más en la obra. Acá, en Montevideo, es difícil comunicar un primer libro. Ni siquiera entiendo cómo sobreviven las editoriales. El mercado es tan pequeño que están obligados a vender a autores que por lo menos tengan nombre.

—¿Qué experiencias has tenido con las editoriales con las que publicaste?

Un viaje para toda la vida surgió por la universidad. Todos los que se reciben arman un grupo y viajan vendiendo rifas. Y el libro habla sobre esa historia. A Ediciones B le interesaba por el mercado posible de que hay 60 años de personas que viajaron con eso. Así me fui dando cuenta de que el reconocimiento que uno quiere no es tan verdadero. Entran en juego otros factores como la venta.

—¿Probaste publicar La tercera persona en otras editoriales?

—No. El único intento de difusión fue en una Feria del Libro. Me acerqué con el manuscrito a la caseta de la editorial HUM. Fui medio ignorante, parecía que no estuviera en el circuito. Mi idea inicial era intentar publicarla, salir a buscar editoriales, pero surgió esto y todo dio un giro.

—¿Te has sentido relegado?

—No, pero sí. No de forma individual, pero sí de una forma más colectiva. Hay mucha gente que escribe y le es muy difícil publicar. Quiero reivindicar eso con Estela editora.

—¿Cómo percibes el panorama editorial?

—Me impacta que haya algunas editoriales que no tienen correctores de estilo. No se me ocurre cómo alguien está dispuesto a publicar un libro que pueda tener faltas, erratas. Nadie quiere hacer esta tarea, y probablemente el escritor haya hecho lo posible para que su libro esté perfecto. Pero se trata de buscar la excelencia, de minimizar los errores.

—¿Cómo auguras el futuro para los escritores jóvenes que quieren hacerse hueco?

—Acá se es muy joven hasta muy tarde. Los escritores considerados jóvenes están pasando los cuarenta. Tiene sentido: si acá los únicos escritores reconocidos son los muertos, y el siguiente escalafón lo ocupan los de sesenta años, los de cuarenta son los jóvenes. Creo que hay cabida para ellos, para nosotros. Hay editoriales independientes como HUM y Criatura, aunque ahora ya no tanto porque tienen muchos títulos, que tienen un buen núcleo fuerte y va a seguir avanzando. Pero, ¿qué pasa con la siguiente camada, la de los recientes treinta, veinti-largos? No conozco a mucha gente de mi edad que esté ya en esos círculos. Lo que veo es que hay un movimiento grande y fuerte de poesía. Pero en narrativa veo difícil incorporarse a esa otra camada de los cuarentones. Ellos están establecidos, son un grupo muy sólido. Los de las propias editoriales son de su generación y son amigos de los otros. Es un bloque que va caminando tan junto, que fomenta muchas cosas, pero también repele otras.

—¿Y crees que estas editoriales más independientes tienen futuro?

—Sí, entre la gente del circuito, sí. Obviamente, un lector de Gabriel Rolón o que compre La Diaria no estará en el circuito de Criatura o Hum. Pero hay un sector de gente muy interesada en nuevas corrientes literarias.

—Y en este mapa, ¿dónde se posiciona Estela editora?

—Tendrá que aprender a ubicarse… Generar contactos, el lobby… Lo que me desalienta es esta cultura Tinelli, donde las personas quieren trascender. Están esperando en la esquina la señal de Tinelli para tener esos cinco minutos de fama y tienen que poner su cara más contenta, decir lo tan geniales que son, y eso no es la vida. Eso no es una demostración de lo que son, sino más bien una parodia. No sé si en el plano intelectual también pasa eso y estamos todos arrinconados esperando los cinco minutos para demostrar que somos los más intelectuales, unos genios. Me da miedo dar pasos que parezcan eso. Así que uno tiene que aprender. Por ahora el circuito es bien under. Desde nuestra pequeña posición vamos a intentar fomentar la literatura, la pasión por la literatura. Y veremos.

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